Preysler odiaba a los perros hasta que llegó Mario

Jaime Peñafiel cuenta en su libro que, cuando era marquesa de Griñón, Isabel ordenó que las mascotas de su marido no entrasen en casa

Preysler y Vargas Llosa, con uno de sus perros, un golden retriever
Preysler y Vargas Llosa, con uno de sus perros, un golden retriever

Jaime Peñafiel cuenta en su libro que, cuando era marquesa de Griñón, Isabel ordenó que las mascotas de su marido no entrasen en casa

La 080 barcelonesa, que comienza el miércoles, traerá las propuestas de 50 diseñadores. Algunos forman parte de la historia del vestir, como Tony Miró, Josep Abril, Custo –ya rebasado por Desigual, más atrevido, bien hecho y barato–, Totón Comella y Sita Murt. Colabora Roche Bobois internalizando los desfiles siempre abarrotados. Llenan de expectación. Y también lo está haciendo el último libro sobre Isabel Preysler, en el que Jaime Peñafiel da buen repaso a los mejores momentos de sus matrimonios. Aporta la novedad de que, al casarse con el marqués de Griñón y convertirse en vecina semicampesina de Casa de Vacas, su enorme posesión de la castellana Malpica, ordenó que los perros no entrasen en la casa. Provocó recelos y rechazo, pero obedecieron porque «lo manda la señora marquesa». Tal desapego fue anulado en el último cumpleaños del Nobel, cuando ella le regaló un gran danés al que llamaron Celine y con el que se lleva de maravilla: su hija Tamara ha subido a Instagram vídeos y fotos de ella con el animal. A Mario lo reclaman más que si hubiera escrito «El Quijote», aunque no están mal los autobiográficos «La tía Julia y el escribidor», «La ciudad y los perros» o «La casa verde», el mejor retrato de la amazonia peruana de cuyo texto extrajo «La Chunga». Aitana Sánchez-Gijón protagonizó su segunda versión más sexy, porque la primera la estrenó Nati Mistral. No me canso de recordar que Isabel provocó revuelo en una noche de ringorrango donde nadie, excepto Mario, la esperaba. Ocurrió hace veintitantos años y no se explicó qué hacía allí, además de sobresalir. Peñafiel no lo detalla, pero fue el tiempo en que ella lo entrevistó para su revista de cabecera y empezaron a intimar. El atractivo no surgió ahora por generación espontánea, son de los que saben esperar.

De Iglesias a Falcó

El periodista, ya casi historiador, recuerda que con Boyer estuvo veinticinco años, toda una vida, y tan sólo siete con Julio y luego con el Grande de España, ahora imparable con Esther Doña que, transformada físicamente, ha rebasado los resultados de un «Cámbiame». Parece otra, ya sin mechas rubias y muy cuidada al trajearse rancia, en plan señora marquesa, algo que nunca inquietó a Isabel, ni a la dulce Fátima de la Cierva, y, menos aún, a la tremebunda Jeanine Giraud. Sandra y Manolo Falcó no tienen excesivo roce con su hermana Tamara o con Ana Boyer, familiares más que de refilón. Pero iluminan lo que fue leyenda cuando ella arribó a los Madriles, hasta aquí mandada en vía urgente para separarla de un peligroso «playboy» filipino. Pertenecía a una colocada familia de antecedentes vascos, de ahí la prosapia del apellido materno, Arresti. Las vecindonas le endilgaron lo que no había, menospreciándola como «segunda clase», aunque Carmen Martínez-Bordiú fue, junto con Mona Jiménez, su mayor protectora ante la maledicencia del runrún envidioso. Ahora, no se entiende que Julio se prendase de ella cuando sólo tenía 17 años, a no ser por el esnobismo de buscar lo exótico. Ella parecía sacada de una tribu. Como la embarazó a la primera de cambio, apechugó con una boda en la que Isabel, versus Peñafiel, no dejó de llorar. Para despistar a los murmuradores capitalinos, se casaron en las afueras en un resturante de José Luis. «Pagué el banquete en cómodos plazos», me contó más de una vez el doctor Iglesias, que durante la ceremonia animó a su esposa –la tan sólo supuestamente estricta Charo de la Cueva–, que detestaba a la que sería su nuera. De ella surgió llamarle «china», apodo que pervive más que los maridos.