«Lloré tras poder ver a mi hija después de 15 años»

Guadalupe Iglesias y Carlos Martínez, este último también sordo, relatan cómo ha cambiado su vida tras recuperar parte de la visión gracias a un «ojo biónico».

Se sienten como Neil Armstrong tras poner un pie en la Luna: un pequeño paso para el hombre, pero uno enorme para la humanidad. Partiendo de la oscuridad más absoluta, ahora serán capaces de percibir formas y objetos, obstáculos que dejarán de serlo, el marco de una puerta o el plato que tienen puesto sobre la mesa. Han pasado entre 15 y 25 años entre tinieblas, después de que una retinosis pigmentaria les fuera arrebatando progresivamente la visión. Pero la luz se ha abierto de nuevo para ellos desde el pasado diciembre, después de haber recibido el implante de una prótesis de retina. Es lo que se conoce como «ojo biónico».

Guadalupe Iglesias y Carlos Martínez, este último también con sordera debido al síndrome de Usher –lo que le convierte en el primer paciente europeo al que se le ha aplicado esta tecnología–, relataron ayer los avances experimentados casi dos meses después de la intervención realizada en el Centro de Oftalmología Barraquer. Este mismo centro fue responsable del primer implante de visión artificial realizado en nuestro país, el de Aurora Castillo, que ayer no pudo asistir a la rueda de prensa organizada por esta clínica en Barcelona. A ellos hay que sumar a Josefa Jiménez, cuya operación se llevó a cabo en el Hospital La Arruzafa de Córdoba. En total, cuatro españoles se han beneficiado de esta tecnología. Y en todo el mundo, el número de personas que han recuperado parcialmente la visión no supera el centenar.

La operación, a día de hoy, sólo es posible con personas que sufren retinosis pigmentaria. Primero se realiza el implante de un chip en la retina, a lo largo de una intervención que dura hasta cuatro horas bajo la atenta mirada de un equipo de 10 personas. Quince días después de la operación, al paciente se le colocan unas gafas dotadas de una cámara de vídeo HD que captura las imágenes y las envía a un pequeño ordenador –del tamaño de un móvil– que las procesa, las transforma en instrucciones y las transmite de forma inalámbrica a la antena del implante de retina. El «ojo biónico» transforma las señales en pequeños pulsos eléctricos que estimulan las células sanas que quedan en la retina. Finalmente, la retina envía la información al cerebro a través del nervio óptico, creando la percepción de patrones de luz que el paciente deberá interpretar. «Nosotros no vemos con los ojos, sino a través de ellos. Los ojos captan la imagen y genera un estímulo eléctrico en nuestro cerebro, que lo interpreta en su región occipital. Es una sensación que necesita un aprendizaje desde la infancia», explica el doctor Jeroni Nadal, cirujano y coordinador de la operación. Éste es el motivo por el que Guadalupe y Carlos están siguiendo una rehabilitación de 10 sesiones, distribuidas en seis meses, para evitar cansancio en la retina y «entrenar» al cerebro en la recepción de estímulos visuales. «Han pasado de la ceguera a recuperar un campo central de 20 grados, el equivalente a extender los dos brazos hacia adelante», añade Nadal, que cree que esta tecnología «ampliará su abanico quirúrgico» a otras enfermedades de la visión.

Guadalupe, madrileña de 54 años, y miembro de la Asociación Retina Madrid, relata a LA RAZÓN que en 1991 empezó a mostrar los síntomas de la retinosis. En 2001 perdió la visión de forma definitiva. «Lo primero que vi delante de mí fue a mi marido. Era una luz blanca, sin definición. A mi hija empecé a dejarla de ver cuando tenía 6 años. La primera vez que la vi de nuevo lloré de alegría. Fue indescriptible», recuerda. Ahora está empezando a distinguir las letras, en una pizarra negra con las letras en blanco, a percibir formas... «Se trata de una herramienta que nos ayudará a tener independencia», añade. ¿El siguiente paso? «Salir a la calle yo sola», confiesa Guadalupe, que ahora ayuda a su marido en el restaurante Rias Baixas, en un negocio familiar que tuvo que dejar aparcado por su enfermedad.

En el caso de Carlos, de 51 años, ha sido clave el papel de Andrea, su intérprete, que le acompañó ayer en Barcelona. Debido a su sordera, se servía de la lengua de signos para interpretarle las instrucciones de los médicos, pero la ceguera le obligaba a hacerlo a través del tacto. Su enfermedad comenzó a hacerse patente hace 25 años. «Conservo mi memoria visual. Primero me quedé ciego de un ojo y después del otro. Mi problema es la comunicación y necesitaba a un intérprete», afirma Carlos, que vive en pareja y tiene una hija de 18 años. La primera vez que conectó las gafas fue un «descontrol: no sabes ver bien, pero después de todo el esfuerzo me siento muy feliz y a gusto». El doctor Nadal destaca su actitud y fortaleza, claves para afrontar la recuperación. No en vano, hablamos de alguien que, ya antes de recibir el «ojo biónico», era incapaz de quedarse en casa: iba al gimnasio o montaba en bicicleta. «Ahora seguiré haciéndolo, pero mejor».