La ciencia es vida

Uno de cada 1.000 embarazos requiere una intervención que permite devolver la salud a los futuros bebés de al menos 15 semanas de gestación

MADRID- De los cientos (miles) de actos que la ciencia médica contemporánea puede realizar sobre el organismo de nuestros hijos sólo uno tiene como objetivo su muerte. El resto son actos de vida. Desde el mismo momento en el que un hombre y una mujer son conscientes de que van a convertirse en padre y madre, la medicina despliega un increíble abanico de posibilidades para que el ser que acaban de engendrar llegue sano y salvo al final del periodo de gestación. Muchas de esas posibilidades se han instalado de manera casi inconsciente en el proceder habitual de los futuros progenitores. De hecho estamos acostumbrados a intervenir en el destino de nuestros retoños dándoles raciones de vida antes de que nazcan: las mujeres embarazadas varían su dieta, la enriquecen con ácido fólico, modifican sus hábitos, consumen productos para evitar las náuseas, estimulan el feto desde fuera del vientre materno, lo ven crecer con ecografías, dejan de beber alcohol y de fumar para cuidarlo... Todo ello gracias a que la ciencia sabe hoy más que nunca cómo sacar adelante un embarazo sano.

El arsenal terapéutico a disposición de la vida es uno de los más asombrosos productos de la inteligencia humana. Gracias a él, nuestra cultura es la única en la historia de la humanidad donde lo normal durante un parto es que sobrevivan la madre y el hijo, algo que hace un par de siglos suponía un reto difícil de alcanzar.

Cuando Ignaz Semmelweis inició su carrera de medicina en las medianías del siglo XIX, el 40 por ciento de las mujeres que entraban a dar a luz a la Clínica Klein de Viena fallecía por fiebre puerperal. Más de la mitad de las criaturas nacidas no llegaba al primer año de vida. Parir en medio de la calle de la capital austriaca una noche de invierno no suponía un riesgo mucho mayor que hacerlo en la cama de un hospital. Semmelweis tuvo que luchar hasta dar literalmente su vida para convencer a los médicos de la época de que debían lavarse las manos antes de atender a una parturienta. Inauguró así la era de la asepsia, la mayor fuente de vida en el mundo moderno.

Antes de que la insulina fuera descubierta en 1921, un niño diagnosticado de diabetes vivía menos de un año. Frederick Banting sabía que la única razón por la que se había hecho médico era para salvar vidas. Por eso no dudó en inyectar a aquel niño de 14 años moribundo a causa de la hiperglucemia y la cetosis un extracto del páncreas de un perro de laboratorio. El niño sobrevivió, convirtiéndose en el primer paciente del mundo tratado con insulina artificial. Aquellos dos pioneros de la medicina trabajaban en las fronteras de la vida trazando límites que iban mucho más allá de lo que la naturaleza había establecido. Sus herederos de hoy son científicos en las nuevas fronteras de la biología. Las técnicas de diagnóstico genético preimplantacional estudian alteraciones cromosómicas del embrión antes incluso de que sea transferido a la madre. Esa sopa de células es ya un proyecto vital rico en información sobre su futura salud. Cuando el embrión se ha dividido hasta el estadio de seis-ocho células, los médicos pueden practicar una biopsia y extraer con microláser una sola célula. Esa célula (blastómero) puede ser analizada mediante un sistema llamado MDA (Multiple Displacement Amplification) para descubrir posibles enfermedades. Pronto la ciencia permitirá corregir algunas de ellas y devolver al embrión a su correcto camino hacia la vida.

En estados más avanzados del desarrollo embrionario, la pericia alcanzada por la cirugía intrauterina salva vidas de niños meses antes de que hayan nacido. La primera operación dentro del útero de la madre tuvo lugar en abril de 1981, en California. El feto padecía una hidronefrosis congénita que bloqueaba su tracto urinario y expandía peligrosamente hígado y riñones. El doctor Michael Harrison se atrevió a abrir el vientre materno y practicar una vesicostomía al no nacido. 24 años después, el paciente (convertido en sano adulto) se fotografió por primera vez junto a su salvador para las páginas del San Francisco Chronicle.

Hoy en día, 1 de cada 1.000 embarazos requiere una intervención de este tipo que permite devolver la salud a futuros bebés de al menos 15 semanas de desarrollo que de otro modo no tendrían esperanza. Con sólo cuatro meses de gestación, un feto puede ser operado de complicaciones en válvulas cardiacas, espina bífida, obstrucciones pulmonares, tumores... y devuelto literalmente a la vida. Hace unos meses equipos del Hospital San Joan de Déu y del Clinic de Barcelona anunciaron dos hazañas realmente milagrosas. Fueron capaces de reparar una atresia bronquial que comprometía la vida de un feto de 26 semanas de gestación y de abrir la laringe obstruida de otro en la semana 21 de embarazo. Al primero le quedaban horas de vida cuando llegó al quirófano. Hoy está sano.

Sí, la ciencia es vida. Gracias a ella conocemos la composición genética única del cigoto, podemos seguir el desarrollo del sistema cardiovascular de un feto de 22 días de gestación y detectar en esa fecha los primeros latidos de un proyecto de corazón mediante ultrasonidos. Se ha fotografiado con precisión el nacimiento de los ojos, labios y nariz a las seis semanas. En la semana número siete se puede detectar, aún con dificultad, los primeros impulsos de actividad eléctrica cerebral y en la diez los primeros movimientos musculares autónomos. Los científicos no realizan estas observaciones por mera curiosidad. Con sus herramientas de observación, cada vez más sensibles, pretenden diagnosticar posibles defectos congénitos y aprender a curarlos en fases cada vez más tempranas. Bajo el prisma de la ciencia médica, el objetivo es seguir ampliando las fronteras biológicas de la vida por delante y por detrás. Lograr que los seres humanos nacidos sean cada vez más sanos y longevos y los no nacidos tengan más posibilidades de llegar a serlo.

Viabilidad fetal desde la semana número 22

¿Por qué la legislación española fija la semana 22 de gestación el plazo máximo para abortar? Porque la Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia (SEGO) ha defendido en multitud de eventos la viabilidad fetal a partir de esa semana. De ahí que muchos ginecólogos vean muy pocas justificaciones para interrumplir las gestaciones pasada esta fecha de gestación. Prueba de ello es el caso de Amilia Taylor, el bebé más prematuro que vino a la vida a las 21 semanas y seis días en Miami. Era 2007 y muy pocos apostaron en un principio por su vida. Medía tan sólo 24 centímetros y pesaba 280 gramos. Sin embargo, a pesar de nacer semanas antes de que la médula ósea comience a producir células sanguíneas o de que se le hubieran desarrollado las vías respiratorias bajas de los pulmones, Amilia salió adelante. No es el único bebé «milagro». En la literatura médica se han descrito más de 50 casos de bebés prematuros con un peso inferior a 400 gramos.