La Parot

La Justicia es ciega, tal vez por eso a veces mete el dedo en un ojo sano y nos deja tuertos. Los señores del Tribunal de Estrasburgo pasarán un fin de semana descansando del aburrimiento burocrático de Europa con el tedio del «hobby» y el «brunch» del domingo mientras a las víctimas de los asesinos que pueden quedar en libertad por su decisión de derogar la «doctrina Parot» se le cangrenan los nervios y la impotencia. Inés del Río, esa etarra con nombre a su pesar de tonadillera berlanguiana, la asesina por la que se monta este tinglado, ha despertado las esencias del folclore etarra: levantar piedras de protestas y jugar a tocar las pelotas vascas. Si Estrasburgo inclina el pulgar hacia abajo las cárceles parirán asesinos listos para emprender una nueva vida donde ellos dejaron el estigma del terror y la soberbia. El guiño de ayer del Parlamento de Vitoria no es más que una muestra podrida de los horrores que también puede cometer la democracia cuando la mayoría se pronuncia con los acentos del revés. Si el pulgar se inclina hacia abajo dirán que los jueces han oído la voluntad de un pueblo. Tuerto digo yo. Sólo un pueblo enfermo puede ver sólo y siempre por el mismo ojo mientras en la catarata del otro se ahogan los muertos. Es la hora de los hombres en estos días que tanto se habla de Dios. La hora de las injusticias, los debates absurdos y hasta de la ignominia. Ojalá me equivoque. El próximo día 20 las víctimas esperarán ansiosas otra fumata. Hasta entonces el reloj de su sufrimiento marca la cuenta atrás como si cada segundo fuera un látigo que sólo un hombre justo puede arrebatar. Ni siquiera ahora que la protesta es parte del fondo de armario oigo a muchos quejarse. Está visto que no es lo mismo suicidarse que ser suicidado.