Historia

El rey del trémolo

La Razón
La Razón FOTO: La Razón

Nadie sabía la verdadera edad de Manolito Alexandre y casi todo el mundo le echaba por cálculos cerca de los cien años, que no era nada porque él se seguía considerando un chaval, hecho que se reafirmaba no hace mucho cuando sacaba de paseo a su padre, que andaba por los ciento y pico. Disfrutaba del efecto reconfortante y conservante de la bohemia, acudiendo alegremente a saraos, viajes y cualquier sitio con vistas a señoritas de buen ver.

Esto quiere decir que cualquiera pensaba que no se iba a morir nunca. Se le podía encontrar casi todas las tardes en el escaparate del Café Gijón, junto a Álvaro de Luna y otros supervivientes de las tertulias de los tiempos gloriosos de Fernán-Gómez y compañía, escuchando su inconfundible voz vibrante que hacía temblar las tostadas mientras miraba la calle como un atrayente escenario de faldas al aire. La estela de Fernán-Gómez le acompañó desde su juventud, cuando durante la guerra se apuntaron a unas escuelas anarquistas de teatro. Puede que nunca le abandonara ese espíritu ácrata que supo transmitir a algunos de sus personajes, un ser antiautoritario y sin prisas, como el Sento que tardaba días para acabar de pintar una «S» a su gusto en «Calabuch», retomado luego en «París-Tombuctú».

Hay hasta quien pone en duda que fuera un actor profesional y más un curioso diletante aficionado a hacer papeles. Quizá a él también se le podía aplicar el axioma de aquella generación: «¡Yo hago películas para poder gastarme lo que me pagan en el café Gijón!».

Pero mientras tanto, ahí está el cuñado cojo de «Plácido», el señor Benítez acosando a Gracita Morales en «Atraco a la tres», el avispado tonto del haba en «Vivan los novios» y tantas grandísimas interpretaciones de quien ha sido considerado uno de los grandes secundarios del cine español, aunque a él no le gustara el apelativo, diciendo siempre que él podía ser perfectamente protagonista sólo con que se lo ofrecieran. Lo demostró casi al final de su carrera con películas como «Elsa y Fred», o su genial interpretación del general Franco para televisión. Aunque nos sigamos quedando con su particular estilo, marca de la casa, no sólo en las películas Berlanguianas, sino también en grandes obras como «El año de las luces», «El bosque animado», «Amanece que no es poco», «La marrana» o «Mi general», esas obras, si se quiere corales, pero que con Manolito nos gustaban más.

Y su trémolo. Su sello inconfundible como método de interpretación, que consistía en poner una media sonrisa pícara y extender las frases en una suspensión de vibrato cascabelero. Un truco que utilizó de joven en el teatro y al ver que el público respondía, tomó como seña de identidad. Como caía tan bien, ningún director se atrevió nunca a cambiarle el tono. Porque Alexandre era ese tipo entrañable al que todo el mundo quería, pertinaz en su soltería, salvo una temporada junto a María Luisa Ponte, con su fórmula para ligar que según Azcona consistía en pasarse toda una tarde mirando a una señorita con ojos de perro desconsolado, hasta que ésta se cansaba. Las pantallas, que van quedándose huérfanas de tantos cómicos, tienen hoy una nueva muesca. También una tertulia de café.