Amores que matan

A pesar de haber cometido horribles crímenes hay un perfil de mujer que siente atracción hacia asesinos o violadores por el hecho de serlo. Sufren hibristofilia: una patología que implica enamorarse de personas violentas. Sueñan con cambiarles pero acaban siendo sus víctimas. Son relaciones que se inician en prisión y en España ya se han dado varios casos

Ya había matado a su primera mujer. Ella era Patricia Maruel, candidata del PP por Teruel a las municipales de mayo de 2003 pero tres días antes de los comicios, su marido, José Javier Salvador, decidió acabar con las desavenencias matrimoniales descerrajándola once tiros (cuatro de ellos en la cabeza) con la carabina que había comprado para la comunión de su hijo. Fue un asesinato con ensañamiento y José fue condenado a 18 años de cárcel. Salió en libertad condicional en 2017, en parte, gracias al rosario de recursos presentados por su abogada defensora. Rebeca Santamalia, una afamada penalista, llevaba su defensa y se enamoró de su cliente. A pesar de saber mejor que nadie las pruebas que había contra él, no pudo evitar caer rendida a sus encantos e ignoró que, el que lo hace una, es capaz de hacerlo dos veces. Ese día, desgraciadamente llegó y la letrada fue la segunda víctima de José: el pasado 19 de enero, el cuerpo de la abogada fue encontrado sin vida y con heridas de arma blanca en el apartamento de Zaragoza del doble asesino. Santamalia es probablemente el último caso de hibristofilia en nuestro país: un tipo de parafilia por el que las personas que lo sufren se sienten atraídas por hombres violentos precisamente (y esta es la clave) por el hecho de serlo. Es decir, que se enamoran del sujeto después de haber cometido éste la agresión, ya sea un homicidio, una violación o cualquier otro tipo de delito contra las personas. Sabe mucho del tema la criminóloga Paz Velasco, que en su libro Criminal-mente (Ariel, 2018) dedica un capítulo exclusivamente al tema («Mujeres enamoradas de monstruos») y hace un repaso por los casos más destacados que se han dado en el mundo. Para adentrarnos en este complicado universo psicológico es importante destacar que, aunque muchos profesionales lo consideren una patología, este trastorno no aparece recogido en el DMS-5, el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales o, lo que es lo mismo, la «Biblia» de los psiquiatras, por lo que de forma oficial se considera un «simple» gusto sexual anómalo.

Las mujeres que sufren de hibristofilia responden a un perfil muy concreto: personas manipulables e influenciables, a menudo con una fuerte fe religiosa y con un baja autoestima cuya raíz está en la infancia o en anteriores relaciones en las que han sido engañadas o maltratadas. «De forma biológica tienden a buscar a hombres dominantes porque relacionan la fuerza, el poder, con la protección», explica Velasco. Para la experta es muy importante diferenciar la hibristofilia de la encliptofilia, que es la atracción sentimental y sexual por criminales y delincuentes famosos. En el caso de la patología que estamos hablando, no se trata solo de mera atracción superficial, sino de amor profundo por este tipo de sujetos. «Y ese “amor” puede terminar en matrimonio, lo que supone un riesgo altísimo para la vida de estas mujeres», apunta la criminóloga. De hecho, como en el caso de la abogada Santamalia, muchas han muerto a manos de ellos.

«Aunque nos resulte extraño, se enamoran precisamente porque son asesinos, violadores o maltratadores». Como veremos en los casos que se han dado en nuestro país, es muy habitual que esta «chispa» surja en prisión: educadoras sociales, psicólogas, abogadas (como Santamalia) y hasta enfermeras de centros psiquiátricos penitenciarios, como en el caso de la esposa del conocido como «asesino de la ballesta».

«Ellas se enamoran para cubrir necesidades que no pueden cubrir con una relación “normal”. Aquí sienten que tienen el control absoluto sobre ellos: están en la cárcel y les tienen controlados todo el rato. Están bien atados. Además, tienen una relación idealizada porque no conviven». Por eso, todo en su relación les parece tan maravilloso e irreal porque no están en sociedad, lo que les genera, según la experta «altas expectativas emocionales». Pero, ¿qué puede llevar a alguien a enamorarse de alguien capaz de cometer actos tan terribles? Velasco asegura que puede haber tres motivaciones detrás. Lo que llama el «amor redentor» (el caso más habitual), que se da cuando ellas piensan que el hombre también se ha enamorado de ellas e ignoran que para ellos no es más que una relación instrumental: las utilizan para mantener sexo mientras están encerrados en prisión, conseguir dinero o una casa una vez salgan de la cárcel... Pero ellas están convencidas de que con ese amor que se profesan, ellos van a cambiar y dejaran a un lado la violencia. Es decir, no aprueban lo que hicieron pero les entienden.

