Cargando...

Aunque moleste

Ni resurrección ni sorpasso

Abascal tiene techo y el sanchismo sigue monitorizado

La segunda lectura del resultado de Castilla y León lleva a algunos a concluir que, vista la recuperación del PSOE, habría concluido ya el ciclo de caídas que comenzó en Extremadura. Desde ese punto de vista, la resurrección plena debería darse en los comicios andaluces. El problema es que se trata de una lectura arriesgada, pues Castilla y León no es Andalucía, como tampoco lo son Extremadura o Aragón. Más bien parece que estamos ante un paréntesis consecuencia, uno) del perfil del candidato socialista, y dos) de la coyuntura internacional y la debacle de la izquierda. Más que pensar que su declive ha terminado, Sánchez debería aceptar que en el tablero castellanoleonés hay un elemento de peso, con frecuencia infravalorado por Ferraz. Ese elemento es el candidato. Se demuestra que hay partido cuando hay candidato, y que poner a un sanchista por el simple hecho de serlo, no garantiza buenos réditos. El problema es que los candidatos con personalidad, como Carlos Martínez, Lobato en Madrid o García-Page en Castilla-La Mancha, acaban siendo incómodos para los líderes, que llevan mal lo de la discrepancia interna, por lo que optan por poner a uno manejable, antes que a un dirigente de reconocida trayectoria. La diferencia está entre hacer el ridículo, como le ocurrió al PSOE en Extremadura, o lograr un respaldo más que aceptable, como le ha pasado ahora en Castilla y León. Si ese resultado se confirmara en Andalucía, podría pensarse que el fin de la caída del pedrismo ha llegado, sólo que con Marisú Montero es arriesgada semejante conclusión. Por tanto, y de momento, no hay motivo para creer que se ha acabado el ciclo de retrocesos en el espacio socialista. Si se trata de un paréntesis, o estamos ante una tendencia, habrá ocasión de comprobarlo en Andalucía. De momento, el sanchismo sigue monitorizado, sin atisbarse la resurrección.

El otro mantra que se cae es el del «sorpasso» de Abascal. No podemos estar ahora más alejados del escenario que daba por seguro que Vox acabaría superando al PP. El resultado del domingo supone un baño de realidad para el partido verderón, que no avanza en el horizonte como pretendían y, además, pierde fuerza cara a las negociaciones con Feijóo. Por mucho que les moleste, no van a tener más remedio que aceptar gobiernos populares, o incluso entrar en ellos, so pena de exponerse a un castigo mayor. En Vox daban por seguro que iban a lograr más del 20 por ciento de los votos, para a partir de ahí escalar hasta igualar al PP, fagocitándolo después.

Lo que dicen estas elecciones es que los abascales tienen techo y que sus votantes, antisanchistas de derechas, les penalizarán si bloquean la formación de gobiernos no socialistas en las autonomías. Las reyertas internas, el exceso de caudillismo e incluso de arrogancia a la hora de imponer su criterio al verdadero ganador (el PP), parece que empiezan a pasar factura a un Vox que rechazó absorber a las ardillas de Alvise, y resulta que éstas le han impedido sumar tres escaños más en Castilla y León. Es el precio de la soberbia abascalera, cabría decir. Y de una división que también es letal para la izquierda, troceada entre los comunistas del PCE y de Sumar, y las belarras ultras de Podemos y el zurderío en general.