Separado y solo en la vida

La Razón
La Razón FOTO: La Razón

Recordando un viejo cuplé, que hablaba de la situación en que se encontró una buena muchacha por una mala «partía», se da uno cuenta de lo que ha cambiado el mundo. No se sabe si para mejor o para lo contrario, depende de lo que la vida te depare. Pongamos el caso de José Campos, un fornido joven cántabro dedicado al deporte que en su Santander tenía una vida resuelta con unos negocietes que con su simpatía llevaba muy bien sin exigirle grandes sacrificios. De pronto, irrumpe en su vida, como una ola, una mujer que entonces era personaje de «Champions». Hoy, con generosidad, estaría en los puestos de descenso de la Liga. Ya saben, la mismísima Carmen Martínez-Bordiú, y lo hace en carne mortal, incluso pecadora. Imposible resistirse a la tentación, como ordenaba Oscar Wilde, cae en ella con toda pasión. El tórrido romance no es de los que duran una sola primavera; llega, contra todo pronóstico, a los altares. Comienza el joven marido una vida de lujo y es de suponer que con algún que otro desenfreno. Para pagar esta cara situación no da la tesorería del deportista, pero no importa, para eso la esposa tiene fortuna personal. Además, están las exclusivas, que maneja Carmen divinamente, y que son unas rentas que dan para mucho. Todo perfecto y totalmente desterrado, el contigo pan y cebolla, que aparte de triste, deja un aliento horrendo a la hora de meterse en faena. Pero de pronto igual que un rayo, aparece el toro tremendo del desamor en la mirada de la talludita esposa. Le dice a un José, con el corazón en carne viva, «en el amor hay que estar presente mañana, tarde, noche y madrugada, lo nuestro no es así, para qué engañarnos». Lo deja en la calle, eso sí, con el perro para que no se encuentre solo, todo un detalle. Si una señora en semejantes circunstancias pide casa, coche y dinero, se le concede y todo el mundo lo ve de lo más razonable. Pero si es José Campos el que pide una compensación, la todavía esposa, presuntamente, le demanda por amenazas. Él le dice que tendrá que ir a programas a contar sus años de matrimonio como medio de vida. La dura esposa se aterra, porque con ella aprendió, que en la televisión, por una hora se gana para todo un verano y bien llevado, te resuelve el día a día. Así se encuentra el hombre que ama a una Carmen, aunque no sea la de Merimée, seducido, abandonado y a los pies de los poderosos caballos del «Sálvame Deluxe».