Encadenados al progreso

Ford introdujo un sistema de trabajo que permitía el acceso al consumo del ciudadano medio

MÁQUINAS Y HOMBRES. Una cadena de montaje de Ford
MÁQUINAS Y HOMBRES. Una cadena de montaje de Ford

Ford introdujo un sistema de trabajo que permitía el acceso al consumo del ciudadano medio

Para muchos, la Historia está vinculada a las batallas y los monarcas. Sin restarles su importancia, lo cierto es que los grandes cambios han venido asociados no pocas veces a episodios que pasan desapercibidos a no pocos historiadores. Así sucedió cuando en 1913, hace ahora cien años, un industrial norteamericano llamado Henry Ford introdujo la cadena de montaje en sus empresas. A decir verdad, Ford llevaba años dando muestra de un talento extraordinario. En 1908, por ejemplo, había colocado el volante de los automóviles al lado izquierdo, una revolucionaria innovación que pronto copiaron otras compañías.

El vehículo elegido había sido el famoso modelo T que llevaba cuatro cilindros en un bloque sólido, pero que, por encima de todo, era muy fácil de conducir y de reparar. Costaba a la sazón 825 dólares, el equivalente a unos dieciocho mil euros de hoy en día. Apoyado en una campaña publicitaria dirigida, de manera especial, a los agricultores y a la formación de clubes automovilistas, las ventas aumentaron sumando vez tras vez un incremento anual del cien por cien. En 1913, en un intento por reducir costes y, a la vez, liberarse de los plazos que pudieran imponer los obreros en el curso de la producción, Ford implantó el uso de la cadena de montaje. La idea, al parecer, partió no del propio Ford sino de algunos de sus empleados, entre los que se encontraban Clarence Avery, Peter E. Martin, Charles E. Sorensen y C. Harold Wills.

El éxito de la cadena de montaje resultó espectacular. Al año siguiente, las ventas de automóviles superaban ya el cuarto de millón. Todo ello en paralelo con un descenso de los precios de los coches. Cuando en 1916, el mismo Ford T básico pasó a cotizarse a trescientos sesenta dólares –unos cinco mil ochocientos euros de hoy–, las ventas rozaron el medio millón. En 1927, la producción superaba los quince millones de unidades manteniéndose como un verdadero récord durante los próximos cuarenta y cinco años.

Pero no se trataba sólo del crecimiento de las ventas. Ford había revolucionado el sistema de producción capitalista poniendo sus logros al alcance del ciudadano medio. En un claro ejemplo de lo que se ha denominado el sistema americano, había dejado de manifiesto que lo importante no era vender productos caros a una élite, sino que las masas pudieran adquirirlos de manera económica. Aunque el sistema no tardó en recibir ataques, que fueron desde «Tiempos modernos» de Chaplin al «Mundo feliz» de Aldous Huxley, lo cierto es que repercutió extraordinariamente en el aumento del bienestar de los trabajadores.

No se debió éste únicamente al incremento de riqueza, sino a la necesidad creciente de pactar con los sindicatos. Ford había pretendido que el sistema liberara al empresario de los plazos impuestos por los trabajadores. Así fue, pero, a la vez, quedó de manifiesto que si los obreros se organizaban, podían detener con notable facilidad el proceso de producción. Resultó, pues, forzoso llegar a acuerdos. También de manera significativa, John Maynard Keynes, el padre de las políticas de izquierdas que persisten a día de hoy, defendió el denominado fordismo porque lo veía como un instrumento privilegiado para impulsar estatalmente la recuperación económica en la época de la Gran Depresión. No menos entusiastas fueron en la URSS. Durante décadas, se ocultó a los obreros soviéticos que el sistema impulsado en los planes quinquenales de Stalin no era sino fordismo con el añadido de comisarios políticos. Ni siquiera el enemigo más encarnizado del capitalismo podía resistirse al éxito del modelo. No lo pretendía, seguramente, pero, al escuchar a algunos de sus empleados, Ford cambió en profundidad la Historia.