Teatro

Ladrillazo sin anestesia

Autor: Nicolái Gogol. Versión y dirección: Miguel del Arco. Reparto: Gonzalo de Castro, Pilar Castro, Juan Antonio Lumbreras, Macarena Sanz, Jorge Calvo, Manolo Caro, Fernando Albizu, Javier Lara, Ángel Ruiz, Manuel Solo, José Luis Martínez, José Luis Torrijo. Músicos: Raúl Márquez, Chiaki Mawatari, Patxi Pascual. Teatro Valle-Inclán. Madrid.

Imbuido del frenesí genial de Billy Wilder en «Uno, dos, tres», Miguel del Arco, el hombre de moda en la escena española, viaja de la Rusia de 1836 a la España del pelotazo actual con «El inspector», de Nicolái Gogol, su merecido debut en el Centro Dramático Nacional. Del Arco va quemando etapas rápido: triunfó con versiones personalísimas de Pirandello y Gorki –las magníficas «La función por hacer» y «Veraneantes»–, demostró que era igual de solvente en el soliloquio, dando alas a Nuria Espert y a Carmen Machi en sendos dramas, y puesto su sello a «De ratones y hombres», con el que pisa fuerte también en un encargo convencional. Le faltaba abordar el musical y la comedia. «El inspector» reúne ambos géneros –un trío de violín y viento acompaña a la trama, salpicada por algunas canciones– y hay que reconocer que desde que arranca, con un impagable cante de la criada bigotuda de Jorge Calvo –chapeau por este cómico–, hasta que cae el telón, con una innecesaria propina, el público celebra con carcajadas cada escena, cada chanza de esta sátira de la «res publica» y el ladrillo español.

Valencia fallera
El director, que nunca se había adherido a consignas, toma partido aquí, como si la corrupción nacional fuera cosa sólo de unos y no de los otros, y sitúa en una inequívoca Comunidad Valenciana con falleras y alusiones a los trajes de Camps la ciudad sin nombre del corrupto alcalde protagonista, un lugar donde la visita beckettiana del temido inspector de la capital se arregla a fuerza de cohechos y sobornos.

Política al margen, la apuesta funciona sin fisuras: el director logra un reparto cohesionado al ritmo de su batuta frenética. Están muy bien la hija tonta de Macarena Sanz, el juez de Fernando Albizu o la pareja de banqueros de Calvo y José Luis Martínez. Pero lo de Gonzalo de Castro es antológico: un sabroso papel para un gran actor erigido en carne y hueso en hilarante prócer sin escrúpulos, en la línea del protagonista de «Noviembre». Lo hace sin caer en el histrión, cosa que no puede decir todo el reparto, porque hay excesos, buscados probablemente por el director y por tanto irreprochables al reparto. Por eso, pese a estar pasados de rosca, el público ríe con la esposa del alcalde que interpreta Pilar Castro, genuina «choni» embutida en leopardo con ínfulas de presidenta; el trasunto de Joselito con el que Ángel Ruiz se da el gusto de recordar que tiene voz (sin micrófonos nos lo creeríamos más; su uso en el CDN es inexplicable); o el funcionario pícaro y de aroma marxista –de Groucho, no de Karl– de Juan Antonio Lumbreras. Ese es el lastre de un montaje muy divertido que no llega a redondo: a Del Arco cabe pedirle sutileza, acidez, mala leche si se quiere, pero no humorismo fácil. Sin duda, el carnaval de concejales de urbanismo repeinados (estupendo Javier Lara), policías represores y consejeros de Cultura ágrafos es un vehículo eficaz. Pero eso lo sabe hacer cualquiera.