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La contra

“La transición ecológica tiene que empezar en la factura y terminar en el clima, no al revés”

Toni Timoner y Luis Quiroga Fundadores de Oikos

Toni Timoner y Luis Quiroga OIKOS

Luis Quiroga y Toni Timoner, dos especialistas en finanzas afincados en Londres, detectaron una anomalía en el debate medioambiental español a partir de su propia experiencia. En actos ecologistas se les cuestionaba por no ser de izquierdas; en círculos de centroderecha, sorprendía que desde el sector financiero defendieran la causa verde. La situación les llevó a fundar en 2022 el think tank Oikos. Y ahora recogen sus tesis en El ecologista de derechas (Deusto), prologado por el expresidente José María Aznar, donde reivindican el papel del capitalismo y sostienen que la derecha puede —y debe— salvar el planeta.

Sostienen que en España el problema no es tanto el negacionismo como la identificación del ecologismo con una sola ideología. ¿Hasta qué punto ha condicionado eso el debate climático?

LQ: El negacionismo existe y hay que combatirlo, pero en España el problema de fondo ha sido: convertir el clima en una credencial ideológica. En cuanto una causa se identifica con un solo bloque, deja de ser una política de país y se convierte en una batalla cultural. Media sociedad deja de discutir políticas concretas y empieza a reaccionar contra el mensajero. Y así no movilizas a la mayoría: agitas a los convencidos y expulsas al resto.

TT: Nuestro planteamiento es muy simple: menos superioridad moral y más soluciones que la gente pueda tocar en su factura, en su empleo y en su seguridad energética. No es que la izquierda no deba hablar de clima; es que no puede pretender tener la exclusiva.

Fue un Gobierno del PP el que en los años noventa impulsó estructuras clave, desde el ministerio hasta Kioto. ¿Por qué la derecha no consolidó ese liderazgo?

TT: La derecha hizo una parte importante del trabajo institucional, pero descuidó el trabajo narrativo. Firmó los compromisos, tomó decisiones fundacionales y dejó una arquitectura pública clave. Levantó la catedral administrativa, pero dejó el púlpito libre. No convirtió todo eso en un relato reconocible para sus votantes ni en una visión moral y política coherente. Hizo política ambiental, pero no hizo relato ambiental

LQ:. Y, mientras tanto, la izquierda sí entendió antes que el clima podía convertirse en un gran marco cultural. Ocupó ese vacío simbólico y presentó lo verde como si fuera patrimonio suyo, cuando no lo era. Ahí estuvo el error: la derecha compareció en la gestión, pero demasiado a menudo no compareció en la batalla del relato.

En un contexto internacional polarizado, ustedes defienden una vía alternativa. ¿Cómo se articula?

TT: Exactamente. El error de la derecha europea sería creer que la única alternativa es copiar el trumpismo extractivo y pendenciero. Y el error simétrico sería pensar que la única forma de tomarse en serio el clima es asumir el paquete ideológico de la izquierda. Defendemos la vía realista: descarbonizar porque conviene económica y estratégicamente, no porque haya que exhibir virtud. No estamos organizando una romería moral; estamos abogando por hacer política industrial seria.

LQ: Ni trumpismo energético ni copia del ecologismo buenista y urbanita de la izquierda. En Europa, y especialmente en España, la agenda sensata pasa por tres prioridades: energía más barata, menor dependencia del gas y una transición que fortalezca la industria en vez de penalizarla.

Si tuvieran capacidad de gobernar, ¿qué harían para que la transición no perjudique a las clases medias?

LQ: Empezaríamos por abaratar de verdad la electricidad. Limpiaríamos la factura de impuestos y cargos que no responden al coste real —como el de generación— y mejoraríamos la eficiencia del sistema: más almacenamiento para integrar renovables, prolongar la vida de la nuclear ya amortizada y ampliar la demanda para repartir mejor los costes fijos. La clave es que la electricidad gane la batalla del precio frente al gas. Si la sigues penalizando, bloqueas la electrificación. Si corriges esa señal, abaratas el recibo y haces viable la transición en industria, edificios y transporte. Deja de ser un discurso y pasa a ser lógica económica.

TT: Además, destinaríamos los ingresos del carbono a aliviar costes para hogares y empresas. Una transición que empobrece a las clases medias no será ni estable ni duradera. Las ayudas deben dirigirse donde tengan mayor impacto. La transición tiene que empezar en la factura y terminar en el clima, no al revés.

Afirman que el capitalismo ha contribuido a reducir emisiones. ¿Cómo sostienen esa idea frente a su papel como motor de consumo?

LQ: Es provocadora sólo si se plantea en caricatura. El capitalismo ha generado prosperidad y obviamente también daños ambientales, por supuesto. Si bien peor fueron los desastres ecológicos de la industrialización deshumanizada de la Unión Soviética o incluso de China. En una economía de mercado, el abaratamiento de los paneles solares, de las baterías, de la iluminación eficiente o de muchas tecnologías limpias no han salido de una asamblea moral o de un plan quinquenal, sino de inversión, competencia, aprendizaje industrial y capacidad de innovación. Gracias a eso, hoy podemos producir y consumir más con menos emisiones que antes. No es que el mercado sea moralmente puro; sino que bien encauzado, es el mecanismo más potente que tenemos para movilizar capital y talento a la escala que exige la descarbonización.

