Un gran hombre sencillo

La Razón
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Resulta muy difícil sustraerse a valorar la visita de su Santidad a España, y permanecer neutral e impasible ante ello. Los políticos se afanan en construir discursos que motiven y seduzcan a los ciudadanos, para defender sus tesis, y de repente un solo hombre, una sola persona con un sola frase, sencilla, entendible, nos enfrenta a lo que somos, a lo que algunos quieren que seamos, y nos recuerda de dónde venimos, cómo se forjó nuestra cultura, y ello al margen de cualquier posicionamiento político. Debemos abstraernos de aquellos que, carentes de discurso alguno, tienen que acudir a la descalificación para criticar a la Iglesia, su mensaje y a su cabeza visible en el mundo. Las palabras del Papa sobre el laicismo beligerante y anticlerical han resonado en muchas conciencias. Nunca tan pocas palabras emitidas por un hombre sencillo han circulado a la velocidad de la luz, y se han escuchado incluso muy lejos de nuestras fronteras. Y si no, ¿cómo creen algunos que el mensaje y ejemplo con el que un hombre recorrió durante tres años Galilea se extendió por todo el mundo? No debe ser mi intención inmiscuirme en la labor legislativa de un Gobierno, ni cuestionar la ideología que pueda servir de sostén a su actuación, pero lo que nadie debería cuestionar tampoco es lo que se expresa en nuestro pacto de convivencia básico, que es nuestra Constitución. En la misma, en su capítulo sobre derechos fundamentales, se garantiza la libertad ideológica, a la que tanto temen algunos, y a su lado la religiosa y de culto, derecho que no sólo se predica de los individuos, sino también de las comunidades, y ello, sin más limitaciones en su manifestación que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la ley. Por si alguien no lo recuerda, este es el tenor del art. 16 de la Constitución. En el mismo precepto se dice que ninguna confesión tendrá carácter estatal, pero el constituyente impone una obligación a los poderes públicos, tener en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y para que no haya duda, le impone la obligación de mantener las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones. No se trata de una opción política, no se trata de ningún trato de favor, sencillamente el constitúyeme es consciente de cuál es la creencia mayoritaria en nuestro país, y por ello cita de forma especial a la Iglesia católica frente al resto de las confesiones. La libertad religiosa está en el origen de la construcción histórica de los derechos y libertades, en cuanto este derecho está en el cimiento del sistema democrático liberal. Un país como Estado Unidos, cuna de la democracia actual, se desarrolló a base de minorías religiosas que eran expulsadas del contiente europeo, y sobre la base de la libertad religiosa se fraguó nada más y nada menos que la libertad ideológica. Esta se base en tres frentes, la libertad de conciencia, que permite tener y mantener las propias creencias con el único límite de los derechos ajenos; la libertad de confesión, que permite manifestar las propias creencias religiosas, e incluso con el ánimo de intentar extenderlas; y la libertad de culto, que permite la manifestación de ritos y ceremonias religiosas, tanto en recintos privados como públicos, con las únicas limitaciones que impone el orden público. Pero la Constitución no termina aquí con el fenómeno religioso, lo vuelve a citar en el art. 27.3, cuando establece el derecho de los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con su propias convicciones, lo cual permite a los padres optar entre la recepción de una formación religiosa, o que sus hijos permanezcan al margen del hecho religioso. Por último, y de una forma tácita, está implícito en el artículo 27.6, donde se instaura el derecho a la creación de centros docentes, sin más límites que el respeto a los principios constitucionales. Ortega nos recuerda que las bases de nuestra cultura son dos, el escepticismo griego, y el cristianismo.
El mensaje del cristianismo puede parecer paradójico, pues por una parte el cristiano parece antimoderno, y por otra, como dice Ortega, «la modernidad es un fruto maduro de la idea de Dios». Los griegos representaron a Dios de un modo muy semejante a las cosas. Sin embargo, el Dios cristiano es trascendente, su modo de ser es radicalmente distinto a cualquier otra cosa del universo. Esto asusta a las ideologías débiles, a aquellos que intentan sustituir la religión con su concepto de la libertad, creyendo que religión y Dios son algo diferente a la libertad del ser humano. Decía Oscar Wilde que Dios creando al hombre sobreestimó un poco su habilidad, pero yo creo lo contrario: algunas personas sobrestiman su habilidad y sobre todo su pensamiento creyéndose por encima de la trascendencia.