
Cerámica
Marta Lorca: «Mis piezas no buscan ser bonitas sino provocar algo, una reacción o pregunta»
La ceramista madrileña ha convertido el barro en un lenguaje propio que transita entre el arte y lo utilitario. Sus obras se han expuesto en el Thyssen-Bornemisza y el Palacio Real

En su taller de Hoyo de Manzanares, rodeada de montañas y silencio, Marta Lorca nos recibe con las manos manchadas de barro. Su trayectoria es poco convencional: de la gestión cultural a la creación artística, ha construido una obra reconocible, intensa y profundamente personal, a medio camino entre la escultura y la cerámica funcional.
Durante muchos años estuvo al otro lado, gestionando arte. ¿Cómo se produce el salto a convertirse en artista?
Estuve casi doce años trabajando para instituciones, como gestora cultural. Siempre había estado cerca del arte, pero desde un lugar muy distinto. Y de repente fue como decir: «Mamá, quiero ser artista». Empecé poco a poco, haciendo mercadillos, pop ups… casi sin darme cuenta de que estaba cambiando de vida.
Sus primeros encargos importantes llegan a través de la hostelería.
Sí, tuve la suerte de que me fichara una persona que tenía una empresa de menaje integral para hostelería. Una cadena de restaurantes apostó por mi trabajo, que ya era bastante especial, sobre todo en platos. Yo no hago platos al uso, son casi esculturas. Hice una colección entera para ellos y mis piezas acabaron en restaurantes de Emiratos Árabes, Venezuela, México o España. Estuve mucho tiempo haciendo «platos raros», como digo yo.
¿Sintió que el plato se le quedaba corto?
Totalmente. Aunque ya hacía otras cosas, sentí que quería decir más. El plato, como formato, empezó a limitarme y comencé a hacer esculturas y piezas más artísticas. Ahí hubo un punto de inflexión.
¿Ese punto llega con el Madrid Design Festival y el Museo Thyssen-Bornemisza?
Exacto. Me seleccionaron junto a otros cuatro artistas para exponer en el Thyssen y empecé a trabajar con ellos de forma habitual. Es un lujo. Te dan un dossier de la exposición y tú haces lo que te da la gana, siempre dialogando con las obras. La primera vez fue con un cuadro de Max Ernst y encajaba perfectamente con mis flores estructuradas y con texturas muy potentes.
También ha trabajado para el Palacio Real... ¿Cómo fue la experiencia?
Sí, me encargaron una colección inspirada en la sala Gasparini. Cuando se la presenté, me preguntaron si creía que se trataba de una galería en Mallorca (ríe), porque yo iba por un lado mucho más orgánico. Tuvimos que rehacerlo todo, buscar un equilibrio, y al final salió algo precioso que ahora se vende allí. Próximamente también expondré en la Galería de las Colecciones Reales.
Su trabajo se mueve siempre en ese límite entre lo utilitario y lo artístico...
Estoy siempre en esa línea. A veces me piden piezas utilitarias, pero mi lenguaje es artístico. Participé en el Festival Sures, ahí conocí la tienda tan especial que tienen en Cádiz Ana y Daniel, y me compran piezas más especiales o escultóricas. Colaboro con muchas tiendas de cerámica de autor. A raíz de eso me llamaron de la guía Homo Faber y empecé a exponer en Londres. Ahí ya sentí una presencia más claramente artística.
¿Sigue trabajando con restaurantes?
Menos, pero si un proyecto me interesa, claro que sí. Hace poco un chef con estrella Michelin me pidió una vajilla inspirada en Cádiz, la posguerra y los fenicios. Al principio pensé que estaba loco, pero investigué, fui al Museo Arqueológico y entendí el concepto. Al final salió una colección con barros más grises, más austeros, pero con mi lenguaje.

Dice que trabaja desde la emoción. ¿Cómo se traduce eso en el barro?
Para mí el barro es una materia con un potencial expresivo brutal. Es dúctil, no te impone límites. Tu cuerpo invade la materia. Yo trabajo mucho la metáfora de la transformación, tanto personal como social. Dialogo entre lo frágil y lo resistente, lo íntimo y lo universal. No busco siempre lo bonito; busco provocar algo, una reacción, una pregunta.
También utiliza mucho los contrastes entre materiales en sus piezas...
Así es. Trabajo con barros muy nobles pero muy bestias, y mezclo porcelana solo en partes. No hago piezas enteras de porcelana. Me interesa ese equilibrio, porque somos luz y sombra. Hay partes rudas y partes delicadas, como en las personas.
Viene de la filología y la traducción. ¿Cómo influye eso en su manera de crear?
Mucho. Soy filóloga y trabajé 25 años como traductora. Al final sigo traduciendo, pero emociones a materia. Creo firmemente que todo el mundo tiene capacidad para crear. No todos pueden o se atreven a vivir de ello, pero todos somos artistas.

¿Ha sido fácil entrar en el mundo del arte desde la cerámica?
No, nada fácil. El panorama ha cambiado muchísimo. He tenido suerte: he vendido fuera, he ganado dinero con los platos y eso me permitió desarrollar un trabajo artístico. Además, la cerámica se ha puesto de moda, y ahora las galerías la consideran al mismo nivel que la pintura o la fotografía. Antes no.
¿Es un buen momento para la cerámica en España?
Está empezando a serlo. Tenemos una tradición brutal, pero siempre relegada al cajón de la «artesanía», que es un término muy limitante. La cerámica contemporánea está muy viva, hay gente increíble, pero muchas veces reconocida antes fuera que aquí.
¿En qué proyectos está ahora mismo?
Estoy preparando una colaboración para el Madrid Design Festival con Gandía Blasco, una vasija textil junto a otras 23 mujeres artistas. Tengo exposiciones pendientes, colaboraciones con otros artistas, galerías en España y fuera, incluso en Nueva York. Ahora, por fin, estoy haciendo lo que hace un artista: trabajar y exponer.
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