Príncipes del toreo

La Maestranza (Sevilla). Octava de la Feria de Abril. Se lidiaron toros de Victoriano del Río (1º, 2º, 3º y 5º) y de Cortés, bien presentados. Gran toro, el 2º; buenos, 3º y 5º; manejable y a menos, el 6º; justos de fondo, 1º y 4º. Lleno de «No hay billetes».- Juan José Padilla, de berenjena y oro, pinchazo, estocada trasera (saludos); buena estocada (saludos).- José María Manzanares, de catafalco y oro, estocada recibiendo (dos orejas); estocada (dos orejas).- Alejandro Talavante, de caña y oro, buena estocada (oreja); pinchazo, estocada (saludos).

Nadie quería despedirse de José María Manzanares. En él, en sus carnes, habíamos revivido la grandeza del toreo hasta despellejarnos el alma. Hundidos en un delicioso espectáculo sólo para los elegidos. Todo ante nuestro ojos, aunque pasado el tiempo, acabamos viendo el toreo con el corazón. Manzanares, príncipe del toreo, rey de Sevilla, salió por la Puerta del Príncipe entre el clamor popular. Abarrotadas las rejas desde las que se alcanza la inolvidable imagen de ver al torero a hombros camino del Guadalquivir y con las calles coreando «torero, torero», desprendernos de Manzanares costó un horror. No había manera de alejarnos de la euforia del momento. Más de diez mil personas habían crujido en décimas de segundos, porque una décima de segundo separa a la indiferencia del arrebato. Y nosotros estábamos presos desde las entrañas. Manzanares deleitó, porque toreó como sólo puede hacerlo quien tiene un don. Fue un soplo de torería que acabó por inundarnos. Nos pellizcó el estómago hasta debilitarnos en la faena a su primer toro. Qué gran Victoriano del Río, qué temple, qué largura, qué embestida limpia en una muleta de seda. Fue la faena de la armonía. Belleza con el capote, verónicas, chicuelinas, revolera... E intensidad con la muleta. De lleno nos prendió nada más comenzar con ese toreo aterciopelado, un homenaje a la torería, y muletazos inolvidables que se alargaban y alargaban hasta no creer. Un cambio de mano, qué contar, lo podríamos recrear con los ojos cerrados, envenenado, tan infinito que servía de colofón a una tanda sublime. Por ambos pitones cosió muletazos con los que sólo cabe soñar. Volcánica estocada recibiendo, perfecta, emocionante, radiante escultura viva tumbó al fabuloso animal. Los dos trofeos iluminaron la tarde, pero quedaba más. Escuchar los olés a Curro Javier mientras bregaba al quinto fue un punto y aparte en el álbum de los momentos históricos. Sevilla lo tuvo todo. Sensibilidad para ver, para sentir y entregarse a lo bueno sin remilgos. Jaleado por La Maestranza rompió Curro el toro hacia delante. ¡Qué manera de torear con el capote! Trujillo y Blázquez lo bordaron con las banderillas. Ovación de tronío para los tres en otro instante con mucha magia. El toro quiso, pero no como el segundo. Tuvo que hacerlo Manzanares, poco a poco, pase a pase, hasta convertir en delicia una faena bellísima. Explosiva y apoteósica en ese espadazo recibiendo en dos tiempos: al primer envite no acudió el toro, aguantó, le citó, y la obra nos usurpó el alma. Cuatro orejas para los Príncipes del toreo: Manzanares y su cuadrilla. No se puede relatar mejor el auténtico sentido de lo que ocurre en un ruedo.

Talavante se lució de veras en un quite por delantales precioso. Y en la faena a su primero, buen toro por el derecho, de una importante corrida de Victoriano del Río, que queda a mi pesar eclipsada en esta crónica ante la fuerza del momento. Talavante se inspiró: personalidad, ingenio, la capacidad de sorprender y una buena estocada. Paseó un trofeo merecidísimo. Duró menos el sexto y así sentimos que el triunfo de Talavante se difuminaba: el esfuerzo no. Quedaron intactas las ganas de volver a verle.

Padilla regresó a Sevilla con poca suerte en el lote, pero el valor, la serenidad y la ambición sin huella. Qué gran tarde. Qué buen momento. ¿Y qué hace ahora uno con esta congoja?

 

El cartel de hoy
Toros de Garcigrande para El Fundi, Morante de la Puebla y Sebastián Castella