La mágica delicia

La Razón
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Creo recordar que es de Alfonso Camín, un correcto poeta asturiano, amigo y protector de bohemios y desasistidos. «Duermo sola. No necesito amores./ Es mi larga melena, la delicia/que me besa la espalda por las noches/ y mis nalgas abraza y acaricia». El poeta retrata a una mujer de larga melena, de cuyas puntas, con cualquier movimiento, recibe el placer en sus soledades. Como diría «Tip», «un amor que no pide pan». No es lo mejor de Camín, que es poeta irregular, y sobre todo –«sobre todo» para Íñigo Errejón, el investigado–, un juglar de entresiglos, el XIX y el XX, que compartía con centenares de colegas versificadores una notable preceptiva literaria. En aquellos tiempos, con mayor o menor intensidad poética, se sabía escribir. Camín saltaba de la corrección métrica a la belleza del hallazgo inesperadamente. Saltos que no frecuentó, desgraciadamente. Pero en su «Brindis» taurino, se supera y nos deja una preciosa composición. «Si yo fuera torero/ brindaría por ti de esta manera:/ Por la mujer que quiero;/ por esa majestad y maravilla/ de luna, de mujer y primavera,/ que abraza con los ojos la mantilla/ y aroma como un nardo la barrera./ Por la que tiembla cuando sale el toro,/ estruja entre sus manos los claveles,/lleva al pecho palomas en azoro,/ y se le anida al corazón la pena;/ prefiere mi quietud a mis laureles,/ no escucha los aplausos en la arena./ Y al acabar la fiesta, cuando pasa/ primaveral y airosa entre la gente,/lleva desde el tendido hasta su casa,/ los labios de reír como una fuente,/ los ojos de llorar, como una brasa»...

Largo preámbulo. De las muchas fotografías publicadas de la audiencia del Rey al vicepresidente Iglesias, elegantemente vestido con una camisa blanca de camarero de chiringuito y pantalones vaqueros, hay una que me ha sorprendido agradablemente. El vicepresidente Iglesias sigue los pasos del Rey a sus espaldas, y luce una coleta que recoge una melena muy crecida, de mágica belleza. A este paso, no precisará de una mano femenina para acariciar su sueño vicepresidencial. La melena se encuentra, en el momento que escribo el presente texto, a medio palmo de alcanzarle el culo. Vamos a tener en España, al fin, un vicepresidente del Gobierno que es una preciosidad. El presidente a sus órdenes, un tal Sánchez de saldo, le supera en centímetros pero no en ricura. Sánchez es ordinario. Como apuntaba el gran Santiago Amón refiriéndose a un personaje de sus tiempos, «una de las grandes desgracias que pueden destrozar el ánimo de un español, es la de ser alto y tener mala pinta». El vicepresidente Iglesias es bajito, pero su elegancia abruma. El Rey lo recibió con traje y corbata, una grosería. El Rey tiene que saber que sólo con vaqueros y una camisa blanca o a cuadros de leñador canadiense se puede recibir a un vicepresidente nombrado como tal a sí mismo. Un vicepresidente rompedor, natural, nada cursi, y ejemplar en su buena educación. Al niño de su Bescansa lo tomó en brazos en el Congreso con la misma expresión de amor que Stalin a su hija Svetlana. Svetlana, ya crecida y refugiada en los Estados Unidos, manifestó que ignoraba que su padre, después de jugar con ella al «corre, corre», metía a la gente en la cárcel y no se sabía más de aquella gente. Pero Stalin y Lenin eran además, muy incorrectos en su manera de vestir. Y muy estrictos. Si a Stalin le visitaba un invitado al Kremlin con camisa y vaqueros, no sólo no lo recibía, sino que lo mandaba a Siberia.

Pero nuestro Rey no se entera. La corrección está en la camisa y los vaqueros, aunque la camisa sea de Gucci y los vaqueros «Levi’s», que son judíos.

O el Rey se adapta al autonombrado vicepresidente, o va a tener problemas serios. Pero me he ido por las ramas. Me refería a la preciosidad de melena que le ha crecido al vicepresidente en las últimas semanas. Y de ahí que haya recordado los mejorables versos de Camin. Esa goma retirada, esa melena suelta y libre y ese roce de las puntas con el kilómetro cero del culo nos pueden regalar a los españoles un vicepresidente, que aunque amigo de etarras, de separatistas, de tiranos iraníes y venezolanos y partidario de la fragmentación de España, nos deje en cambio, la imagen de su belleza. Gracias, Sánchez.