Jacqueline Rose: «Las mujeres no dicen la verdad sobre la maternidad ni sobre su matrimonio»

Entrevista a Jacqueline Rose, autora de “Madres. Un ensayo sobre la crueldad y el amor”. “Ni el erotismo ni el dolor están permitidos en el debate público sobre la maternidad”

Jacqueline Rose asegura que “está aceptado que la madre trabaje, siempre que esconda su maternidad”
Jacqueline Rose asegura que “está aceptado que la madre trabaje, siempre que esconda su maternidad”

Entrevista a Jacqueline Rose, autora de “Madres. Un ensayo sobre la crueldad y el amor”

El tratado sobre la maternidad de la académica y crítica literaria Jacqueline Rose (Londres, 1949) avisa de su intención ya desde el título. “Madres. Un ensayo sobre la crueldad y el amor” (editorial Siruela) es una reflexión de 220 páginas acerca de la ambivalencia de la maternidad, un universo de grises y sentimientos antagónicos que nos empeñamos en teñir de rosa. A través de testimonios, noticias, piezas literarias y opiniones de expertos, Rose tratar de responder a la pregunta que subyace en todo el libro: ¿por qué exigimos a las madres que sean mejores que el resto de nosotros? Es un tratado contra la perfección y el pacto de silencio y a favor de lo real y lo tangible. Madre ella misma de una niña adoptada, la escritora nos ofrece un trabajo que está muy lejos de ser una exaltación edulcorada de la maternidad, pero que tiene, por contra, el valor de lo auténtico. Con lo que eso supone de sublime y de terrible.

- ¿Por qué cree que las madres se sienten tan presionadas para ser perfectas?

- Creo que se las presiona precisamente porque son las primeras en saber que la perfección es imposible. Esto es algo que se aprende rápido cuando te conviertes en madre. El mundo es un lugar injusto y nuestro corazón es complejo; somos débiles. Tenemos muchas aristas, muchos matices, y las madres están en contacto directo con esta realidad independientemente de su clase social. En cuanto tienes un hijo, eres consciente de los privilegios con los que nace, las dificultades que va a tener y cuáles son las necesidades, tanto materiales como emocionales, que tú no vas a ser capaz de satisfacer. Una vez que se pasa la euforia inicial, te das cuenta de que la relación con tu hijo será compleja. Los bebés pueden ser muy irritantes y sacar lo peor de ti. Lloran, no te dejan dormir... Las madres tienen un conocimiento profundo de lo que puede ir mal, de las dificultades. Y la sociedad sabe que lo saben y, pese a ello, les exige que se hagan cargo de darle la vuelta, de que todo vaya bien. Es una de las razones de la hostilidad existente contra las madres. La sociedad descarga sobre ellas la responsabilidad de hacer del mundo un lugar benigno, seguro, y cuando no lo hacen, porque es imposible, las castigan por ello.

- ¿Cree que las mujeres somos solidarias entre nosotras cuando nos convertimos en madres?

- Lo primero que me sale es decirle que no porque no hay nada más competitivo que una madre, algo que yo achaco a la inseguridad. En realidad, ninguna madre sabe lo que está haciendo, ni cómo van a salir las cosas al minuto siguiente, ni si vas a perder los nervios, ni si tendrás paciencia. Es una negociación constante. Sin embargo, también le digo que la maternidad es una gran democratizadora porque rápidamente comprendes lo que las otras sienten y es algo imposible a menos que tengas un hijo. Entras en contacto con la fragilidad de la vida. Ser madre es estar en primera línea y en eso todas somos iguales sin excepción. Te impide escapar de cualquier cosa que hayas querido reprimir hasta el momento, incluida tu historia familiar. Hace que todo emerja a la superficie. Es una experiencia diferente en cada una, pero, al mismo tiempo, supone una clara comunión, te unes profundamente con todas las demás.

- ¿Puede ser que las expectativas que rodean a la maternidad sean tan elevadas que algunas ni se atrevan?

- Totalmente. La escritora Sheila Heti acaba de publicar un libro llamado “Maternidad” sobre el proceso que vivió desde los 37 hasta los 43 años, cuando decidió no tener niños. En mi caso siempre fue muy importante, lo intenté muchas veces y, finalmente, me convertí en madre adoptiva. Pero la perfección es un estándar inalcanzable del cual muchas mujeres huyen despavoridas. Creo que lo horrible de la familia nuclear actual es que las mujeres, que son profesionales, se encuentran, de pronto, solas. Sus maridos tienen que volver a la oficina tras un par de semanas de baja y a una situación que ya es exigente de por sí se une la pérdida de todo contacto social, toda conexión con un contexto más amplio desaparece.

