Juan José Millás: «Al mirar por una cerradura uno se busca a sí mismo»

Voyerismo literario para una historia dentro de un ropero

Un armario siempre es un buen lugar para ver pasar la vida, al resguardo de las puertas, mirando por las rejillas, la existencia de los demás adquiere un tono furtivo a medida que el ruido de la rutina llega amortiguado al interior del ropero. Así lo hace el protagonista de la última novela de Juan José Millás (Valencia, 1946), «Desde la sombra» (Seix Barral), quien se mete en uno de ellos tras cometer un hurto. Azar, surrealismo, intriga; puro Millás, para ver a los personajes como en una pecera donde cada uno pertenece a una especie concreta.

–¿Usted qué es más sardina o tiburón?

–Yo soy morena...

–Vamos, que en este caso hay mucho de autobiografía en este libro.

–Bueno, no me importa decirlo en esta ocasión, porque yo he estado infinidad de veces dentro de ese armario imaginariamente, claro.

–Ya veo, hay mucho fetiche: un armario, el pisacorbatas...

–Absolutamente, esta fijación con los objetos y con los poderes que se le atribuyen tiene mucho que ver con la imposibilidad de vivir una vida real plena, que es lo que le ocurre al protagonista. El fetichismo llevado a ciertos límites es una patología.

–«Conocía mejor su ordenador que su cabeza», ha escrito en esta novela. ¿Qué nos está pasando a todos?

–No somos conscientes del cambio de cultura que eso implica porque el ordenador se ha convertido en una sucursal de la cabeza. Curiosamente, hoy en día si alguien se muere en circunstancias extrañas antes que hacerle la autopsia a él habría que hacérsela a su ordenador porque daría seguramente más datos. Me fascina mucho esto, porque rastreas y aparecen los últimos sitios por los que has pasado, lo último que has hecho, lo que has imaginado. Es tremendo porque está lejos de nosotros y además aún no se ha descubierto el modo de «hackear» un cerebro, pero quizás no estamos lejos, pero sí de «hackear» un ordenador.

–Pero como pierdas el ordenador pierdes la vida.

–Desde luego, piensa en el sentido de invalidez que te entra no cuando pierdes el móvil sino cuando sales de casa y te das cuenta de que te lo has olvidado. Son sucursales de nosotros y representan lo que no ha representado ninguno de los aparatos antes inventados. Tienen otra textura, porque el mundo digital está hecho de bits no de átomos como nosotros. Es un mundo inmaterial y en cierto modo fantasmagórico, pero en ese mundo no somos los mismos que en éste. Hay personas que tienen la costumbre de teclear compulsivamente su nombre en Google para ver si aparece algo que siendo él sea distinto de él, porque realmente la identidad que tenemos en ese espacio es diferente.

–También es un refugio, como un armario.

–Tiene algo de armario al fin donde estamos navegando por esa oscuridad y regresamos a la vida real sin que nadie sepa qué hemos hecho a no ser que nos «hackeen».

–El protagonista de su libro habla constantemente consigo, imaginando que está en un plató de televisión donde lo entrevistan. La vida es ya un poco así, vivimos en una especie de ficción en mayor o menor medida.

–Es una cosa sorprendente. Mira, cuando escribo un artículo que tiene algo de éxito a lo mejor me para alguien por la calle y me dice qué le parece. Pero si salgo en televisión y me encuentro con un conocido, inmediatamente al día siguiente, me cuenta que me vio en televisión. O sea, que nunca se refiere a si le gustó lo que dije, si le pareció una mierda o si el programa era una basura. Recuerdo que renuncié una vez a un programa que me ofrecieron hace años, fui un día, porque me ocurrió que al día siguiente la gente se había quedado sólo con el sentido de salir. Compara esto con la cultura de la letra impresa, donde si has escrito algo bien o mal te lo dicen, pero en la televisión nunca te dicen si lo has hecho mal o no.

– Todo es te vi o no te vi.

– Sólo es si estabas o no en televisión. Claro, todo eso ha dado lugar a una cultura en la que uno quiere ser famoso para ser famoso, donde la fama no es el resultado o el castigo por algo bueno o malo que hayas hecho. La fama es en sí misma un valor, si le preguntas a un famoso por qué es famoso te dirá que porque es famoso. Ya he oído muchos casos de niños que de mayor dicen que quieren ser famosos, no que quieran inventar una vacuna para la inmortalidad. Eso supone un cambio cultural del que no somos conscientes, un cambio cultural que llega porque emite un aparato que cada vez es más grande, que emite con mayor calidad y frente al que tú eres un sujeto pasivo. Incluso cuando lees un libro de aventuras, que no te exija un esfuerzo, siempre tienes un grado de actividad, al contrario que la televisión en el que uno se traga todo lo que pongan.

–Y entre anuncio y anuncio, se vuelve a la vida real: arrascarse, ir al baño, comer un poco...

–Efectivamente, volvemos a la vida real, cuando llega la publicidad nadie lee a Flaubert.

–Lo de la hermana china del protagonista sí que me ha dejado descolocado.

–Cuando uno escribe siempre trabaja mucho con intuiciones y a mí la intuición de que era muy pertinente este personaje tiene mucho que ver con que no somos conscientes de hasta qué punto los chinos están en nuestras vidas. Los chinos se encuentran a menos de dieciocho metros de nosotros, no somos conscientes de que una cultura lejana se ha hecho tan próxima y de que llegará el momento en el que nosotros seamos los adoptados de ellos. Ya lo dijo un gran empresario, el de Mercadona, que teníamos que aprender de los chinos porque trabajan 24 horas al día. No te puedo explicar por qué, pero pienso que es muy pertinente.

–¿El armario es un buen sitio para vivir?

–Claro, es que el armario es también simbólicamente el lugar desde el que se escribe. Se escribe desde fuera de la realidad, ajeno a ella y extrañándote, del mismo modo que el director de cine tiene de intermediario entre él y lo que graba la cámara. El armario es una metáfora del punto de vista y el ojo privilegiado para contar lo que se ve es el ojo de la cerradura, porque está fuera, es raro, se ve entre sombras y te extraña. Te extraña paradójicamente, porque al mirar por una cerradura uno se busca a sí mismo, no a los demás.