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Música
Joaquín Sabina: 50 años de estilo propio sobre el escenario
De la camiseta de rayas al bombín inconfundible, el cantautor convirtió su imagen en una extensión natural de sus canciones

Hablar de Joaquín Sabina es pensar en sus letras afiladas y en esa manera tan suya de contar historias al borde de la madrugada. Es también reconocer una estética propia, tan ligada a su biografía como sus canciones. En cinco décadas, el músico jienense ha construido un repertorio inolvidable y un imaginario visual que forma parte de su identidad.
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No todos los artistas consiguen algo así. Hay quienes se adaptan a cada moda para no perder presencia y quienes construyen una identidad que no depende de las tendencias. Sabina pertenece claramente a estos últimos.
Recién cumplidos los 77 años y tras su retirada de los escenarios, su silueta sigue siendo inconfundible. El sombrero y esa mezcla de elegancia y descuido forman parte de una imagen que terminó convirtiéndose en marca personal.
Cronista de las vidas anónimas
Uno de sus estilismos más recordados fue el traje de recortes de periódico que lució durante la gira 'Nos sobran los motivos'. Aquel conjunto estampado con titulares y columnas no era una simple extravagancia escénica; llevaba sus historias también al vestuario. Sabina, cronista sentimental de bares, amores rotos y calles sin nombre pero con historia, se vestía literalmente de actualidad, de tinta y de relatos.

Sobre el escenario, bajo los focos, aquel estampado aparentemente caótico encontraba sentido, como ocurre con sus versos, que a menudo parecen improvisados pero esconden una arquitectura precisa. El traje se convertía así en una metáfora visual de su manera de escribir.
Pero su identidad estética no empezó ahí. Mucho antes de ese despliegue más llamativo, ya había prendas que definían su imagen. La icónica camiseta de rayas negras, presente desde la etapa de 'La Mandrágora', se convirtió en uno de sus primeros símbolos.

En aquellos años de cantautor más austero, esa camiseta de aire casi marinero representaba sencillez. Había guitarra y letras afiladas, con una imagen fácilmente reconocible. El estampado de rayas terminó siendo una de las imágenes más asociadas a su figura.
El sombrero como seña de identidad
Si hay un elemento inseparable de Joaquín Sabina, ese es el sombrero. Ha sido parte esencial de su presencia pública hasta el punto de que basta su silueta para reconocerlo.

Esa querencia tiene raíces claras. Los años que vivió en Londres durante su exilio marcaron su forma de vestir. La capital británica, con su tradición de elegancia excéntrica, dejó huella en su imagen. El propio Sabina ha reconocido en varias entrevistas la influencia de Bob Dylan en el uso —y a veces abuso— del sombrero como gesto artístico.
Con el tiempo, las formas y los materiales han cambiado, pero el sentido se ha mantenido. El sombrero delimita, resguarda y termina de definir el personaje público. Bajo su ala conviven la intimidad de un hombre reservado y la figura pública, ese poeta canalla que observa el mundo desde una esquina cualquiera.
En conjunto, sus looks no responden a tendencias pasajeras. Son coherentes con su biografía y con la forma en que ha entendido la creación artística. Trajes singulares, camisetas convertidas en seña de identidad y una colección de sombreros que ya forma parte de la imagen que hoy identificamos con Sabina construyen un mismo relato. Con el tiempo, su manera de vestir terminó convirtiéndose en una prolongación natural de sus canciones.
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