La necesaria presencia del Rey en Cataluña

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El Rey siempre ha mantenido una estrecha relación con lo actores de la vida económica, política y social catalanas. A través del empresariado y la sociedad civil tiene información de primera mano sobre sus proyectos y problemas y conoce la preocupación con la que se ha vivido el proceso independentista y sus nefastas consecuencias. Su intervención siempre ha sido acorde con lo estipulado constitucionalmente, poniendo siempre por encima los valores positivos de unidad y trabajo colectivo entre todas las administraciones y territorios de España que las diferencias. Ha habido tres visitas recientes de especial significado: la entrega de los Premios Princesa de Girona (29 de junio), 25 aniversario de los Juegos Olímpicos de Barcelona (25 de julio) y la manifestación en repulsa de los atentados yihadistas de Barcelona y Cambrils (26 de agosto). A pesar de la pitada orquestada por las asociaciones independentistas en este último acto, de que se hayan puesto en marcha campañas contra la Corona desde muchos ayuntamientos –con el de Barcelona a la cabeza– ante la pasividad del gobierno catalán, el mensaje de concordia, tolerancia y respeto a la legalidad constitucional –incluido el Estatuto– ha sido siempre impecable y sincero, así como el trato institucional a los dirigentes de la Generalitat, incluso en momentos especialmente críticos o de abierta deslealtad. Don Felipe ha cumplido en todo momento con su papel de «moderar el funcionamiento regular de las instituciones» y en defensa de la legalidad. Su discurso del pasado 3 de octubre ante la preocupación creciente por el desafío independentista fue ejemplar, sin sobrepasar su papel, pero sí alzándose como un referente moral, también para la mayoría de catalanes, como bien quedó expresado: «Les digo que no están solos, ni lo estarán; que tienen todo el apoyo y la solidaridad del resto de los españoles, y la garantía absoluta de nuestro Estado de Derecho en la defensa de su libertad y de sus derechos». Felipe VI no asistirá hoy en Barcelona al acto de entrega de las medallas de honor de los premios Carles Ferrer Salat que concede la patronal catalana Fomento del Trabajo, como ha hecho en otras ocasiones. Es posible que su ausencia se justifique por la necesidad de alejarse del foco que está marcando toda la agenda política española, de una campaña electoral permanente y de la situación legal por la que atraviesan los ex dirigentes de la Generalitat. Sin embargo, es importante restablecer cuanto antes la normalidad institucional y, precisamente por su ejemplaridad, es necesaria la presencia del Rey en Cataluña en tanto que Jefe del Estado. Las instituciones de la Generalitat están intervenidas por el Gobierno tras la aplicación del artículo 155, una decisión necesaria, limitada en el tiempo y consensuada por los partidos constitucionalistas, sin más objetivo que convocar elecciones, devolver la estabilidad política y frenar la sangría de empresas que estaban abandonando Cataluña –al que hay que sumar el golpe de que Barcelona no sea la seda de la EMA–, un tejido empresarial que Don Felipe conoce muy bien. Felipe VI puede hacer mucho por la reconciliación entre la sociedad catalana y española, pero también por volver a dar pasos en un futuro pacto entre el catalanismo y la Corona. Un pacto que debe partir de una realidad histórica: la restitución de la Generalitat se realizó en el marco de la Monarquía parlamentaria.