Más sombras que luces en la batalla del «fracking»

Unos 30 millones de litros de agua por pozo y aditivos químicos cuyo paradero final se desconoce son algunos de los impactos de la fracturación hidráulica. A favor, la posibilidad de aumentar la seguridad energética. ¿Debería España subirse a este tren?

El estreno de «Tierra Prometida», la última película de Gust Van Sant, lleva a las carteleras la compleja realidad que es la batalla del «fracking». Un «guante» que ha recogido Cantabria, la primera Comunidad Autónoma con una ley que prohíbe la fracturación hidráulica o «fracking». La noticia, aplaudida en su día por la Asamblea contra la Fractura Hidráulica, no es una garantía definitiva, a tenor del mensaje que mandó después el ministro de Industria José Manuel Soria, al decir que, de cumplirse las exigencias ambientales, se aprobará, ya que «una vez que sea legislación básica del Estado español, afectará a todas las comunidades autónomas».

Pero al igual que el filme no aporta datos científicos, en la vida real lo cierto es que «hay mucha opinión y poca información científica al respecto», afirma Mariano Marzo, catedrático de Estratigrafía y profesor de Recursos Energéticos y Geología del Petróleo en la Facultad de Geología de la Universidad de Barcelona. Así que vayamos por partes.

Desde que en la década de los años 90 Estados Unidos decidiera apostar por la extracción del gas no convencional, cada vez son más los países que quieren subirse al tren de la revolución del «shale gas». A excepción de Francia, que lo prohibió y no ha levantado este veto.

Uno de ellos es España, país en el que, tras conocerse el potencial hallado en el subsuelo de Álava –como para cubrir las necesidades de gas de España durante cinco años–, ha comenzado una contienda en el que los batallones, incluso políticos, no apuntan sus «armas» en la misma orientación. Prueba de ello, el PP de Cantabria, con una línea opuesta al ministro de Industria. Pero ¿qué es el «fracking»?, ¿cómo se extrae? y ¿qué ventajas y que inconvenientes tiene?

La fracturación hidráulica consiste en romper la roca que alberga el «maná» ansiado. Para ello, es necesario meter agua caliente a presión, con arena o partículas cerámicas (propelentes) y diversos compuestos químicos con el fin de que la presión generada supere la fortaleza de la roca y se generen grietas o fracturas.

Potencial Como Arabia Saudí

Extraerlo resulta más complicado que el gas y también más caro, ya que a la tecnología hay que sumar su menor rendimiento. Si bien, el potencial mundial no es poco precisamente. «Hay reservas probadas de gas convencional para 60 años con el ritmo de consumo actual, con las de ''shale gas'' y otros yacimientos no convencionales las reservas potenciales se incrementarían entre un 60 y un 200 por ciento; es decir, que sólo con que se aumentaran en un 60 por ciento habría reservas para otros 35 años más», explica Alejandro Alonso Suárez, subdirector de Transporte, Distribución y Calidad de Servicio de Gas de la Comisión Nacional de Energía (CNE).

En este sentido, Marzo explica que «con el ''shale gas'' se estima que Estados Unidos podrá llegar a superar en reservas de petróleo a Arabia Saudí a partir de la mitad de la próxima década».

Prueba de ello es el ritmo vertiginoso de producción de ''shale gas'' en EE UU, «donde no ha parado de crecer», añade Suárez. Lo que, en cambio, ha bajado ha sido el precio del gas en EE UU. «El precio de venta del gas (sea o no convencional) en el mercado mayorista en EE UU está en cuatro dólares por millón de btu (unidad térmica británica), cuando en Reino Unido está en 10 dólares y en Asia a 14. De modo que esto puede tener un efecto rebote en aquellas industrias con consumo energético importante y provocar una deslocalización de la industria, pero hacia Estados Unidos», precisa el experto de la CNE.

Devora Agua como dos ciudades

La fracturación hidráulica y la perforación profunda en horizontal son las principales técnicas. Pero hay muchos aspectos, sobre todo ambientales, en los que hay cierta opacidad. Es el caso de los químicos. ¿Cuántos se emplean? Se desconoce. «Hay información variable al respecto, puede haber una veintena aunque en una cantidad insignificante, una décima parte o un par de décimas», explica Marzo.

«Si bien –prosigue el experto– hay cierta opacidad sobre qué sustancias se inyectan, y los reguladores deberían exigir esta información», sobre todo porque parte de estos químicos se queda en el subsuelo. «El porcentaje varía va desde un 30 a un 90 por ciento, según el tipo de técnica empleada». De modo que «sí, hay un riesgo de contaminación de las aguas subterráneas, aunque hay que evaluar si es elevado o no», añade Marzo.