A la búsqueda de Dulcinea

En la misma isla privada de Sveti Stefan, antiguo pueblo de pescadores y reconvertido en hotel de lujo –en el que se casó Djokovic, veranea Sharapova y donde descansaban Elizabeth Taylor y la familia real británica–, Jaguar recibe, durante dos meses a más de 600 periodistas de todo el mundo para que prueben en Montenegro, un país con infraestructuras humildes y nada preparado para el turismo, las posibilidades de su nueva creación, el Jaguar F-Pace.

Montenegro fue el reino de Zeta, gobernado por la reina Helena en el siglo XIV, y no es más grande que Galicia. Si uno al recorrerlo tiene la sensación que está casi deshabitada es porque apenas llegan a los 600.000 habitantes. Probablemente de su estancia allí, Miguel de Cervantes se trajo el nombre de Dulcinea, cuando estuvo preso en el norte del país en Ulcinj. A esa localidad costera los italianos la llamaban «La Ciudad d’Ulcino», de ahí a Dulcinium-Dulcinea hay una hoja de don Quijote.

Aunque en algunas guías, Montenegro, figura como la «perla del Mediterráneo», en realidad su costa la bañan las aguas del Adriático. Quizás, de lo que fue la antigua Yugoslavia, lo más conocido sea Dubrovnik, pero sin poseer poderes adivinos y a poco que no se carguen la costa, tomando como ejemplo algunas aberraciones cementeras que todos conocemos, Montenegro se convertirá en un destino turístico de primer nivel, como ya lo son sus vecinos de enfrente, las localidades italianas de Venecia, Pescara o Amalfi.

Por razones obvias, el turismo ruso de alto nivel, ya lleva algunos años «turisteando» por Montenegro y antes que ellos, Sofía Loren y Carlo Ponti ya se alojaron en Sveti Steffan, que cuenta con un spa con playa privada paradisíaco. Curiosamente hasta hace un mes, cuando la escudería del felino tomó la isla-hotel de Sveti Stefan , ninguna marca se había atrevido a organizar un evento en Montenegro por la complejidad de los permisos, burocracia, infraestructuras y estado de las carreteras.

País familiar

A Podgorica, la capital de Montenegro, se puede llegar desde España bien en avión privado o en uno de los escasos vuelos regulares que llegan vía Roma o Viena. El aeropuerto que nos encontramos es familiar, de esos que te dejan a pie de pista. Mientras, las carreteras son de quinta regional, no existen autopistas y, para los montenegrinos, el código de circulación internacional es inédito. La gasolina, casi igual que en España y se paga en euros. Y la comida, barata: por seis euros comes bien, es sencilla y mediterránea. Además, encontramos buenos quesos de oveja y cabra, embutidos condimentados, verduras asadas, pescados a la sal y cordero asado con frutas secas. Quizás, lo más interesante sea la vegetación abrupta y esos inhóspitos Balcanes con sus parques naturales cuajados de hayas y avellanos por los que el coche rugía dominante mientras salvábamos descensos tirándonos nosotros en tirolina y él esperando.

También sorprende la multitud de lagos que hay en Montenegro. Su nombre no le hace honor. Es un país más verde que negro y cuenta con el grandioso fiordo de Kotor, con dos islitas en el centro con sendas iglesias, a las que por cierto, llegamos en una piragua que llevábamos colocada en el techo del coche porque de eso se trataba de probar el automóvil en plan aventura, para pasear a Miss Daisy ya hay otros coches. La última noche nos reservaba la mejor aventura, el abordaje a la isla de Sveti Stefan en lancha, pero con rayos y truenos que no estaban previstos en el programa y que a James Bond le habría fascinado.