Miguel Hermoso: «En cada español hay un pícaro»

LA RAZÓN regala el viernes «Truhanes», protagonizada por Arturo Fernández y Paco Rabal

Miguel Hermoso: «En cada español hay un pícaro»
Miguel Hermoso: «En cada español hay un pícaro»

Lo menos que se puede decir de Miguel Hermoso es que nos encontramos ante un hombre con mucha fe en sí mismo y en su obra, un tipo que en las circunstancias más difíciles (era su primera película) se jugó hasta el bigote que no tenía: para producir «Truhanes», la película que este periódico regala el próximo viernes, tuvo que empeñar sus bienes, porque la esperanza que él tenía en su proyecto no la encontraba en los productores al uso, empeñados en repetir que lo que Miguel les proponía sólo tendría éxito con Esteso y Pajares de protagonistas. Pero Miguel no era un director al uso y quería otra cosa, otros actores: Paco Rabal y Arturo Fernández. Tela marinera.

–«Truhanes» es la historia de dos pícaros que se encuentran en la cárcel...
–Uno es un asiduo, un pobre ratero; el otro, un delincuente de cuello blanco al que han atrapado por tráfico de obras de arte.

–Ésos eran sus truhanes en el 83. ¿Quiénes serían hoy?
–Un concejal de urbanismo y un rico que ha dado un buen pelotazo.

–La picaresca: qué gran manantial para el cine, ¿eh?
–Se ha tratado bastante, pero los americanos le hubieran sacado mucho más jugo si tuvieran nuestro pasado y nuestra literatura. Los anglosajones también le extraen más a su historia que nosotros a la nuestra. A los españoles nos interesa poco nuestra propia historia. Es un déficit cultural: el desarrollo económico no se corresponde con el desarrollo cultural. Hemos comprado muchos coches, pero pocos libros.

–«Truhanes» era su primer largometraje. ¿Por qué eligió el tema de la picaresca?
–Siempre me interesó. En cada español hay un pícaro.
(Miguel trabajaba entonces en publicidad, rodaba spots. Así aprendía la técnica del cine y de paso ganaba una pasta gansa. No es que con «Truhanes» viera venir la etapa de corrupción desmadrada que nos caería encima, no, «pero sí que fue una película premonitoria, aunque mis protagonistas eran monjitas comparados con los chorizos de ahora». En estos momentos le tienta llevar al cine la historia de un constructor (no dice el nombre) que levanta grandes barriadas y tiene problemas para vender los pisos).

–Empeñó sus bienes para producir la película...
–No la quería financiar nadie, me decían que sólo tendría éxito con Esteso y Pajares, pero yo quería otra cosa... Así que la produje yo, puse 49 millones de pesetas. Tuve que empeñar mi casa, sí. La recuperé, claro. No gané mucho, sí lo suficiente para seguir haciendo cine.

–Fue bien tratado por la crítica...
–Sí, se dijo que era una de las mejores comedias del cine español. Tuvimos premios. Entonces se hacían comedias juveniles. Yo la hice con gente madura. Tuve que convencer a Paco Rabal para que se quitara el peluquín. No fue fácil. Tampoco que Arturo Fernández saliera vestido de pobre. No quería. «Ya fui pobre, decía, y no quiero volver a serlo ni en el cine». Al final accedió. Fíjese: reunir a uno tan de derechas con otro tan de izquierdas...
(Coincidió un director joven con dos actores mayores y la cosa funcionó, «pero fue una película insólita, no creó escuela; una casualidad o un milagro». Luego convirtió el milagro en una serie de TV y se volvieron a abrir los cielos del éxito. Se retiró de la publicidad después de hacer más de 700 spots. Escribió una obra de teatro, «Cuentos de burdel», para Beatriz Carvajal y Miguel Rellán, y también le visitó el éxito)

–No es director de muchas películas: sólo ha dirigido ocho...
–Únicamente hago lo que me apetece. En la publicidad gané dinero: tengo para el jamón de York y el recibo de la luz.

–La película que hizo sobre la vida de Lola Flores no fue bien recibida por la crítica...
–Funcionó bien comercialmente. No me quejo nunca de la crítica. Decían: «¡Lo que hubiera hecho Almodóvar!». Bueno, la tenía ahí, bien a mano... Lola era un personaje extraordinario y contradictorio; por un lado decía que ella quería ser sólo «señora de...»; por otro, que quería ser una gran trágica como Irene Papas o Ana Magnani...

–Un toque de actualidad: mire lo que ha pasado con la «ley Sinde»...
–Es una pena que no haya salido. Si no respetamos los derechos de autor, arrastraremos siempre el sambenito de pícaros y truhanes. Somos el segundo país del mundo en piratería. A mí me jode ese chiste que cuentan los ingleses de nosotros: «Cómo hacer una tortilla española: primero, robar dos huevos...». Hay que pensar que la honestidad es rentable y abandonar el típico «aquí se lo lleva crudo todo el que puede».

–Es usted muy optimista...
–No tanto como Zapatero, pero qué remedio nos queda.
(Miguel cree que el cine español va bien: «Se hacen cinco o seis buenas películas al año y hay muy buenos actores; está por encima del nivel del país». También cree, con Robert McKee, el gran guionista, que el futuro está en la televisión, y que si viviera hoy, Cervantes trabajaría en ella. Tiene una novela sin publicar: «Salió de un guión que se quedo ahí, sin película; lo transformé en novela. No quedó mal, pero no sé si la publicaré...». Y hablando del año estrenado, me dice que no está preparado para vivir peor: «Podría prescindir del tabaco, pero no del coche y las mujeres, aunque sólo sea para mirarlas, ¿eh?»).


Un rico y un ratero
En «Truhanes», la vida es de verdad. Nada es gratis, todos los favores se devuelven y más cuando la situación que se plantea es desesperada. Gonzalo Millares da con sus huesos en prisión, y, por miedo a un ecosistema tan alejado de su nivel social, busca protección. Ginés Giménez, ratero, timador, mujeriego y borrachín, le ayuda a cambio de un futuro prometedor fuera de la cárcel. La película fue un exitazo.