El hombre tranquilo por Martín Prieto

l Título: «Entrevistas».l Autor: José Luis Garci.l Edita: Notorious.l Precio: 17,95 euros.

La primera vez que llegué a Buenos Aires todavía era una ciudad de desaparecidos y aún circulaban los famosos Ford Falcón verdes de los grupos de mano desocupada, maullaban sus neumáticos en las esquinas buscando aún carnaza. Lavalle es la calle de los cines y los acomodadores salen a la vereda a animar a los transeúntes a entrar porque empieza la película. Teniendo tantos defectos, son tan listos que el cine se ofrece en versión original, por eso el cine español es tan requerido al no necesitar subtítulos. En la Reina del Plata no había otra cosa que «Solos en la madrugada» dirigida por D. José Luis Garci e interpretada por Pepe Sacristán. Había bofetadas para ver el filme, y a mí me pareció que allí nadie había llorado tanto desde la muerte de Evita Perón. No sé si Garci pensaba en Argentina cuando dirigió su película pero tocó con dardo directamente en el corazón de los argentinos. Eso sí que fue un Oscar para un creador. Me paraban por las calles para preguntarme por el director español José Luis Garci y poco conocía yo del personaje, pero en mi condición de español me beneficiaba de su merecida fama y presumía de los dry Martini que había compartido con él.Acaba de publicar en editorial Notorious su último libro «Entrevistas» con un epílogo en donde se entrevista a sí mismo. He de decir con todo afecto que lo peor de Garci es su apellido. Si se llamara Gerardo de Herralburo tendría mejor pase en la Academia de Cine que nunca le perdonará haber abierto brecha en Hollywood. Tendrá que morirse para demostrar que es uno de nuestros mejores directores de cine, dentro de una industria escacharrada y pletórica de flatulencias intelectuales. Garcí, además, es un catedrático del cine que sabe que le sucedió a Humphry Bogart con la jovenzuela Lauren Bacall en «Tener o no tener», o por qué tras años de felicidad en el Santana y arrumbado en el alcoholismo, la Bacall abrazaba a su moribundo y bajaba al piso de abajo a revolcarse con Frank Sinatra, que la traicionó. Garci también es de esos sabios que entiende por qué John Ford, cuando salía la caballería, la hacía acompañar de perros. También sabe porqué John Foster Kane expiró diciendo «Rosewood», y también por qué cuando Orson Wells rompió una enésima silla en un restaurant de Los Angeles dijo que a lo largo de su vida había perdido trescientos cincuenta kilos de peso en múltiples dietas y no pensaba continuar. También conoce que Rita Hayworth era un monito español follada por el flamenco de su padre y fue necesario depilarla desde las cejas a la frente antes de convertirla en un mito. Tampoco ignora que Cary Grant justificaba las bragas que usaba en su equipaje aduciendo que ocupaban menos espacio ni que Rock Hudson destruyó a su secretaria casándose con ella para tapar su homosexualidad. Garci no sólo nos brinda películas entrañables sino que, en la televisión, nos enseña todos los trucos y las victorias que se enredan detrás de una cámara. Pocos como él han hecho tanto para que sigamos amando el cine. Devorador de libros, que no es una constante entre nuestros cineastas, Garci es el único que nos devuelve a las salas de proyección al margen de los repetitivos tostones de efectos especiales estadounidenses. Argentina, paupérrima, no da una o dos películas interesantes al año. Francia otras tantas, aunque últimamente están algo flojos. José Luis Garci cada vez que torea nos derrama una lágrima de emoción. Nuestro director siempre nos retrotrae a aquellas sesiones dobles en el cine de barrio con palomitas y bombón helado donde curtimos una infancia que necesitaba de mucho consuelo. Cada vez que veo alguna de sus películas me siento en las altas butacas del «paraíso» o el «gallinero» intentando la imposible proyección desde la miseria a la felicidad.