Capellanes

Si el abandono de los que presume próximos duele, con el desprecio de los otros se madura: ya sabe qué cabe esperar de ellos

Capellanes
Capellanes FOTO: Barrio

No se siente «bien mirado». Entre el personal del hospital público algunos recelan de él y en esas miradas se atisba un punto de desprecio. No siempre, cierto, pero lo nota. Es el capellán y no es un intruso, sino que forma parte del personal porque las capellanías en los hospitales públicos cuentan con un apoyo legal que viene de lejos y de lo más alto: los Acuerdos entre España y la Santa Sede, la Ley Orgánica de Libertad Religiosa más los convenios con las autoridades eclesiásticas. Más amparo constitucional.

Habrá amparo legal pero no siempre humano. Alguna vez se ha encontrado que quien atiende la cafetería –la reservada al personal– le pone mala cara. Hoy he tomado un café con él, pero esta vez hay buena gente y no han querido cobrarnos. Y es que entre el personal los hay «favorables», pero aun así no las tiene todas consigo. Hay reuniones en las que se le ignora o le dejan solo aquellos de los que cabe presumir proximidad y coherencia: «piense que tengo un trabajo y familia». Es la excusa.

Si el abandono de los que presume próximos duele, con el desprecio de los otros se madura: ya sabe qué cabe esperar de ellos. De sus palabras deduzco que, sin decírmelo, el enfrentamiento no es tanto con quienes se proclaman ateos, descreídos o agnósticos, sino con los que, simplemente, son malas personas o maleducados; dicen ser defensores de la «sanidad pública» pero esa expresión no la emplean en su noble sentido, sino como «un algo» de ignoto significado que secuestran para sus fines ideológicos.

El día a día como capellán es duro. Como uno más, en los momentos más severos de la pandemia, vivió la tensión en la UCI y aun así su día está jalonado de anécdotas, muchas aleccionadoras: ahí están tantos enfermos a los que ha podido llevarles el consuelo y su asistencia espiritual, algunos sedados pero que está convencido de que oyen y sienten su proximidad. ¿Qué sería de ellos –se pregunta– si en el momento más decisivo de su vida –el final– se les priva de una atención que sólo sacerdotes hechos a estas lides saben transmitir?

Esos episodios compensan ese desgaste al que se somete a la capellanía, porque un día descubrió que, en su ausencia, empleaban su despacho para celebraciones varias o para telefonear o repantingarse en la cama que emplea en las largas jornadas de guardia, abusos que no toleró. También esa satisfacción le compensa ver cómo se ningunea a la capellanía, regateándola medios e instalaciones dignas, lo que le lleva a eternas reivindicaciones a una dirección quizás temerosa del poder sindical.

Pero si esa contradicción duele, más dolorosa es la que viene de los aún más próximos. Es el caso de otros sacerdotes un tanto dados a la cesión, que se han ido deslizando a un estatus funcionarial en el peor de los sentidos de la palabra. Son los que se quejan de que programe misas o que procure que no haya días sin misa en verano; o los que le piden que se quite «la tirilla», es decir, el alzacuellos que indica su condición sacerdotal. El no cede y coincidimos en la incoherencia de tantos clérigos que visten de «paisano», que parecen avergonzarse de su condición sacerdotal y quieren pasar desapercibidos: ellos mismos se expulsan de la plaza pública y parecen secundar el empeño laicista que busca encerrar en las sacristías todo vestigio público de lo religioso.

Igual de dolorosa es la actitud de esos familiares que no quieren que aparezca el capellán para que el enfermo no crea que viene el heraldo de la muerte, prevención que ejercen pese a que ese enfermo ha llevado una vida no del todo incoherente con su fe. Y hablando de los heraldos de la muerte, nos preguntamos cómo se estará aplicando o se aplicará la ley de la eutanasia, si tras el acoso y ninguneo a los capellanes no latirá el empeño demoniaco para que los enfermos pierdan esa última batalla.

Terminamos nuestra charla no sin que haya aumentado mi admiración por este capellán. Libra una dura batalla en esta no tan silente guerra fría civil en la que estamos sumidos.

José Luis Requero, es magistrado