Cargando...

Estreno

«Putain»: Huir de casa para seguir vivo

La serie belga que llega a Filmin observa la vida juvenil desde la calle, con una mirada directa y cercana que evita el juicio fácil y apuesta por la verdad cotidiana

«Putain»: Huir de casa para seguir vivo Filmin

No todas las series entran en una plataforma buscando caer bien. Algunas prefieren incomodar desde el primer minuto, asumir el riesgo de no ser amables y confiar en que la honestidad haga el resto. «Putain», disponible en Filmin desde el pasado 27 de enero, pertenece a esa estirpe poco complaciente. Se instala discreta y, cuando te das cuenta, ya te ha arrastrado a un territorio donde la adolescencia no es un póster, sino un campo de pruebas.

La serie sigue a Gigi, al que da vida Liam Jacqmin: 17 años, rabia en el gesto y una brújula moral todavía sin calibrar. Cuando su madre, Anaïs, interpretada por Liesa Van der Aa, reabre la puerta a un pasado que olía a dependencia —el regreso de Fabrice, ex pareja y viejo compañero de excesos encarnado por Roda Fawaz—, él lanza un ultimátum que no obtiene respuesta. Así que se va. No es una huida dramática: es un «hasta aquí» dicho con las piernas, un intento de no repetir el mismo carril.

A partir de ahí, la historia se construye como una suma de encuentros. Gigi cae en brazos de su grupo, se cruza con gente que no está para dar lecciones y aprende a base de golpes pequeños, de esos que no salen en titulares. La escuela, que podría ser refugio, funciona más bien como lupa del prejuicio: el estigma de «la madre» se pega a la piel, y basta un rumor para que el dedo acusador encuentre a su culpable favorito. No hay sermón, solo un mecanismo social que se activa con demasiada facilidad.

Bruselas aparece sin maquillaje y, aun así, con una belleza rara, algo antigua, como si la ciudad llevase décadas cansada y hubiese decidido no disimularlo. La serie mezcla lenguas como se mezclan en la calle, y esa fricción no es postureo: es identidad. También hay un retrato lateral, coral, de quienes sobreviven en los márgenes por razones distintas; la ciudad no distingue demasiado entre un chaval sin casa y un adulto sin sitio.

Lo mejor es cómo «Putain» sostiene el equilibrio entre dureza y humanidad. Hay escenas que aprietan el pecho y, sin embargo, el tono evita la solemnidad. Asoma un humor seco, a veces absurdo, como una bocanada para no ahogarse. Entra por Yves (Pierre Boeraeve), mitad adulto funcional, mitad niño grande con ideas pésimas, que suelta consejos como quien reparte tornillos y, sin querer, termina siendo un apoyo real.

El elenco joven tiene una cualidad difícil de fabricar: esa sensación de estar viendo a alguien pensar mientras habla. Gigi puede ser insoportable y, a la vez, vulnerabilísimo; la coraza no le queda cómoda. A su alrededor, Snokkie (Felix Heremans) aporta una ternura torpe; Rania (Hind Bouabid) carga con dilemas que no caben en una conversación rápida; Zola (Victoria Djamusala) funciona como espejo incómodo, ese tipo de presencia que provoca insultos cuando lo que hay debajo es otra cosa. Y la hermana pequeña, Lisa (Laura Darnovsky), termina revelándose como uno de los personajes más lúcidos.

La narración avanza en escenas cortas, con cortes rápidos cuando conviene y con paciencia cuando el rostro necesita tiempo. Algunas decisiones se salen del carril naturalista de forma puntual —una ruptura breve, un gesto inesperado— y, en vez de romper la inmersión, la subrayan: recuerdan que lo que se cuenta no es una postal, sino una experiencia con bordes.

Hay algo en «Putain» que conecta por una vía menos racional y más incómoda. No tanto por lo que cuenta, sino por cómo lo deja suspendido. La serie recuerda a esa etapa en la que todo parece definitivo aunque no lo sea, cuando cualquier decisión pesa más de lo que debería y nadie tiene realmente el control. Gigi y los suyos no buscan caer bien ni resultar ejemplares; simplemente intentan sostenerse un día más sin romperse del todo. Y en esa torpeza, en esa manera de avanzar a trompicones, es fácil reconocerse, incluso desde la distancia o desde la memoria.

Además, la música no está para decorar. Funciona como memoria, como pulso, como ese ruido interno que acompaña incluso cuando nadie dice nada. Hay algo en su uso que empuja a seguir, no por artificio, sino porque detenerse parece casi una traición al propio relato.

«Putain» fue ideada por el rapero Zwangere Guy, nombre artístico de Gorik Van Oudheusden, que además interpreta al padre de Gigi, Thierry, una figura ausente incluso cuando está delante. No hace falta conocer su biografía para entender que aquí hay vida filtrándose por las costuras: precariedad como clima, familia como ruido de fondo. La serie no busca redención ni soluciones fáciles; se limita a observar con respeto y una ironía mínima, la justa para no caer en la autocompasión.

Una serie con recorrido internacional

►Antes de su llegada a Filmin, «Putain» ya venía con un recorrido que explica parte del ruido a su alrededor. Pasó por Series Mania, donde obtuvo una Mención Especial del jurado en Panorama, y fue seleccionada en Serializados Fest. Además, en Bélgica se convirtió en un fenómeno local en su estreno, con una crítica muy favorable. Ese recorrido no responde a una estrategia, sino a la capacidad de la serie para conectar con experiencias universales sin perder identidad. A ello se suma una recepción crítica y popular poco habitual, que ha convertido la serie en referencia dentro del actual panorama europeo.