Cine

Jude Law:: «Muchas veces me pregunto cómo puedo vivir conmigo»

El actor y la bella Rachel Weiz, que han coincidido otras veces en sus carreras,  dan vida a un matrimonio bastante erosionado por el paso del tiempo
El actor y la bella Rachel Weiz, que han coincidido otras veces en sus carreras, dan vida a un matrimonio bastante erosionado por el paso del tiempo

Quién le iba a decir a Arthur Schnitzler que su polémica obra «La ronda» iba a ser adaptada más de cien años después –se publicó en 1900– en la era de internet, un invento al que aún le quedaban muchos años para materializarse, como punto de unión entre historias que suceden alrededor del mundo. Fernando Meirelles, el director cuyo nombre siempre irá unido a «Ciudad de Dios», vivió una auténtica y doble odisea. La primera, para lograr hacer coincidir los actores con las que quería rodar, Jude Law, Rachel Weisz, Anthony Hopkins, Ben Foster y Vladimir Vdovichenkov, una peso pesado del cine ruso que tenía la agenda aún más repleta que los astros de Hollywood. A esto hay que añadir la dificultad de rodar en las cuatro esquinas del mundo. «Filmamos dos días en Minneápolis, pero en Denver llevó el doble de tiempo. Hubo una tormenta de nieve y no pudimos volar directamente así que tomamos un avión a una ciudad cercana y viajamos por carretera seis horas hasta Minneápolis, donde trabajamos en un aeropuerto, en la nieve. Después grabamos durante cinco semanas en Londres, una semana en París y unos días en Bratislava (Eslovaquia)», recuerda el director.

Se trata de una película de historias cruzadas, de esas que Iñárritu volvió a poner de moda y de las que el cine ha vivido una auténtica invasión durante los últimos años. Su superposición en el metraje viene a demostrar que, en este mundo, todas las acciones tienen consecuencias y conexiones inesperadas. «Me involucré muchísimo con cada una de estas historias y rodé tonos que no había explorado jamás. Sentí que cada semana estaba filmando una película diferente: es romántica y triste en París; hay un poco de acción en Viena, y hay un drama familiar en Londres», avanza Meirelles. LA RAZÓN tuvo la oportunidad de hablar sobre este estreno con Jude Law.

-¿Qué fue lo que más le atrajo de este trabajo?

-El aspecto multicultural de la historia. Me gustó el intercambio de idiomas y de procedencias. También me seducía el vacío que siente mi personaje dentro de su matrimonio. Al igual que su decisión de mantenerse fiel a su esposa desata una serie de acontecimientos con un efecto dominó en ciudades como París, Londres, Río de Janeiro o Denver, antes de regresar precisamente al lugar donde empezó esta cadena de sucesos; de ahí el nombre del filme, por los 360 grados. Para mí fue muy excitante participar en un filme en el que se podían escuchar muchos idiomas distintos en el rodaje. Me ha tocado trabajar con grandes actores de todo el planeta.

-¿Cómo definiría al personaje que da vida?

-Michael Daly es un hombre de negocios que trata de hacer las cosas bien, y a pesar de ello, disfruta de la vida. Creo que, a veces, los seres humanos tratamos de controlar demasiado lo que ocurre a nuestro alrededor y deberíamos dejar que la improvisación penetrara en nuestras vidas, dejar entreabierta la puerta para que el aire fresco nos inunde. Considero que es alguien bastante normal, que trabaja duramente para tapar los agujeros que ve en su vida.

-¿Le resultó agradable filmar a las órdenes de Meirelles?

-Fui muy grato. Hay algo en él que te inspira. Es un ser humano entrañable. Desde que me ofreció el papel me contagió su energía, su carisma, su cariño. Me animó a entusiasmarme por el proyecto, y lo consiguió. Es un proceso curioso esto de vivir nuestras relaciones de forma guiada. Durante el rodaje pasamos horas y horas hablando del amor con Rachel, analizamos hasta el cansancio la esencia de las relaciones. Este filme fue una experiencia catártica, reflexiva, que dio mucho sentido a mi propia vida.

