El Rey marca el camino para que se cumpla el mandato popular

Su Majestad el Rey, Felipe VI, pronunció ayer, en la solemne sesión de apertura de las Cortes de la XII Legislatura, un discurso que, a nadie se le escapa, respondía en su fondo y en su tono a una coyuntura extraordinaria de la vida política y social española como la actual. Sólo así se entienden en su exacta medida, más allá de las poses que buscan un protagonismo fatuo, los gestos de disgusto con los que algunos representantes del adanismo populista recibieron las palabras del Rey, saludadas con una larga y cerrada ovación por una Cámara puesta en pie, que sí se reconocía en el discurso y que representa a la inmensa mayoría de los ciudadanos y a sus instituciones democráticas. Sin duda, hacía tiempo que no se escuchaba en la sede de la soberanía nacional una evocación tan ceñida a la verdad de lo que ha supuesto el camino de libertad que emprendieron los españoles hace cuarenta años, de la vigencia de sus frutos y de la obligación de honorar el sacrificio hecho y perseverar en los mismos principios. Sí, tenían que torcer el gesto forzosamente quienes se arrogan representaciones que nadie les ha otorgado, sufrimientos que no padecieron y rencores que son sólo suyos al escuchar el alegato agradecido de Su Majestad hacia «la valentía y la generosidad de aquellos que, con el dolor y la memoria todavía vivos en su alma, pusieron todo su corazón, toda su fuerza, para lograr, por fin, la reconciliación entre españoles y la democracia en España». Tanto en esa reivindicación del legado de la Transición como en la invocación del papel de la Monarquía parlamentaria y del suyo propio como Jefe del Estado, de los compromisos adquiridos por la Corona con el servicio a los ciudadanos, con la democracia y con la Nación, Su Majestad quería anclar la idea central de su mensaje al Parlamento: que corresponde principalmente a los representantes democráticamente elegidos dar cumplimiento al mandato que han recibido de los ciudadanos. Y que en ese mandato se incluye, por supuesto, la dignificación de la vida pública y la recuperación del prestigio de las instituciones. Es decir, que la voluntad popular ha dibujado unas Cámaras sin mayorías, pero que ello no es óbice para cumplir con el interés general, que se centra en la resolución de los problemas de los ciudadanos. El ejemplo de la formación del Gobierno flotaba en el Hemiciclo, –aunque sólo fuera porque había hecho posible la sesión de apertura de las Cortes– y a ese ejemplo, a la abstención de los socialistas que despejó el camino a la nueva presidencia de Mariano Rajoy, se refirió elogiosamente el Rey, subrayando la capacidad de diálogo, el sentido de la responsabilidad y la generosidad con la que se había resuelto la crisis de gobernabilidad. Pero, igualmente, estaba en la mente de todos los presentes, parlamentarios o no, que la legislatura que comienza está en precario y corre el riesgo de frustrarse en una nueva convocatoria de elecciones. De ahí que Su Majestad, siempre desde la idea firma de que el mandato popular debe ser cumplido, insistiera en demandar la voluntad y la capacidad de llegar a acuerdos, de concertar las cuestiones básicas y de anteponer el compromiso con los intereses generales a los particulares. Hubo, también, en el discurso del Rey, como no podía ser de otra forma, referencias claras a los otros dos grandes problemas que acechan a los españoles en el horizonte más inmediato. Primero, al desafío independentista, que provocó la inevitable incomodidad de los diputados nacionalistas, especialmente cuando Don Felipe recordó –a reglón seguido de una reivindicación de la unidad de España y de su diversidad– que «el respeto y observancia de la Ley y de las decisiones de los tribunales constituye una garantía esencial de la democracia; porque en un Estado de Derecho la primacía de la Ley elimina la arbitrariedad de los poderes públicos y asegura el ejercicio de la libertad». Pero, también, cuando reclamó que el autogobierno de las comunidades autónomas preserve la exigencia de igualdad entre todos los ciudadanos. Ante el segundo desafío abierto, que es la necesidad de mantener el proyecto de unidad de Europa, que el Rey, con toda la razón, considera en horas difíciles, tampoco hubo concesiones a la galería de la nueva izquierda anticomunitaria: el camino es más Unión Europea y más cohesión con nuestros socios. Y como señalábamos al principio, la Cámara, puesta en pie, se volcó en una larga ovación. Atronadora, porque la España de la inmensa mayoría también estaba allí. Conviene no olvidarlo.