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Aguilar, enorme ante el toro y el búfalo

El madrileño cortó una importante oreja y dio una gran tarde en la octava de Bilbao

Entregado desplante de Alberto Aguilar en el coso de Vista Alegre
Entregado desplante de Alberto Aguilar en el coso de Vista Alegre

Bilbao. Octava de las Corridas Generales. Se lidiaron toros de Adelaida Rodríguez y, tras correrse turno en el 2º, dos sobreros (5º bis y 5º tris) de Puerto de San Lorenzo, muy serios. El 1º, desrazado y sin fondo; el 2º, buen toro, repetidor y que humilló mucho; el 3º, rebrincado y sin emplearse; el 4º, de corta duración, derrotón y rajado; el 5º, flojo, noble y con el fondo justo; y el 6º, protestón y con el fondo justo. Más de media entrada.

Javier Castaño, de malva y oro, pinchazo, dos descabellos (silencio); tres pinchazos, estocada corta (silencio). Alberto Aguilar, de burdeos y oro, media baja, estocada contraria, aviso, descabello (saludos); buena estocada (oreja). David Mora, de espuma de mar y oro, cuatro pinchazos, estocada (silencio); estocada caída, dos descabellos (silencio).

Se lo hubiera encontrado de todas formas en quinto lugar. «Cala poco» le había caído en suerte a las doce de la mañana a Alberto Aguilar. Pero la flojera de su primero quiso que se acelerara todo y saltara al ruedo como segundo bis. Abría la cara una barbaridad este «Cala poco» que era toro serio y amplio por donde le miraras. Alberto Aguilar no sacó la lupa (no hacía falta) y no desperdició ni una arrancada, con el capote tampoco. Quitó por chicuelinas y por gaoneras Mora en un continuo ¡ay! De milagro se salvó. Aguilar se fue al centro y ahí empezó con la diestra, no había tiempo que perder y no lo hizo. Si enjundia tuvo el toreo diestro, firme de veras el madrileño, pasándose al toro por la barriga y cosiendo el humillado y repetidor viaje del toro... Profundidad logró al natural. Y eso que al primero el toro se revolvió pronto. Poco de eso quedó después. Insistió por ahí Aguilar, dando el pecho, buscando el pitón contrario... Y así hiló naturales de los buenos. Encontró la seda que tenía el toro en sus arrancadas y lo disfrutó. Y lo disfrutamos. Hasta que cogió la espada y lo sufrimos. Este tipo de torero del triunfo de hoy depende el contrato de mañana y la faena había tenido argumentos de sobra. Y más con la seriedad de ese toro y la pureza de la puesta en escena. Ese filo de la navaja, ese filo maldito de la espada...

Nos enfrascamos en un horror de sobreros hasta que saltó el quinto, tris, de El Puerto de San Lorenzo, un zambombo de 676 kilos que parecía un autobús de dos pisos. Viejo, reviejo. Un horror. Qué miedo. Miraba al caballo de picar de tú a tú. El toro tuvo la fuerza justa, perdía las manos y lejos de querer comerse a nadie, sacó nobleza. Aguilar le exprimió hasta el último muletazo. Puro corazón torero, de querer, de necesitar, de ser, de estar. Así, como fuera, era su oportunidad y no dio un paso en falso. En el centro, en tablas, en el infierno si hacía falta. Y con lo justo delante de ese torazo solventó. Buen torero Aguilar. Esta vez la espada entró, en la yema y un trofeo como un sol en ese día nublado paseó el torero de Madrid. Enorme, un gigante ante aquel búfalo del Puerto.

La otra ovación fuerte de la tarde fue, y no es novedad, para la cuadrilla de Javier Castaño. Así se están dando la vuelta a España y sur de Francia. A Tito Sandoval le pusieron tres veces en suerte el toro, la última desde el mismo centro del ruedo. Un picotazo le daba después, en el sitio. El toro no lo puso tan fácil después ni para la lidia ni para los palos, pero solventaron Galán con el capote y Adalid y Sánchez con las banderillas hasta desmonterarse. Es verdad que en sus toros el espectáculo se asegura mucho antes. Generoso, y casi inaudito, el matador. La faena de Javier Castaño después no fue. En los primeros encuentros mantuvo demasiada distancia y en un santiamén el toro, que pasaba por allí y sorprendía con un derrote cuando lo menos lo esperabas, acabó por rajarse.

Desrazado y sin fondo fue su primero, que además abría plaza. A Javier Castaño no le quedó otra que justificarse con un arrimón. Pintaba mal la tarde.

Mora no tuvo lote. Rebrincado y sin clase el tercero y deslucido y sin fondo el sexto. No renunció a los quites, lo demás estaba mermado. El gigante Aguilar marcó la tarde.