Canela fina
Reforma del sistema electoral
«Antes de que la diversificación liquide la democracia, los grandes partidos deben acordar la adecuada reforma electoral»
Las elecciones del domingo en Castilla y León y las anteriores en Extremadura y Aragón han dejado bien claro, dentro de sus desigualdades, que la gobernabilidad exige reformar nuestro sistema electoral. No se debe, no se puede continuar así. Los pequeños partidos, incluso los insignificantes, estarán dotados, tras las elecciones generales, de una decisiva capacidad para la coacción o el chantaje. Charles De Gaulle lo comprendió cuando liquidó democráticamente la IV República francesa. En once años hubo veintitrés elecciones de presidente del Gobierno y la multiplicación parlamentaria impedía formar un ejecutivo estable que garantizara la gobernabilidad de la nación. No debe ser, no puede ser que en España para formar Gobierno en las Comunidades Autónomas, también en la nación, se dependa de algunas agrupaciones de agresiva representación. Hoy por hoy, en el Congreso de los Diputados, un partido que disponga de cinco escaños tiene capacidad de expeler de la Moncloa al vencedor de las elecciones. Charles De Gaulle resolvió el problema a través de una reforma electoral en la que estableció la doble vuelta. Tras el primer resultado electoral, los dos partidos más votados se presentan a una segunda votación en la que una de las dos opciones triunfará sobre la otra y dispondrá de la posibilidad de gobernar. La ley D’Hondt, que otorga los restos al partido vencedor, solo ha conseguido maquillar los resultados. No vale la pena insistir en ella. Y tampoco parece fórmula adecuada otorgar cincuenta diputados de regalo al vencedor, como se hace en Grecia.
Para establecer una reforma electoral eficaz no solo existe la fórmula de la segunda vuelta. El sistema británico de circunscripción uninominal y votación transversal favorece que el partido vencedor se alce con la posibilidad de un Gobierno estable que pueda gobernar. Son muchos los que en España, apoya-dos en una argumentación razonable, rechazan la segunda vuelta y se inclinan en favor del sistema británico electoral. Y aparte de las dos fórmulas aquí expuestas, existen otras que bien instrumentados resultarían también eficaces. Lo importante es poner los pies en la realidad y abrir de una vez el debate sobre la reforma del sistema electoral. Los grandes partidos están en la obligación de establecer la fórmula adecuada antes de que la excesiva diversificación descomponga la democracia.
Luis María Anson, de la Real Academia Española