Tàpies sube a escena

Una exposición en la fundación que lleva el nombre del pintor analiza. por primera vez los vínculos entre el artista y el teatro con documentación y obra inédita

Una pintura de Antoni Tàpies dedicada al músico Richard Wagner, una de las piezas más importantes de la exposición que puede verse hasta el 19 de abril

Una exposición en la fundación que lleva el nombre del pintor analiza

por primera vez los vínculos entre el artista y el teatro con documentación y obra inédita

Antoni Tàpies tuvo múltiples intereses creativos. Siempre pensó que su imaginario podía salir del lienzo y trasladarse a varios formatos. Uno de ellos era el teatro, una pasión a la que dedicó no pocos esfuerzos en proyectos que pudieron materializarse aunque también quedó alguno arrinconado en alguna de sus carpetas. A todo esto dedica una interesante exposición desde ayer la Fundació Tàpies de Barcelona en la que se reúne obra original del artista, así como abundante documentación, en algunos casos inédita. Todo ello cuenta con el comisariado de Núria Homs y sirve para homenajear a dos amigos de Tàpies: Joan Brossa y Josep Maria Mestres Quadreny.

«Es la primera vez que tenemos una exposición sobre este tema. Hasta ahora no existía un trabajo que analizara estas conexiones entre Antoni Tàpies y las artes escénicas», explicó Homs en conversación con este diario. El eje de la muestra son cinco escenografías que el pintor diseñó entre 1961 y 1989: «Or i sal» (1961), «Semimaru» (1966), «L’armari en el mar» (1978), «L’Éboulement» (1982) y «Johnny va agafar el seu fusell» (1989). Son, como subraya Homs, «obras efímeras de las que no se ha conservado nada. No queda nada de esas escenografías».

Lo que sí tenemos son materiales que explican la naturaleza de estas intervenciones. Es el caso de documentos del nivel del mecanoscrito de Brossa con correcciones manuscritas de «Carnaval escampat o la invasió desfeta»; una fotografía de Leopoldo Pomés en la que vemos como actores al mismo Tàpies junto con Modest Cuixart y Lluís M. Riera en una representación realizada en casa del fotógrafo recientemente fallecido; invitaciones y programas de mano; o el manuscrito –de nuevo por Brossa– de «Or i sal».

El colofón de la exposición, como recuerda Homs, «es un proyecto operístico de 1991 que no se llegó a realizar». «Cap de mirar» fue una propuesta que debía subir a la escena del Gran Teatre del Liceu en 1991. Sin embargo, la iniciativa de Tàpies se fue retrasando hasta que por diversas circunstancias finalmente no se materializó. Sí han quedado los bocetos que el pintor creó y que están ahora presentes en la Fundació Tàpies.

Uno de los puntos más interesantes en el recorrido es el de poder establecer un diálogo entre los proyectos de Tàpies con su propia pintura. En este sentido vale la pena señalar un cuadro como «Relieve con cuerdas» (1963) en el que nos muestra la parte posterior de una pintura, lo que se oculta a los ojos del espectador. Algo parecido pasó con la puesta en escena de «Or i sal» donde, como apunta la comisaria de la exposición, «Tàpies quería que se viera la tramoya, lo que para él era el misterio del teatro».

Pero no todo era el teatro convencional, la sala con butacas y un telón. Tàpies experimentó en espacios no convencionales. Es lo que sucedió cuando trabajó con el poeta y crítico francés Jacques Dupin en «L’Éboulement». Se representó en una especie de hangar, en el marco del ciclo teatral «Les Intérieurs. Théâtres d’appartement», es decir, producciones de bajo presupuesto que se estrenaban en apartamentos parisinos. En su colaboración con Dupin, Tàpies empleó sábanas blancas, cuerdas y algunas manchas de colores, como, por ejemplo, las huellas rojas de un pie, unas cifras y los nombres de los personajes de la obra escritos en la pared.

¿Qué representaba el teatro para el protagonista de esta exposición? En una conversación con Barbara Catoir tenemos la respuesta. Allí aseguraba que «amb el teatre em passa com amb tots els altres gèneres artístics d’aquest segle. M’interessen tots els problemes que tenen a veure amb la idea de la mimesi, després de la invenció de la pel·lícula i la televisió. Per tant, m’interessen també tots els excessos que es permet el teatre modern, i més encara els descobriments de formes de teatre no europeu. Dissortadament, a occident encara no hi ha hagut prou ocasió de conèixer el no, el kabuki o el bunraku, i no parlem de teatre hindú o de l’òpera de Pequín. Encara hi ha, com en la música, tot un món per descobrir, que satisfà més les meves necessitats de modernitat que no pas totes les obres de la nostra tradició cultural».