-¿Qué ha aprendido, en concreto, sobre el amor?

-Sigo pensando en ello, aunque siempre les he dicho a mis hijos que lo que hago en el cine no se debe aplicar a la vida. Creo que mi principal enseñanza fue que la paciencia es una virtud, sobre todo, en lo referente al amor. Todos nos hemos equivocado alguna vez en las relaciones y considero que nos debemos permitir equivocarnos. No hay nada más sano en este mundo que aprender de los errores y admitirlos, pero, al mismo tiempo, la otra parte tiene que saber perdonar y olvidar.

-¿Ha descubierto, por fin, lo que significa la palabra «fidelidad»? ¿Tiene que ver con tener una vida emocional estable?

-Me casé cuando apenas tenía 22 años y ya tenía a mis tres hijos al cumplir los treinta. Viví, como todos, mi momento de soltero a los 19, pero, pronto me di cuenta de que salir a bares, emborracharme y tratar de encontrar a alguien con quien irse a la cama cada noche me resultaba agotador. Y, además, no te lleva a ningún sitio.

-¿Como padre, ¿teme por el futuro de sus hijos? ¿Es pesimista respecto a la situación actual?

-Por dónde quieres que empiece... No voy a cambiar esta conversación para que tome un derrotero político, porque estaríamos horas hablando de ello, pero atravesamos un momento histórico del que vamos a necesitar cien años para recuperarnos. Quizá por eso todos vivimos con miedo. A nivel superficial, te diré que lamento profundamente ver cómo se encuentra la cultura británica y la obsesión que existe por la vanidad, el «glamour» y el cotilleo. Me produce verdadera lástima.

-Teniendo en cuenta que la multiculturalidad es uno de los temas de la cinta ¿cuál es su actitud hacia el problema de la inmigración?

-Pero si Londres es la ciudad que ha llegado a ser es gracias a la inmigración. Cuando estoy fuera y me preguntan qué quiere decir ser un caballero inglés, siempre digo que mi ciudad es una urbe multirracial. Yo mismo he crecido en una escuela donde los niños blancos éramos minoría. Eso para mí es ser londinense: crecer en un ambiente en el que se respiran modos de entender la vida diferentes. El futuro tiene que ser distinto, lo admito. Hemos llegado a un punto en el que los números exigen restricciones; aunque sea injusto, debemos marcar una línea.

-Por todo eso que cuenta, en ocasiones, uno quiere parar su vida y probar suerte en otra cosa, ¿ha pensado en esa posibilidad, en parar y volver a empezar?

-No conozco a nadie que camine por la vida y no haya sentido eso alguna vez. Es excitante que, en ocasiones, uno quiera parar su existencia porque no aguanta lo que hay en ella; pero considero que esa es la maldición de la cultura occidental en la que vivimos. Lo primero en nuestras vidas es triunfar profesionalmente y, una vez alcanzado ese objetivo, es cuando nos damos cuenta de que somos seres humanos, y no antes. Más de una vez me he preguntado mirándome en el espejo: «¿Cómo puedo vivir contigo?». Es un buen ejercicio porque tomas conciencia de tus verdaderas necesidades.

-Vamos a concluir cambiando de tercio y hablando de cosas más agradables: ¿es cierto que usted es un aficionado a comprar arte?

-Me encanta, y colgar obras que me hacen sentir bien en las paredes de mi casa. Quiero que mis hijos crezcan rodeados de arte. Me encantan ciertos artistas británicos que son polémicos, artistas que pintan graffiti como Banksy, o McCartly, que es un pintor inglés que hizo una serie de piezas llamadas «Fallen Angels». Estoy seguro de que se va a convertir en un pintor de prestigio, o, al menos, eso espero porque soy uno de sus grandes compradores.