El castillo

La Razón
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Mañana me olvidaré de la refriega política y subiré con toda la familia al castillo de mi pueblo. El castillo de Sarnago es un cerro pelado enfrente del caserío. En la ladera de la umbría, según se mira desde las eras, se ve una mata de robles y monte bajo, donde en cualquier momento puede saltar la liebre o levantar el vuelo un bando de perdices. En la entrada del monte, bajo unos árboles solitarios, solían sestear las ovejas cuando apretaba el calor. Allí quise yo coger el sol una tarde. Delante, el viajero observará los sembrados de las piezas del Collado como un mantón tendido, remendado de distintos tonos de verde, con las cebadas blanqueando como acostumbran por San Juan. En los trigos cantarán ya las codornices, si es que quedan. Abajo, a la derecha, entre los sembrados y el ejido destacan, si alguien tiene curiosidad, las paredes del pequeño cementerio. Hace mucho tiempo que en Sarnago no queda un alma. Por tanto, en mi pueblo no habrá votaciones el día 26. Desde siempre este cerro, que tiene algo de mágico, se conoce como «el castillo», pero no se ve traza alguna de que allí hubiera habido nunca un castillo. Hace siglos que ocurre esto, como si en la cumbre, a algo más de 1.300 metros, permanecieran los muros fantasmales e invisibles de una fortaleza que estuvo asentada en el cabezo y que desapareció un día como por ensalmo. Sólo queda un cantarral en el abrigo de la cara sur entre aulagas, tomazas y escaramujos. Seguramente las piedras del castillo desaparecido forman parte de los muros de la iglesia, también derruida, o las esquinas de las paredes de algunas casas del pueblo. Ahora agoniza la milenaria civilización rural entre la indiferencia de los políticos y de todos los demás. Hasta hace unos años, todo el mundo estaba convencido de que en este cerro hubo un castillo «del tiempo de los moros». Los siglos de lucha contra el islam fraguaron la identidad de España. Es normal que esto haya dejado en la cultura popular huellas profundas que borraron anteriores referencias. Ahora los historiadores han demostrado que fue una importante fortaleza celtibérica de los siglos II-III antes de Cristo. Entre las piedras han encontrado abundante cerámica que lo atestigua. Desde ese castillo, situado en el cerro, ahora pelado, se domina todo el valle del Linares en la comarca de las Tierras Altas de Soria, convertida hoy en un cementerio de pueblos. En Sarnago los que se fueron vuelven con sus hijos, arreglan sus casas y este domingo irán todos de hacendera. No todo está perdido. Desde lo alto del castillo España se ve de distinta manera.