El Kennedy español

Pocos políticos han representado mejor la sociedad de su tiempo y a su propio país como Adolfo Suárez, cuando en julio de 1976, el Rey Don Juan Carlos le eligió presidente del Gobierno y le encargó que realizara la transición de la dictadura a una democracia liberal homologable con las del resto de los países europeos. Suárez tenía entonces 43 años. Era por tanto un hombre joven, más aún para la política española de la época. Es verdad que tenía detrás una importante trayectoria en los círculos políticos, pero el solo hecho de ser joven era el signo de un cambio que la inmensa mayoría de la sociedad española –incluida una parte de la que lamentó el fallecimiento del caudillo– estaba esperando. La España de la época era esencialmente joven, más aún de lo que lo eran otras sociedades europeas. Después de la revolución del 68, en estas se había empezado a instalar el «juvenilismo», esa idolatría de la juventud de la que no hemos salido desde entonces. En España, eso no había ocurrido todavía: era la sociedad entera la que se sentía joven, con la ilusión, la energía y la generosidad propias de la juventud.

Además, Suárez era un hombre guapo. Muchas españolas siguen hoy en día recordándolo así: un seductor, un galán. Suárez fue el Kennedy español, y al igual que el presidente norteamericano, tenía el don de la simpatía, de la sonrisa. La cámara le quería como no ha querido a ningún otro político español ni antes ni después de él. Suárez respondía con una facilidad que parecía innata. No había en él nada artificial ni envarado. Suárez siempre parecía natural, y por eso rompió para siempre con el político envarado. Lo propio de Suárez es aparecer trabajando en mangas de camisa, fumando, paseando, o en familia, unas veces feliz y otras veces preocupado, pero siempre como un hombre de su tiempo, una persona asequible con la que todo el mundo se puede identificar. Un hombre normal, como normal era, según su famoso diagnóstico, la forma de vivir de la sociedad española: una normalidad que él quería trasladar a la política.

Suárez, efectivamente, no era un funcionario, ni había sacado oposiciones inverosímiles, ni llevaba el Estado en la cabeza, ni tenía un puesto de trabajo asegurado de por vida. No debía ser tratado, por tanto, con especial reverencia. Tampoco era –a diferencia de Kennedy– un señorito. Era un hombre hecho a sí mismo, ambicioso sin duda, como la España de su tiempo, pero plenamente insertado en una sociedad que no admitía ya las jerarquías casi feudales, la rigidez propia de una sociedad autoritaria. Suárez era radicalmente moderno, y lo sigue siendo hoy en día, más que casi todos los políticos que han venido después.

Como es propio de los políticos de su clase, mantuvo siempre una relación especial con los medios. No se limitó a seducirlos con su simpatía, su capacidad de diálogo y su inmediatez, que venían a romper con toda una historia de distancia, desprecio, manipulación y autoritarismo. Suárez fue mucho más allá y convirtió a los medios en algo más que en simples testigos. Con él, los medios alcanzaron el rango de copartícipes y coprotagonistas del éxito de su obra. Desde entonces, los medios de comunicación han considerado que la Transición fue también obra suya. Otro tanto, aplicando otras técnicas, hizo con los políticos de la oposición. Casi literalmente, inventó por sí mismo las reglas fundamentales de la comunicación en democracia.

Muy poca gente puede presumir de un éxito tan colosal en el campo de la comunicación política.