Otra motivación, según la criminóloga, es el amor maternal, la compasión: justifican sus actos porque creen que han sido infelices en su infancia y son víctimas, por tanto, de sus padres, de otras personas o de la sociedad en sí misma. Sienten que ellas, con su comprensión y su dedicación, se encargarán de ofrecerles todo el amor que no les han dado.

Por último estarían las menos inocentes: las que se acercan a ellos porque buscan notoriedad y salir del anonimato. Podría enmarcarse aquí el caso más famoso de hibristofilia, el de Charles Manson. A sus 81 años, el mítico sanguinario estadounidense estaba a punto de casarse desde prisión con Afton Elaine Burton, de 26 años «pero él descubrió que lo que en realidad quería ella era quedarse con su cadáver y comercializar con los derechos de su imagen, por lo que anuló el enlace», sostiene Velasco.

«Las que se enamoran en prisión viven una relación super intensa. Ven que solo tienen ojos para ellas. Tienen todo el tiempo del mundo y les prestan todo tipo de atenciones. Así ellas alimentan la fantasía de la redención: “voy a conseguir que cambie”», explica la experta. Creen que se trata de una relación seria y quieren continuar fuera de prisión a pesar que saben que contarán con el rechazo de su entorno familiar. Por eso muchas veces lo ocultan, pero lo hacen por no escuchar la cantinela de familia y amigos, no porque ellas lo vean peligroso. La criminóloga recuerda que «un alto porcentaje de estos hombres presentan importantes rasgos de psicopatía». Es decir, son incapaces de empatizar. Eso sí, saben lo que tienen que decir, cuando llorar, cuando sonreir. «No porque lo sientan, sino porque saben que genera reacciones en su interlocutor», apostilla Velasco.

Incluso ellas muchas veces pasan de la hibristofilia pasiva (están enamoradas y creen que su amor los cambiará) a la hibristofilia activa: terminan siendo cómplices de su historial criminal por amor y lealtad. Incluso se han dado casos en los que, a posteriori, hablaban del «enorme placer» que les causaba asesinar en pareja.

En nuestro país, sin embargo, se han conocido solo varios casos de hibristofilia pasiva. Las miles de cartas de amor (y dinero para ayudarle a pagar abogados) que Miguel Carcaño, el asesino de Marta del Castillo, ha recibido siempre en prisión, le convierten en uno de los ejemplos más evidentes. Pero probablemente el primero que se recuerda es el caso de Andrés Rabadán, conocido como «el asesino de la ballesta». En 1994 mató a su padre disparándole tres flechas con una ballesta de la marca Star Fire II en pleno brote psicótico. En la cárcel, donde le diagnosticaron esquizofrenia delirante paranoide, conoció a la que hoy es su mujer. Se llama Carmen Mont, es auxiliar de enfermería y trabajaba en la cárcel donde Rabadán estaba interno. Se enamoró de él y se casaron el 2 de septiembre de 2003.

En 2018 otra pareja de este tipo apareció en los medios de comunicación. Se trata de Guillermo Fernández Bueno y Elena Ruiz Sancho. Ella era educadora social en la prisión de El Dueso, donde Guillermo cumplía una condena de 36 años por violar a dos mujeres y matar a una de ellas. Había salido muchas veces de permiso pero, al ver que le denegaban el tercer grado, se fugó en el siguiente permiso. Fueron detenidos cuando cruzaban la frontera entre Senegal y Gambia.Otro ejemplo podría ser el etarra Iñaki Rekarte, condenado a 203 años de cárcel por matar a tres personas en nombre de Euskal Herria. Otra educadora social, de la prisión de Cádiz esta vez, Mónica García, se enamoró de él. Ya tienen dos hijos.

Los presos que enamoraron

Miguel Carcaño, asesino confeso de la sevillana Marta del Castillo recibía cada día cientos de cartas de admiradoras adolescentes

Andrés Rabadán, el «asesino de la ballesta», conoció a su actual mujer en prisión. Ella era auxiliar de enfermería en el psiquiátrico

Guillermo Fernández también se enamoró de una educadora social de la cárcel de El Dueso. Ella le ayudó a huir en un permiso pero fueron detenidos

El etarra Iñaki Rekarte tiene ya dos hijos con su mujer, Mónica García. Ella trabajaba en la prisión de Cádiz cuando se enamoraron