- Usted explica que en la Grecia Antigua las madres sí podían mantener su lugar en la sociedad. ¿Ahora es imposible?

- Ser madre no te da una voz propia, física, en el mundo de ahí fuera. Cuando gente como Sheryl Sandberg, actual directora operativa de Facebook, dice que lo que tienen que hacer las mujeres es ir a la oficina y plantear sus exigencias, que no deberían ver su maternidad como el final de su vida laboral, nunca dice que lo que en realidad deberían hacer es llevar a sus bebés a la oficina. Digamos que está aceptado que la madre trabaje siempre que esconda su maternidad. Es que la crianza es un follón, con todos los olores, ruidos, enfermedades... Todo esto hay que esconderlo, como si nos diera vergüenza. Hay algo en nuestra cultura que se niega a saber de qué va todo esto de la maternidad sin tapujos.

- Dice que muchas veces la depresión postparto es la consecuencia de que la maternidad saca a la superficie emociones oscuras que asustan a las madres.

- Así es. Recuerdo a una amiga que a las tres semanas de haber tenido su hijo me llama y me dice que ya entiende por qué se deprimen las madres. Creo que también tiene mucho que ver con nuestra cultura occidental, con esa mini-familia en la que ahora criamos a nuestros hijos. Si das una vuelta por lugares como Chinatown en San Francisco, te das cuenta de que si tienes a tu bebé en brazos hay una docena de adultos alrededor que pueden relevarte en cualquier momento, que están siempre disponibles. Son comunidades cuyas familias extensas van mucho más allá del padre y de la madre.

- ¿Qué descubrió usted cuando se convirtió en madre? ¿Qué mitos se le demostraron falsos?

- La verdad es que descubres lo peor de ti misma porque lo amas más que a nada en el mundo y, al mismo tiempo, te saca de tus casillas como pocas cosas lo han hecho hasta ese momento. Es una decepción continua contigo misma porque piensas que no vas a perder la paciencia y, claro, la vuelves a perder una y otra vez. Pero el placer que te genera es inconmensurable. Durante mi proceso de adopción, nos decían que nada te prepara ni para la preocupación ni para la alegría que vas a sentir, y es así. Así que le digo que puedo ser la persona más maravillosa o un monstruo total.

- Dice que la ambivalencia es algo que todos quieren evitar cuando se trata de la maternidad. Pero, ¿no es la vida precisamente eso?

- Sin ninguna duda. La feminista estadounidense Adrienne Rich describió como pocas la violencia que existe dentro de todo ser humano, incluidas las madres, y la dificultad que ello conlleva. Mi visión es que la maternidad te pone en contacto con emociones extremas que muchas veces te dejan en shock. La ambivalencia está en la raíz de la crianza. No es solo que la sociedad rechaza esa ambivalencia, sino que aspiran a que la maternidad sea, precisamente, ese refugio nostálgico donde los sentimientos encontrados no existen y donde siempre se puede regresar, como una edad dorada.

- Usted asegura que las madres esconden la complejidad de la maternidad. ¿Por qué lo guardan en secreto?

- Por la misma razón que las mujeres no dicen la verdad sobre sus matrimonios. Somos únicas guardando secretos. También tenemos bien callada la sensualidad y el erotismo que, a veces, comporta la maternidad. Esto de la crianza es como una psicosis socialmente aceptada que te permite fundirte completamente con otro ser humano en una relación tan estrecha que sería tachada de insana si no estuviéramos hablando de un bebé. Se supone que no es una relación erótica, así que me sorprendió muchísimo cuando una amiga mía se convirtió en madre a los treinta y tantos y me dijo que nadie la había preparado para lo sensual que puede ser la maternidad. En este sentido, recuerdo una charla de un psicoanalista francés en Londres en la que se refirió a lo erótico que puede ser para una madre dar el pecho, por ejemplo, y la indignación que causó su discurso.

- ¿De qué forma se oponen maternidad y sexualidad?

