Un tripartito contra el PP, la peor opción para España

Como fórmula de coalición, el tripartito es una opción política de la que no guardamos un buen recuerdo. En Cataluña, en diciembre de 2003, se constituyó un gobierno de izquierdas cuya prioridad fue reformar el Estatuto y arrinconar al Partido Popular. En 2006 se repitió la fórmula, esta vez impidiendo que el partido más votado (CiU) formase gobierno. La suma de intereses contradictorios (ERC quería la independencia y los socialistas catalanes del PSC, no) no consiguió ocultar el verdadero objetivo: fomentar el voto anti-PP. El desastre lo estamos comprobando ahora con una Cataluña abocada al desastre si no se corrige la deriva separatista. Desde entonces, los socialistas catalanes no han levantado cabeza y hasta el PSOE sufre todavía las consecuencias, desangrándose en una indefinición política marcada por su posición sobre el soberanismo. Aquella nefasta coalición a tres supuso para los socialistas el desprestigio de estar dispuestos a pactar hasta con quien no compartía puntos fundamentales del programa con tal de alcanzar el Gobierno. Pero aquella lección parece no atenderse. El líder socialista, Pedro Sánchez, planteó la pasada semana que estaría dispuesto a ser presidente del Gobierno con el apoyo de Ciudadanos y Podemos, y aunque el PP consiga la mayoría. Con esta propuesta mostraba su propia debilidad, ya que admitía que no iba a ser la primera fuerza en estas elecciones, y, además, hipotecaba su programa al de dos partidos que representan opciones opuestas, convirtiendo así a los socialistas en una opción sin proyecto propio. Es tal la incongruencia de este tripartito que ayer Sánchez se vio obligado a desdecirse. Sin embargo, han quedado al descubierto unas posibilidades de Gobierno cuyol único objetivo sería evitar que Rajoy siga en La Moncloa. Tal como hemos visto antes, los pactos a la contra, y más cuando los hacen partidos antagónicos en temas clave (Podemos está a favor de la autodeterminación de Cataluña y Ciudadanos, todo lo contrario), son severamente castigados por los votantes. Que dos nuevos partidos entren con una buena representación en el arco parlamentario, abonando así la idea de que el bipartidismo ha terminado en España, no quiere decir que las fórmulas de gobierno se basen en coaliciones entre formaciones dispares. Además, se parte de un diagnóstico erróneo de la situación política y económica española: plantear amplias coaliciones nos trae ecos de aquellos «gobiernos de salvación» de los inestables años 70. No es el caso. «No me comprometo a que gobierne la lista más votada», ha dicho Albert Rivera en una entrevista publicada ayer en LA RAZÓN. Es decir, si quiere evitar la confusión que genera el doble juego de Ciudadanos, debería definir con más claridad su posición. Las elecciones no se ganan anunciando cuál será la política de pactos –algo que, a priori, nadie puede adelantar–, ni si quiera argumentando que son los métodos de la nueva política, sino presentando un programa claro. No hay que confundir la indefinición con aspirar a ser heredero del centro político. El centro se conquista con amplias mayorías, no sólo siendo la bisagra en acuerdos de difícil plasmación. Hasta el momento, el único candidato que se ha expresado con claridad ha sido Mariano Rajoy: intentará ganar para aplicar el programa del PP y poder continuar la recuperación económica. Como señaló el sábado en La Sexta: «Un tripartito contra mí no le conviene a España».