Los maquiavélicos

Ningún político reconoce serlo, pero admiten que su oficio es conquistar y conservar el poder para asegurar el bienestar de los ciudadanos

Stalin (1878-1953) está considerado uno de los políticos más despiadados del siglo XX, estatuto que comparte con Hitler. Eliminó a todos sus adversarios, que se contaban por millones, y supo permanecer en el poder con mano de hierro. En la imagen, una mujer besa un retrato del dictador
Stalin (1878-1953) está considerado uno de los políticos más despiadados del siglo XX, estatuto que comparte con Hitler. Eliminó a todos sus adversarios, que se contaban por millones, y supo permanecer en el poder con mano de hierro. En la imagen, una mujer besa un retrato del dictador

Ningún político reconoce serlo, pero admiten que su oficio es conquistar y conservar el poder para asegurar el bienestar de los ciudadanos

El florentino Maquiavelo siempre ha tenido mala prensa. Considerado como un cínico que en «El Príncipe», su obra más conocida –de la que ahora se cumplen 500 años desde que la escribió–, desligaba la acción política de cualquier consideración moral, las condenas llovieron sobre él desde el primer momento y el adjetivo «maquiavélico» se convirtió en sinónimo de amoral, despiadado y retorcido. Sin embargo, la realidad fue muy distinta. A decir verdad, Maquiavelo –que fue detenido y torturado en una de las muchas contiendas políticas que dejaron de manifiesto la fragilidad del sistema de gobierno de la Italia renacentista –era un enamorado ferviente de la estabilidad política. Frente al imperio –en el que creía todavía Carlos V– y los reinos que se repartía Italia, Maquiavelo defendía una nueva entidad política conocida como «lo stato», un término que nosotros traducimos como «el estado», pero que, en realidad, sería mejor denominar «lo estable».

Esa estabilidad derivaría de un análisis práctico de la realidad –que, por ejemplo, podía impulsar a los no creyentes a proteger la religión– y no de prejuicios ideológicos o de normas morales. La misión fundamental del príncipe debía ser no tanto engrandecer su dominio cuanto conservarlo y, especialmente, proporcionar estabilidad a un estado del que dependía el sosiego de sus súbditos. En ese sentido, Maquiavelo soñaba con una Italia reunificada, que fuera gobernada por un príncipe audaz y que eliminara unos estados pontificios que, a su juicio, impedían la deseada unidad nacional y el establecimiento de un estado moderno. Precisamente por eso, Maquiavelo no dudó en considerar como príncipes ejemplares a un Fernando el Católico que había estabilizado y reunificado España, pero que también se había asentado en Nápoles y Sicilia, o también a un Cesare Borgia que pretendía consumar los proyectos dinásticos de su padre, el papa Alejandro VI.

Maquiavelo no era original –en él se perciben con relativa facilidad influencias de Jenofonte e Isócrates, de Salustio y de Tito Livio, e incluso de Tucídides y Epicuro– pero estaba llamado a tener una repercusión mayor que sus mentores. Su pragmatismo provocó la condena de la iglesia católica en 1559 y cinco años después sus obras fueron incluidas en el Índice de libros prohibidos del concilio de Trento. Igualmente fue atacado por personajes de la talla del cardenal Reginald Pole, de los obispos Osorio y Politi o de algunos autores hugonotes como Innocent Gentillet. Sin embargo, sus seguidores fueron numerosísimos desde el principio sin consideraciones de nación o creencia. Enrique VIII –y su consejero Thomas Cromwell– lo siguió de manera especialmente cuidadosa cuando condujo a Inglaterra al cisma de la iglesia católica persiguiendo por igual a los partidarios de la Reforma y a los fieles al papa y asentando el estado en la identidad nacional y no en la fidelidad a una religión cuyo máximo dirigente vivía en otro país.

