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«Hater»: ¿Por qué odiamos en las redes sociales?

En España hay unas 450.000 personas que publican ofensas y críticas negativas. No son meros «calentones»: expertos vinculan esta actitud con el narcisismo y el sadismo

En España hay unas 450.000 personas que publican ofensas y críticas negativas. No son meros «calentones»: expertos vinculan esta actitud con el narcisismo y el sadismo.

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Los «haters» han tomado la palabra. «¿Querer que un tráiler atropelle sucesivamente a todos los miembros del Supremo es delito de odio?», se preguntaba Toni Soler, presentador de TV-3, en Twitter. Poco después, la mujer que deseó, vía Facebook, que «violaran en grupo» a Inés Arrimadas, conoció su condena a cuatro meses de cárcel por atentar contra la integridad moral de la líder de Ciudadanos en Cataluña. ¿El último ejemplo? La modelo de tallas grandes Natalia Lozano, que ha visto cerrada su cuenta de Instagram debido a las «denuncias» de usuarios «ofendidos» por ver su cuerpo en la red. En poco más de una semana, tres ejemplos de cómo los «haters» campan por las redes sociales con más o menos impunidad. Según Identidad Legítima, empresa especializada en la defensa de la reputación digital, uno de cada diez españoles publica algún tipo de ofensa, crítica negativa o contenido perjudicial hacia nombres o marcas en Twitter. Teniendo en cuenta que existen 4,5 millones de cuentas en nuestro país, la red social del pajarito acogería a unos 450.000 «haters» y «trolls» en potencia. Así, este canal se ha consolidado como «plataforma para el gatillo fácil», aseguran en la consultoría.

Las redes sociales han tomado nota. Twitter ha puesto en marcha una serie de protocolos para eliminar las cuentas que hagan apología de la extrema derecha, el racismo y, en general, de las que caigan en «conductas de odio y comportamientos abusivos».

«Troll» o «hater». ¿Cuál es la diferencia? La línea es muy difusa. Está asumido que el primero adopta un papel con el objetivo de crispar, por ejemplo, a otros usuarios de un foro, divertirse un rato y llamar la atención; el segundo sería más «profesional»: cree verdaderamente en lo que dice y, como su nombre indica, su misión es generar el odio por el odio. En ambos casos, el anonimato es un arma a favor.

«Es toda una escala: una crítica negativa a una empresa por un servicio recibido, pasando por expresiones abusivas contra terceros y hasta delitos contra el honor, difamaciones, injurias, alegrarse de la muerte de alguien...», explica a LA RAZÓN Francisco Canals, director de Identidad Legítima. Las consultas que recibe su compañía se han disparado: políticos, periodistas –sobre todo aquellos con presencia en radio y televisión– y marcas comerciales que ven como un cliente, con un mal día, arremete brutalmente contra su negocio. En opinión de Canals, se trata de un comportamiento «muy nuestro». «En otros países, hablar mal de alguien en internet es algo muy serio. Una cuestión de ética. Arremeter o criticar públicamente a alguien es algo muy español, muy propio de las culturas del sur».

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Estos comportamientos se sustentan sobre toda una base psicológica. Las Universidades de Manitoba, Winnipeg y British Columbia analizaron a fondo la personalidad de estos internautas. Al estudiar a los 400 participantes encontraron que los «trolls» eran más propensos a presentar lo que se conoce como la «triada oscura de la personalidad»: narcisismo –o egocentrismo–, maquiavelismo –tendencia a engañar o manipular– y psicopatía –falta de empatía–. A estas tres malévolas características habría que añadir el sadismo: el placer de infligir dolor o humillación.

La psicóloga Marta Guerri, directora del portal Psicoactiva, señala dos perfiles, «cada uno con su estilo». Por un lado, el «troll payaso», más «subliminal y subversivo», que se contenta con perseguir «likes»; por otro, el «troll agresivo», más «abierto y explícito». «La finalidad es atacar y, a la vez, ser tenido en cuenta, crear un “valor personal” y aparecer como alguien “superior”», dice Guerri a LA RAZÓN. Y es que, al contrario que los usuarios «normales», los «haters» «desean ser escuchados, leídos y buscan un tipo de atención, aunque sea negativa, desde un falso anonimato», añade. Sí, un «falso anonimato»: «Es un anonimato parcial, un arma de doble filo: la persona (real) es desconocida para los internautas, pero no así su perfil social. Aquí hay una exposición pública y explícita muy clara, con unos deseos íntimos de notoriedad, de perfilar su identidad frente al resto».

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No nos engañemos. Un «hater» no es alguien con un «mero calentón». «Más que odiar en internet, se trata de que exteriorizan sin filtros (o casi) su peor cara. No creo que un “hater” sea en la vida real una persona especialmente bien educada, aunque ejerza un control mucho mayor y más consciente de sus palabras, ya que un insulto o una vejación podría traerle problemas inmediatos», dice Guerri. El anonimato, la comodidad de su casa, sabiendo que nadie va a buscarle, «le allana infinitamente el terreno a una personalidad poco empática, tal vez agresiva o, al menos a alguien que está generalmente irritable».

Ahora bien, ¿esto es bueno? ¿Les puede servir de desahogo y evitar que repliquen sus actitudes en la vida «off-line»? Los investigadores opinaban que la red podía servir a los «haters» para canalizar su energía: infligir daño a través de palabras anónimas podría impedirles hacer algo más destructivo en el cara a cara. «Seguramente, sí que les ayudará a desahogarse en la red, pero en su vida cotidiana tenderán a un estilo comunicativo poco empático, irrespetuoso e irónico», dice Guerri.

En muchos casos no existe delito, pero las «víctimas» pueden tomar medidas. Desde Identidad Legítima explican que existen tres vías para hacer desaparecer estos contenidos: la política de abusos de Twitter y Facebook; la mediación digital –convencer al autor de que elimine el contenido– y la «vía algorítmica». Como afirma Canals, los tuits y contenidos negativos también se reflejan en la página de búsquedas de Google. Incluso pueden aparecer en los primeros 10 resultados, su «TOP 10», que es lo que ve la mayoría de usuarios. Esto se debe a una serie de 250 algoritmos que maneja Google –popularidad, antigüedad...– a la hora de dar notoriedad a un resultado de búsqueda. Pero es posible «causar un daño algorítmico»: copiar ese enlace del contenido negativo y volcarlo en páginas abandonadas, «zombis», que en la red se cuentan por millones. Así, Google podría entender que es un contenido de poco valor e iría bajando ese resultado al TOP 20, al TOP 30... de forma que desaparecería de la primera página. No es fácil: pueden ser dos semanas de trabajo intenso en el mejor de los casos.