Historia

Juan Eslava Galán: «Un chiste a tiempo cuenta mejor lo que pasa que cuatro o cinco páginas»

Gavrilo Princip salía hambriento de la tienda de ultramarinos Schiller con un bocadillo en la mano y una pistola en el bolsillo, cuando de repente se dio de bruces contra la Historia. Entre almorzar plácidamente y desencadenar un conflicto bélico internacional con millones de muertos parece que este joven de 19 años, hijo de un cartero bosnio, lo tuvo claro. Tan sólo unos segundos más tarde, acabó con la vieja Europa y la orquesta de la «Belle Epoque» dejó de tocar. En pleno centenario del magnicidio de Sarajevo, Juan Eslava Galán (Jaén, 1948) publica «La Primera Guerra Mundial contada para escépticos» (Planeta), un libro para entender lo que pasó en Europa desde el punto de vista de quienes fueron al campo de batalla.

–¿A qué huele la trinchera?

–Afortunadamente, pertenezco a una generación que no ha tenido guerras, quizás la única en 2.000 años de historia española que no ha conocido un conflicto, pero las he recorrido. Claro, que ahora son una atracción turística y no tienen ni el recuerdo del horror que vivieron en su momento.

–¿Tienen las heridas suficiente tierra para que no se vuelvan a abrir, como pensamos los europeos, o las hay abiertas aún?

–Hay heridas abiertas que proceden de la I Guerra Mundial, por ejemplo todos los conflictos de Oriente Medio y los de los Balcanes igual, estamos en un capítulo que no se ha cerrado del todo.

–Eric Hobsbawm aseguró en varias ocasiones que el siglo XIX acabó con esta guerra y el XX con la caída del Muro de Berlín. ¿El 11-S es el comienzo del XXI?

–Bueno, siempre hay que pensar en buscar un hecho que marque realmente los cambios más allá de las fechas y está claro que en este caso sucede. Podemos, además, asegurar que las dos guerras mundiales fueron el suicidio de Europa.

–Entonces, ¿qué somos, ciudadanos de un continente zombi?

–Europa tiene el problema de no ser abundante en materias primas aunque tiene el ingenio, fabricamos cosas. Antes teníamos colonias que nos vendían los materiales baratos, o gratis, y que nos lo compraban todo. Ahora, mucho me temo, ese imperio colonial se ha transformado en potencias emergentes que nos hacen la competencia. China se está quedando con África sin pegar un tiro y la India es una potencia emergente al igual que Brasil, que se quedará con todo el cono sur americano. Europa debe unirse bajo otros signos a los actuales, quizás con menos hegemonía del Banco Europeo en manos de Alemania, para afrontar el desafío que ya sufrimos.

–Al final nos vamos a quedar como una suerte de parque temático de castillos, catedrales y buenos restaurantes...

–Sería interesante que además fuéramos también una potencia económica de primer orden, aunque ya no seamos la única, como fuimos.

–¿De verdad nadie se esperaba aquel plácido verano de 1914 que Europa iba a explotar?

–Aquello era la superficie y al comenzar el conflicto todos pensaban que se trataría de un conflicto muy breve, pero es evidente que las grandes potencias, que durante la Paz Armada estaban desarrollando sus armamentos, no se esperaban que fuera una guerra así.

–Stefan Zwieg escribe que la realidad entonces no era más que un castillo de naipes. Mucha gente dice lo mismo de lo que sucede en España ahora...

–(Risas) Sí, ahora hay muchos castillos de naipes porque la burbuja en la que vivíamos no se basaba en el trabajo, sino en la especulación.

–Ahora estamos en una guerra sin balas. ¿Quién se beneficia de este conflicto?

–Unos países pagan unos intereses muy altos por el dinero que vende el Banco Central Europeo, como es el caso de España, y otros, como Alemania, muy barato. Está claro que alguien se está llevando el agua a su molino.

–Sigue presente aquello del «Deutschland über alles» (Alemania por encima de todos).

–Hay que reconocer grandes virtudes desde luego: la virtud de la laboriosidad, de la obediencia al orden constituido... que en algún momento no puede ser tan virtuosa porque si el orden establecido quiere hacer barbaridades, es mejor que no haya esa obediencia. También tienen ese afán de supremacía que los enquista con otros países.

–¿El germen de la II Guerra Mundial se fraguó en las trincheras?

–Los horrores de la II Guerra Mundial, más allá de lo habitual de una guerra, nace de una pseudociencia falsa que se impone a una población tremendamente obediente.

–En sus libros siempre hay un hueco para el humor. ¿También bajo el fuego de la fusilería?

–En las situaciones más terribles siempre hay humor. Esto va con el ser humano, intentar rebajar el dolor con el humor es evidente y yo lo uso mucho. Muchas veces, un chiste a tiempo explica mejor lo que pasa que cuatro o cinco páginas.