Con una vena liberal

Catalina de Médicis aplicó confesamente principios maquiavélicos cuando decidió exterminar a los protestantes franceses en el curso de la Noche de San Bartolomé en la convicción de que la libertad religiosa sólo serviría para sacudir la estabilidad del reino. Por su parte, el cardenal Richelieu mostraría un notable maquiavelismo al poner las finanzas de Francia en manos de protestantes para asegurar la derrota de la católica España. Curiosamente, en el curso de unas décadas la influencia de Maquiavelo se había extendido a terrenos impensables con consecuencias inesperadas. Por ejemplo, Francis Bacon lo citó como una de las bases de su método científico ya que había antepuesto la observación de la realidad al dogma y Locke, uno de los primeros liberales, absorbió su deseo de estabilidad desarrollando precisamente no la idea de un régimen tiránico sino basado en la libertad y la división de poderes. Esa misma vena liberal deducida de Maquiavelo se percibe en la visión económica de Adam Smith. Seguramente, al ilustre florentino le habría dejado perplejo, pero tanto Locke como Smith venían a afirmar que la estabilidad era un bien más que deseable, pero que sólo quedaba realmente garantizado mediante la libertad económica y política.

Benjamin Franklin, James Madison y Thomas Jefferson apelaron a esa lectura liberal de Maquiavelo para oponerse a políticos aristocráticos como Alexander Hamilton. Ni que decir tiene que esa lectura liberal no ha sido históricamente mayoritaria ni siquiera después del siglo XIX. Antonio Gramsci, el mayor pensador del comunismo italiano, fue un extraordinario lector de Maquiavelo lo que le llevó, por ejemplo, a teorizar sobre la revolución pasiva, es decir, aquella que lleva a cabo el pueblo convenientemente manipulado. Por supuesto, muchos supieron pasar de la teoría a la práctica. Los hermanos Dulles, autores de buena parte de la política exterior de Estados Unidos durante la guerra fría, aplicaron sin el menor escrúpulo una visión maquiavélica que debía frenar la expansión soviética y asegurar el predominio norteamericano.

Del derrocamiento de Mossadiq en Irán al desembarco en Bahía Cochinos pasando por el golpe que derribó a Arbenz en Guatemala, no siempre tuvieron éxito, pero en todo momento hicieron gala de un pragmatismo descarnado.

Tampoco faltan los ejemplos hispanos de maquiavelismo más allá del Fernando citado en «El Príncipe». Maquiavélico fue, sin ningún género de dudas, un Fernando VII que supo salvaguardar su absolutismo a costa de, en distintos momentos, traicionar a su padre, intentar pactar con Napoleón, aceptar la constitución de Cádiz y perseguir a los liberales. No lo fue menos Franco en el plano internacional sabiendo saltar de la alianza con Hitler y Mussolini a la firma de los pactos con Estados Unidos. Ya durante la Transición, Jordi Pujol fue otro ejemplo de político maquiavélico.

Convencido de que podía perpetuarse en el poder mediante el expediente de crear una clientela que, sin superar el treinta por ciento de los votos, lo apoyara, no dejó de avanzar en esa dirección.

Con todo, debe reconocerse que sus planes quizá más que haber servido para sostenerse en el poder puedan acabar desembocando en la aniquilación de una entidad política mayor. A fin de cuentas, Pujol no ha podido perpetuarse de la misma manera que también le resultó imposible al ex presidente Felipe González, el otro gran maquiavélico español de las últimas décadas que no pudo resistir el impacto de las televisiones privadas sobre las urnas.

Con todo, si hubiera que otorgar el premio al político más maquiavélico de la Historia seguramente debería recaer en Iosif Stalin. Definido por Lenin –que recomendó su destitución como secretario general y quizá incluso su asesinato– como «tosco», Stalin era un gran lector de «El Príncipe» de Maquiavelo y hasta nosotros ha llegado una copia del libro repleta de anotaciones de su puño y letra. Stalin supo desprenderse, primero, de Trotsky, el creador del Ejército Rojo, aliándose con Zinóviev y Kámieñev; liquidó después a Zinóviev y Kámieñev forzando sus falsas confesiones; logró que Kírov, el único posible rival, fuera asesinado en Leningrado y se convirtió en indiscutido señor de la Unión Soviética.

De manera despiadada, llevó a cabo los planes quinquenales y la colectivización. Juicios morales aparte, no puede caber duda de que la revolución tambaleante que había recogido a la muerte de Lenin se consolidó a la vez que la Unión Soviética se convertía en la segunda potencia mundial, tras derrotar a Hitler y ocupar media Europa. Muy posiblemente, Maquiavelo habría reconocido en él a uno de sus discípulos más aventajados.

