Elecciones europeas y transición energética

La guerra comercial entre EE UU y China tiene mucho que ver con el dominio del mundo en el siglo XXI. Europa es un jugador menor. Su falta de cohesión política y económica debilita mucho su papel, donde se dan esos dos contendientes, que, a la vez, deja el Atlántico para centrarse en el Pacífico. Una lucha geopolítica o, mejor, geoeconómica, donde todo se dirimirá en el dominio del mar.

Europa, desgraciadamente, ni tiene capacidad política, ni tiene la fuerza económica para imponerse dentro de ese juego a dos; pues mucho se dirime en las capacidades tecnológicas, donde los europeos carecen de grandes empresas. Todo en Europa –como en España– es dispersión y luchas de unos contra otros, donde los grandes países buscan dominar al conjunto. Un contexto que debilita a Europa, sumida en una lucha de estrategias y de visión futura, donde el euro es poca cosa para poner en juego en el complejo mundo de hoy, dominado, además, por el dólar.

Perdida la capacidad europea de competir en el sofisticado mundo tecnológico de los Google, Alibaba, Amazon, Baidu, Tencent, Facebook, Huawei, Samsung... Europa, con el proyecto Galileo (supuesto competidor del GPS estadounidense) marchando a escasa velocidad, solo le queda modernizar y potenciar su industria, donde la automoción es uno de sus pilares fundamentales. Una industria que constituye el sector europeo más dinámico en investigación y desarrollo, que ocupa a unos 14 millones de personas, vende más de 20 millones de vehículos todos los años en los mercados globales, y se soporta con una industria energética líder a nivel mundial, con enormes conglomerados empresariales tales como: Iberdrola, Enel, EDF, Total, Shell, Repsol, o ENI; dejando fuera a BP por aquello del Brexit. Todo ello para sostener a su vez miles de empresas subsidiarias, la mayoría pymes, intensivas en consumo energético. Ya que industria y energía son las caras de una misma moneda; como lo son generación de riqueza y nivel de vida.

Sin embargo, con las políticas que parecen estar imponiéndose en la UE, donde transición energética es sinónimo de acabar con ese potencial industrial, las últimas elecciones al Parlamento Europeo presentan enormes dudas respecto del futuro económico del continente. Pues una cosa es hablar de una transición ordenada en beneficio de un mundo menos contaminado, y otra es ir al galope en la destrucción de una industria que es esencial para Europa. De ahí que, en ese sálvese quien pueda, los grandes países europeos de la automoción, como Alemania o Francia, compitan entre sí en lugar de buscar alianzas satisfactorias para ambos. Con la circunstancia de que el dominio económico alemán no hace sino dificultar la situación del conjunto. Competir, imponiendo reglas para dificultar al vecino en el mercado interno olvida que la globalización económica ha cambiados los escenarios, que son hoy más que nunca globales.

Los resultados de las elecciones europeas –como en el caso español– abren importantes incógnitas. Lo primero que se presenta como algo único, en comparación con Estados Unidos y China, es ver a los que buscan romper la Unión Europea entrando en los foros que pretenden destruir. Los partidarios del Brexit se sientan así, a modo de caballo de Troya, en el lugar que debería ser una zona de encuentro más que un lugar de ruptura. A lo cual se suma el crecimiento de los «partidos verdes» que tienen 15 escaños más, alcanzado la cifra de 67 asientos. Y mirando con algo más de detalle, se ve el crecimiento del Frente Nacional francés de Marine Le Pen (antieuropeo igualmente), de los «verdes» alemanes, que lograron un 20,5% en su país, o el poder creciente del Matteo Salvini, dentro y fuera de Italia; por no volver de nuevo a los partidarios del Brexit, que se hicieron con el 30,5% de los votos en Reino Unido. Toda una «contradictio in terminis» en la que España participa con sus peculiaridades, que no son sino un reflejo de lo mismo: suben los que van en contra del sistema, y los que quieren mantenerlo se mimetizan a veces con ellos olvidando las debilidades que introducen al conjunto.

En este galimatías surge el problema de las emisiones y de la industria europea, necesitada de un plan a largo plazo que mire al futuro en lugar del presente; donde se alaba lo que nos presenta como solución la joven sueca de 16 años Greta Thunberg, a la que izquierdas y derechas siguen por aquello de la novedad mediática. Y en España, como si no estuviera en riesgo el futuro de cientos de miles de empleos y de unas industrias fundamentales para nuestra economía y nuestro bienestar, da la impresión de que la transición energética camina por los lares de rápidas decisiones sin analizar convenientemente sus impactos, cuando debería ser lo contrario. Esperemos que, dentro de la complejidad, surja algo de cordura.