Tres encastados «Escolares» y un enorme Aguilar

Faena importante del madrileño al tercero en una cuarta de feria intensa y con emoción

Templado derechazo de Alberto Aguilar al enrazado que hizo tercero, de nombre «Limonero»
Templado derechazo de Alberto Aguilar al enrazado que hizo tercero, de nombre «Limonero»

- Las Ventas (Madrid). Cuarta de la Feria de San Isidro. Se lidiaron toros de José Escolar, muy bien presentados. El 1º, reservón; el 2º, bravo y de dulce embestida; el 3º, con raza y buen fondo; el 4º, encastado y de notable pitón derecho; el 5º, con peligro; y el 6º, manso y rajado. Casi lleno.

- Rafaelillo, de azul rey y oro, estocada que hace guardia (silencio); pinchazo, estocada, aviso (silencio).

- Fernando Robleño, de pistacho y oro, aviso, buena estocada (saludos); estocada caída (silencio).

- Alberto Aguilar, de verde esmeralda y oro, buena estocada, aviso (saludos); pinchazo, estocada baja (silencio).

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Sin tiempo para el resuello, Madrid modificó de pitón a rabo el registro. De la lírica a caballo a la épica en cárdeno. Corrida de José Escolar. Primer bocado de torismo. Uno de los hierros predilectos de la exigente afición venteña. Cita marcada en rojo por todos ellos, con tres gladiadores acostumbrados a bajar a la arena y fajarse con los de origen Albaserrada. Destacó por encima de sus compañeros Alberto Aguilar, despejado y con capacidad ante el tercero, uno de los tres toros notables –junto con el mayúsculo segundo y el encastado cuarto– del interesante y encastado encierro de Escolar.

Con la oreja del 2 de mayo ya en el zurrón, Alberto Aguilar hizo su segundo paseíllo en Madrid. El primero de su lote fue un regalito con dos puñales por cuernos. «Cobrador II». Un veleto muy serio por delante, de excelente presentación como todo el encierro, que llegó a la muleta con buen fondo, pero sin dar facilidades. Alberto Aguilar lo supo cocer a fuego lento. Poco a poco supo encontrar los ingredientes para un guiso bien macerado con un apetitoso regusto final. El madrileño le fue robando los pases de uno en uno hasta encadenar un natural y el trincherazo de remate en los que la plaza entró en faena. A partir de ahí, las series, muy trabajadas, fueron mucho más macizas y con la profundidad de una muleta que lo exprimía cada vez más. Tragó mucho Aguilar y el burel lo recompensó en un trasteo a más. La guinda fue una sensacional estocada, que hizo aflorar los pañuelos. Sin premio, saludó una justísima ovación.

El sexto, ovacionado de salida por el conjunto de toda la corrida, fue más receloso en varas y no tardó en cantar su mansedumbre. Aguilar lo persiguió e hizo un esfuerzo inútil que incluso le pudo costar una cornada por un inoportuno pisotón del astado.

Si un torero ha cogido la medida a lo de Escolar, sin duda, es Fernando Robleño. Encerrona histórica la suya en Ceret (Francia) con seis de esta sangre e importante su tarde con esta misma divisa en el San Isidro pasado. Ayer también tuvo la firmeza por bandera. Lo demostró en el segundo, que le permitió estirarse con el capote en lances muy toreros rodilla en tierra. De esa guisa, empezó también su faena. Doblones con mucho sabor. Algunos de lámina. Luego, el resto de su labor fue más intermitente ante un toro importante. Muy del gusto de Madrid. Encastado, pero muy dulce en las embestidas, profundas, y con movilidad. Robleño lo entendió bien y lució su galope dándole distancia. Hubo una buena serie de derechazos, templada, pero no hubo continuidad al natural. Y de nuevo en redondo supo abrochar otra buena tanda. Larguísimo el de pecho. Pero había que estar muy cruzado con el animal y el diestro, posiblemente en su único defecto, se quedaba un punto fuera de cacho, lo que le obligaba a colocarse en cada muletazo. Por ello, faltó una pizca de ligazón para que la plaza rompiera. Mató de buena estocada y en el último arreón antes de rodar sin puntilla estuvo a punto de levantar al torero, que se vio sorprendido.

El quinto, algo más escurrido de carnes pero altísimo y largo, se empleó más que sus hermanos en el caballo. Con la pañosa, tuvo veneno. No tardó en orientarse y la tomó más por inercia que por bravura. Peligroso. Tres coladas, de contener la respiración.

Rafaelillo rompió plaza con un primero que se quedó muy reservón tras la segunda vara. Frenado en seco, pero con las energías intactas. Un cabroncete con el que apenas pudo dar dos pases y sin gracia alguna. No pasaba. Ni una tanda pudo completar. Nada. Tan sólo las dos largas cambiadas de rodillas en los de recibo. Mal con la espada.

En el cuarto, otro pavo muy astifino que se arrancó con bravura al peto aunque sin empujar, el murciano lo intentó en una faena de tesón y afán. No terminó, sin embargo, de verlo claro. Vibrante el inicio, Rafaelillo estuvo luego muy incómodo ante otro toro que humilló y metió la cabeza abajo en los engaños, sobre todo, por el derecho. Fue ovacionado en el arrastre como el segundo y el cuarto.

Los tres, con la casta en las venas. Y de su mano, a la cuarta, apareció la emoción. ¡Que se quede por mucho tiempo!