- No creo que sean opuestas. Tengo más de una amiga que cuenta que después de haber tenido un niño el proceso de hacer el amor puede ser increíble porque te encuentras especialmente receptiva, con todos tus poros abiertos. Sin embargo, no me gusta que se idealice porque eso puede significar que se presione a las mujeres cuando, evidentemente, pueden estar demasiado cansadas para pensar en ello. Lo que sí veo es que la sensualidad de las madres es algo que la sociedad odia y de lo que no quiere saber nada. En el libro cuento que a una conocida su marido le anunció un día solemnemente que, por fin, podía verla como madre y como amante. Como si fuera un gran descubrimiento o una concesión.

- ¿Por qué escandaliza tanto?

- Es como si convirtiéramos a las madres en seres asexuados porque nos parece tabú unir estos dos conceptos. De hecho, creo que amamantar en público está mal visto por la sensualidad que implica y, al mismo, tiempo, por lo difícil que puede llegar a resultar. Y ni el erotismo ni el dolor están permitidos en el debate público sobre la maternidad. Son tabú. No se anima a las madres a hablar sobre la complejidad psíquica que acarrea el asunto. En el libro me refiero a un artículo del pediatra y psicoanalista Donald W. Winnicott en el que explica las 18 razones por las que una madre odia a su bebé. Mi preferida es que “le odia porque no puede ni comérselo ni hacer el amor con él”. Y fue escrito en 1949, lo cual es increíble. Fue más o menos en la misma época en la que John Bowlby escribía sobre la teoría del apego, que fue vista por algunas feministas como un intento de sacar a las mujeres de las fábricas para devolverlas a sus hogares porque los hombres necesitaban sus trabajos tras volver de la guerra. Estoy segura de que él creía en esa teoría, pero también es cierto que comportaba una obligatoriedad para la madre de permanecer en constante contacto con su bebé durante los primeros seis meses o el primer año de vida.

- Apenas se refiere al papel de los padres en su libro. ¿Cree que la madre es la única o la más capacitada para esa crianza inicial?

- No diría tanto dado que ahora hay parejas de hombres homosexuales que están adoptando niños muy pequeños y se están haciendo cargo de esa etapa. Lo realmente importante es que se cuente con las aptitudes que, tradicionalmente, hemos adjudicado a las madres. Esa intimidad con el bebé en la que el tiempo se detiene y se es consciente plenamente de la constante necesidad que esta nueva criatura tiene de ti para mantenerse con vida y a lo que ello te obliga. Algo que te hace sentir poderoso y peligroso al mismo tiempo. Hace una semana, se me acercó una mujer en Nueva York para que le firmara el libro y me contó que cuando tuvo a su bebé y estaba cruzando el puente de Brooklyn pensó en tirarlo al agua.

- Conozco a muchas mujeres que se identificarían con esa frase.

- Menos mal que al principio de la conversación me dijo que su hija tiene ahora siete años; me tranquilizó bastante. A todas las mujeres se les pasan cosas de este tipo por la cabeza porque el poder que tienes sobre otro ser vivo en total. Es algo extremo, nunca lo has experimentado así ni seguramente volverás a hacerlo a no ser que estés en el Ejército. Puede que incluso ni siquiera desees volver a tener tanta responsabilidad.

- ¿El hecho de que cada vez retrasemos más el momento ha cambiado de alguna forma la experiencia?

- Yo misma me convertí en madre pasados los 40 y era la más mayor de todo el parque. Ahora sería muy diferente. Me parece que en un sentido es maravilloso porque cuando tuve a mi hija ya no tenía grandes ambiciones, quería seguir escribiendo y enseñando pero todo eso era secundario. Lo aprecias mucho más, todas las madres que adoptaron a la vez que yo se sentían así, como su fuera un regalo inesperado. También me resulta importante que nunca tuve la sensación de que el bebé era enteramente de mi propiedad al tratarse de una adopción. El niño viene con su propia historia familiar que tú no has contribuido a crear y también es libre de la tuya propia, que, en mi caso, fue muy trágica en la Segunda Guerra Mundial.

- Siempre pensamos que nos casamos con nuestros padres, pero...

- Freud decía que la razón por la que la que la mayoría de los primeros matrimonios fallan es porque crees que te estás casando con alguien similar a tu padre cuando, en realidad, lo que subyace es la relación con tu madre, la semblanza de la figura maternal. Una vez, una estudiante se me acercó después de una clase y me dijo que estaba muy preocupada porque ya no hay hombres en el mundo. Le dije que no entendía a qué se refería y me explicó que si los hombres desean a las mujeres y las mujeres desean a los hombres aunque a quien en el fondo lo que anhelan es a otra mujer... Me pareció una genio.