La coalición de la responsabilidad

Las matemáticas nos indican varias soluciones a la división parlamentaria, todas con riesgos e incertidumbres. La unión del PSOE con Podemos y los secesionistas dejaría el paso libre al golpe de Estado en Cataluña

La Razón
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Las crisis de las democracias, donde fallan los grandes partidos o las instituciones envejecen mal, no deben confundirse con una quiebra, que da paso normalmente a un régimen que desprecia la libertad. Las elecciones del 20-D nos han mostrado que, lejos de un enterramiento del bipartidismo, PP y PSOE han conseguido trece millones de votos, el 50% de los emitidos, y un total de 213 diputados. Es más; el PP ha reforzado su mayoría absoluta en el Senado.

El descenso de los dos partidos tradicionales, en suma, no supone que haya que romper el régimen del 78, tal y como quiere Podemos, y cambiar el sistema para profundizar en lo que llaman «democracia social» –cuestionamiento de la propiedad privada y Estado más intervencionista– y constitucionalizar el «derecho de autodeterminación» –que condenaría al ostracismo a los no nacionalistas, y provocaría un éxodo–. Todo esto rompería el marco institucional democrático y liberal que nos ha convertido en un régimen homologable a los más respetables y desarrollados de Occidente.

Las matemáticas nos indican varias soluciones a la división parlamentaria, todas con riesgos e incertidumbres. La unión del PSOE con Podemos y los secesionistas dejaría el paso libre al golpe de Estado en Cataluña, quebrando finalmente lo único de bueno que tuvo la Transición: el vínculo entre la soberanía nacional y las instituciones representativas, sumiendo a una parte de España en una nube balcánica de pobreza y represión. La respuesta de la Unión Europea y de los mercados sería peor que en el caso griego. La suma del PP con PSOE y Ciudadanos dejaría a Podemos como única alternativa a «la casta» y al «régimen»; una postura que es su principal fuente de alimentación electoral. Y este es un riesgo, porque sería permitir que un partido antisistema, que desprecia la democracia, el capitalismo y el marco de la Unión Europea y la OTAN, que ha buscado el voto del odio, la venganza y el resentimiento llamando a las emociones, y tirando la gente a la calle para plantar un pulso al sistema, tuviera el protagonismo que necesita. Ese papel de renovación de la política es el que debe adoptar Ciudadanos en esta legislatura, corrigiendo la improvisación con la que ha construido el partido a nivel nacional, definiendo un programa y una tendencia política, y fortaleciendo un grupo parlamentario ahora inexperto. Todo apunta a que la solución responsable, propia de una democracia madura y europea, es el de la gran coalición entre los dos partidos protagonistas del régimen desde su inicio: el PP y el PSOE.

No carece esto tampoco de riesgos. Ya sucedió en Alemania, claro, pero también en Francia, donde socialistas y republicanos se unen para plantar cara al populista Frente Nacional. En España, ningún partido habría aceptado la gran coalición antes de las elecciones, aunque se oyeran algunas voces que vaticinaban un escenario como el que nos ha deparado el 20-D. Pero es que se han ocultado deliberadamente a los electores las dificultades de gobernabilidad que una situación de minoría parlamentaria o de coalición múltiple supone hoy para la política española. El mensaje, lógico pero inapropiado a las circunstancias, de «Vamos a ganar», que han hecho los cuatro partidos relevantes, ha sido una gran mentira. La consecuencia no es solo la ingobernabilidad, sino la frustración creada en el electorado, que ve cómo los partidos y sus líderes no están a la altura de la crisis. El descontento puede provocar una desafección del ciudadano hacia esta democracia, lo que sí llevaría a una quiebra.

En las elecciones de noviembre de 2005 en Alemania, Merkel inició las negociaciones con el SPD blandiendo la «necesidad política del Estado» como «única perspectiva responsable». El acuerdo tardó cuatro semanas en llegar, pero ambas partes se convencieron de que los grandes asuntos de Estado eran pilares comunes de los dos grandes partidos. Aquella crisis de la democracia sirvió para acometer reformas estructurales, fortalecer el régimen y mejorarlo sin que hubiera paralización de la vida política, ni cuestionamiento de la democracia. Platzeck, presidente del SPD, habló de una «coalición de la responsabilidad por Alemania». Era la primera vez, tras 36 años, que dos partidos ideológicamente opuestos pactaban un gobierno. No interpretaron que el régimen estaba roto, ni que el bipartidismo se hubiera muerto, ni que los electores hubieran determinado una coalición u otra, sino que debían pactar.

Ahora bien, esa gran coalición a la española, no oculta la necesidad de que PP y PSOE acometan grandes cambios en sus partidos y discursos, que acompañen a la necesaria mejora de la democracia española en aras, al menos, de una ley electoral más representativa y de una separación real de poderes. Solo así la coalición, de producirse, hará creíble a la ciudadanía que el cambio sin sobresaltos ni aspavientos adanistas o revolucionarios, es plausible, creíble y duradero.