Soledad por Alfonso Ussía

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Los que de antiguo la conocen le dicen todavía «Marisol». Para mí, que Soledad Becerril cuando casó con Rafael Atienza, marqués de Salvatierra, sevillano de rumbo contrastado y formidable escritor, recibió de su marido esta acertada indicación: «A partir de ahora, Soledad, que lo de Marisol me suena a niña prodigio rumbo a Río». Soledad Becerril es montañesa. La Montaña y Sevilla con Cádiz han encajado siempre a las mil maravillas. Los jándalos –los jandaluces–, son los montañeses que camino de las Américas se toparon con Andalucía y allí se quedaron para siempre. «Echa vino, montañés/ que lo paga Luis de Vargas» en el bellísimo romance de Villalón de los bandoleros descendiendo de la sierra por los alcores del Viso. Y por ahí anda Trifón, con su Flor de Toranzo. Centenares de establecimientos de ultramarinos, bares y colmadillos son en Andalucía, cosa de los jándalos. Soledad no es jándala emigrante, sino contrayente. Se enamoró de un sevillano y ahí, en la ciudad de la medida y la distancia, sentó sus reales hasta llegar a ser su alcaldesa. También se mueve por Ronda, de cuya Real Maestranza de Caballería es – o era– el marqués de Salvatierra Teniente de Hermano Mayor, con un bellísimo palacio volcado a tajos y precipicios, si bien el más estremecedor y bello de los tajos rondeños, el Tajo de los Gaitanes, no se domina desde el columpio de los Atienza.

Soledad es liberal hasta la exageración, que es exageración muy recomendable. Fue la primera mujer ministra de nuestra libertad recuperada. Ministra de Cultura en el Gobierno de Leopoldo Calvo Sotelo. Cuando el desastre de UCD, escribí un poema elegíaco llorando la melancolía del escaño azul, que no quería perder la compañía de su traspuntín. Y fue una buena ministra, una buena diputada y una buena alcaldesa. Ahora ha sido nombrada Defensora del Pueblo, que a estas alturas de la cosa, no he llegado a averiguar todavía de qué se trata y cuál es su utilidad en España, por tratarse de un cargo de invención escandinava, con una escala de valores muy diferentes a la de los países latinos. No obstante, si es posible alcanzar la utilidad y el beneficio común en esa responsabilidad, Soledad Becerril puede conseguirlo.

Los Atienza y los Becerril, andaluces y montañeses respectivamente, se compenetran muy bien. Una hermana de Rafael está casada con un hermano de Soledad. Cambiar la Plaza de Armas por el palacete de la glorieta de Rubén Darío es un cambio malo. Sucede que Soledad Becerril es una política nata y apasionada, y la jubilación no va con su carácter, que es de valle y bosque, como buena Bustamante, si bien debo aclarar que ningún parentesco le sugiere cercanías familiares con David Bustamante, el jilguero de San Vicente de la Barquera.

Si de algo valieran mis recomendaciones, yo le recordaría a Soledad que una de las mejores maneras de defender al pueblo es la de recortar los gastos públicos. Es decir, que intente asumir las responsabilidades de todos los defensores del pueblo autonómicos, que han crecido como setas. Y sobre todo, que defienda al ciudadano de a pie frente al poder omnímodo del Estado, en ocasiones tan injusto y perverso administrador. Porque lo repito. España es nuestra Patria y el Estado, su administrador, tan proclive al abuso en muchas ocasiones.

De lo que no me cabe duda es de que lo intentará. Y ella es tozuda, machacona, inteligente y trabajadora. Feliz retorno, Soledad.