Una alta misión: trabajar sin cobrar

«El Príncipe» es un tratado de teoría política escrito por Nicolás Maquiavelo en 1513, mientras éste se encontraba encarcelado en San Casciano por la acusación de haber conspirado en contra de los Médici. El libro fue publicado en 1531 y dedicado a Lorenzo II de Médici, duque de Urbino, en respuesta a dicha acusación, a modo de regalo. Nicolás Maquiavelo (Florencia, 1469-1527) fue diplomático, funcionario público, filósofo político y escritor. Fue nombrado canciller y tuvo un rol importante en los asuntos de la república, de los que dio cuenta a través de sus escritos. Pese a que tuvo reponsabilidades en los asuntos públicos, nunca aceptó trabajar a cambio de dinero, norma que cumplió de por vida. Su primera misión fue en 1499, para Caterina Sforza, «mi dama de Forli» en «El Príncipe», de cuya conducta y sucesos, Maquiavelo extrajo la moraleja: «Es mejor ganar la confianza de la gente que confiar en la fuerza». Será un concepto muy importante para Maquiavelo, y es señalado en muchas formas como de vital importancia para aquellos que quieran ostentar el poder.

Dedicatoria a Lorenzo de Médici

Los que desean alcanzar la gracia y favor de un príncipe acostumbran a ofrendarle aquellas cosas que se reputan por más de su agrado, o en cuya posesión se sabe que él encuentra su mayor gusto. Así, unos regalan caballos; otros, armas; quiénes, telas de oro; cuáles, piedras preciosas u otros objetos dignos de su grandeza. Por mi parte, queriendo presentar a Vuestra Magnificencia alguna ofrenda o regalo que pudiera demostraros mi rendido acatamiento, no he hallado, entre las cosas que poseo, ninguna que me sea más cara, ni que tenga en más, que mi conocimiento de los mayores y mejores gobernantes que han existido. Tal conocimiento sólo lo he adquirido gracias a una dilatada experiencia de las horrendas vicisitudes políticas de nuestra edad, y merced a una continuada lectura de las antiguas historias. Y luego de haber examinado durante mucho tiempo las acciones de aquellos hombres, y meditándolas con seria atención, encerré el resultado de tan profunda y penosa tarea en un reducido volumen, que os remito.

Aunque estimo mi obra indigna de Vuestra Magnificencia, abrigo, no obstante, la confianza de que bondadosamente la honraréis con una favorable acogida, si consideráis que no me era posible haceros un presente más precioso que el de un libro con el que os será fácil comprender en pocas horas lo que a mi no me ha sido dable comprender sino al cabo de muchos años, con suma fatiga y con grandísimos peligros. No por ello he llenado mi exposición razonada de aquellas prolijas glosas con que se hace ostentación de ciencia, ni la he envuelto en hinchada prosa, ni he recurrido a los demás atractivos con que muchos autores gustan de engalanar lo que han de decir, porque he querido que no haya en ella otra pompa y otro adorno que la verdad de las cosas y la importancia de la materia. Desearía, sin embargo, que no se considerara como presunción reprensible en un hombre de condición inferior, y aun baja, si se quiere, la audacia de discurrir sobre la gobernación de los príncipes y aspirar a darles reglas. Los pintores que van a dibujar un paisaje deben estar en las montañas, para que los valles se descubran a sus miradas de un modo claro, distinto, completo y perfecto. Pero también ocurre que únicamente desde el fondo de los valles pueden ver las montañas bien y en toda su extensión. En la política sucede algo semejante. Si, para conocer la naturaleza de las naciones, se requiere ser príncipe, para conocer la de los principados conviene vivir entre el pueblo. Reciba, pues, Vuestra Magnificencia mi modesta dádiva con la misma intención con que yo os la ofrezco. Si os dignáis leer esta producción y meditarla con cuidado reconoceréis en ella el propósito de veros llegar a aquella elevación que vuestro destino y vuestras eminentes dotes os permiten. Y si después os dignáis, desde la altura majestuosa en que os halláis colocado, bajar vuestros ojos a la humillación en que me encuentro, comprenderéis toda la injusticia de los rigores extremados que la malignidad de la fortuna me hace experimentar sin interrupción.

Nicolás MAQUIAVELO