¿Por qué se muestran tan críticos con el decrecimiento?

LQ: Porque es una propuesta indefendible: socialmente regresiva, políticamente inviable y éticamente muy dudosa. No puedes pedirles a las clases medias europeas que acepten la austeridad permanente como nueva virtud cívica, ni decirle al llamado Sur global que el desarrollo queda suspendido porque los países ricos han descubierto unos supuestos límites ecológicos. Muchas veces, quienes lo defienden no son plenamente conscientes de lo que implicaría en empleo, bienestar, consumo y cohesión social, salvo que uno plantee, implícitamente, volver a un nivel de vida preindustrial. El cambio climático no debe ser, en esencia, un referéndum moral contra la prosperidad. La tarea histórica no es decrecer, sino descarbonizar el crecimiento.

Con la urgencia climática sobre la mesa, ¿hasta qué punto es realista confiar en la innovación tecnológica como eje de la solución?

LQ: Lo arriesgado sería apostar contra ella. La innovación no es la excusa para no actuar; es la única manera de actuar. No existe ninguna senda seria de descarbonización profunda que no pase por desplegar masivamente tecnologías que ya tenemos y por mejorar otras que aún no están maduras del todo. Muchas de las herramientas decisivas ya no pertenecen al terreno del futurismo: las renovables, el vehículo eléctrico, las bombas de calor, la eficiencia energética o parte de la electrificación industrial ya están aquí. Con lo que hoy tenemos, podemos descarbonizar una parte muy sustancial de nuestras economías, en torno a dos tercios. La innovación es especialmente necesaria para el tercio restante, donde los desafíos tecnológicos siguen siendo mayores. En esto conviene ser sobrios: la tecnología no es milagro, pero sí es la palanca decisiva.

Defienden priorizar incentivos frente a prohibiciones. ¿Hay ámbitos en los que las restricciones directas son inevitables?

TT: No soy un anarquista regulatorio. Claro que hay ámbitos donde normativas o límites pueden estar justificados, sobre todo cuando hay un daño inmediato y claro para la salud o cuando existen alternativas maduras. Pero en política climática la prohibición debería ser la excepción, no el sistema operativo. Antes de prohibir, tiene que existir una alternativa razonable, asequible y realmente desplegable. La secuencia importa mucho: prohibir antes de que haya sustitutos viables no acelera la transición, sino que la desacredita. Las democracias digieren mucho mejor estándares, señales de precio, calendarios realistas e incentivos bien secuenciados que vetos abruptos sobre vivienda, movilidad o consumo. En cuanto conviertes la transición en una sucesión de prohibiciones sin alternativa, dejas de ganar apoyo y empiezas a fabricar rechazo.

¿Puede una transición mal diseñada generar nuevas dependencias para Europa?

TT: Mal diseñada, cualquier transición puede crear fragilidades nuevas: reemplazar la dependencia fósil rusa por la dependencia de silicio chino importado. Eso no es transición, es mudar de casero. Bien diseñada, la transición fortalece la seguridad energética e industrial europea, porque la gran vulnerabilidad histórica de Europa no han sido el sol y el viento, sino la dependencia de hidrocarburos importados. Ahora bien, eso exige dejar de pensar de forma simplista: hacen falta redes robustas, almacenamiento, interconexiones, control de tensión, gestión de la demanda y un debate desapasionado sobre el papel de las nucleares existentes mientras madura el sistema. La seguridad no es el argumento contra la transición; es uno de los mejores argumentos para hacerla con rigor técnico.

Cuando fundaron OIKOS hablaban de cierta incomodidad en ambos lados del espectro ideológico. Cuatro años después, ¿ha cambiado ese clima o sigue existiendo esa barrera?

TT: Sí, ha cambiado algo, y eso ya es importante. En 2022, para muchos, nosotros éramos un ornitorrinco: trabajar en finanzas y tomarse en serio la causa ambiental sonaba a oxímoron. Generaba muecas entre periodistas e intelectuales supuestamente serios. Hoy existe una conversación más amplia, hay más apertura y más gente dispuesta a pensar el clima por responsabilidad intergeneracional y por patriotismo natural. No diría que la anomalía ha desaparecido, pero sí que hemos dejado de hablar desde la intemperie. Nuestra aspiración ahora no es ser una rareza interesante, sino contribuir a que todo esto deje de ser raro para todos.

LQ: Hoy hay más gente en el centro y la derecha que ya no se siente obligada a elegir entre prosperidad y ecología. Y también hay más gente fuera de ese espacio que empieza a entender que sin legitimidad social no hay transición duradera. En general, se percibe un mayor pragmatismo: esto ya no va sólo de “salvar el planeta”, sino también de seguridad energética y de oportunidad industrial. Pero no nos engañemos: la inercia tribal sigue ahí. Precisamente por eso este libro llega a tiempo, porque intenta abrir un espacio de normalidad en un debate que durante demasiado tiempo ha funcionado como una aduana ideológica.