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Enoturismo

Cuatro Rayas, la cooperativa que navega a contracorriente

En La Seca, 300 familias sostienen un modelo que protege las viñas viejas y a partir de primavera abrirán al enoturismo sus vinos más singulares

En Cuatro Rayas el relevo generacional no es una incógnita, sino una arquitectura interna Archivos Cuatro Rayas

Dice el refranero que hay que aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid. En Cuatro Rayas, la expresión no es una coletilla ingeniosa, sino una declaración de identidad. Porque, más allá del nombre de dos vinos singulares, lo que verdaderamente discurre a contracorriente es un modelo cooperativo que ha aprendido a crecer sin desarraigarse.

Fundada en 1935 en La Seca (Valladolid), Cuatro Rayas agrupa hoy a cerca de 300 familias viticultoras y gestiona en torno a 2.700 hectáreas de viñedo repartidas principalmente por Valladolid y parte de Segovia. Su dimensión —17 millones de kilos de uva anuales y presencia en más de 50 países— no ha diluido su esencia colectiva. La ha afinado.

Aquí el vino no es el gesto de un solo nombre en etiqueta, sino la suma de muchas manos. El conocimiento del viñedo se transmite de generación en generación y el arraigo no es discurso, sino práctica cotidiana que sostiene una treintena de municipios. Según un estudio elaborado en 2023 por la Cámara de Comercio de Valladolid, su actividad genera un impacto económico de 33,3 millones de euros y 634 empleos directos e indirectos. Cifras que explican una realidad: el vino como tejido económico.

En un momento en que el medio rural lucha por no vaciarse, Cuatro Rayas se convierte en una estructura real de continuidad.

El equilibrio entre el gigante y el artesano

Bajo el suelo castellano conviven viñedos jóvenes y pequeñas joyas centenarias plantadas en vaso, muchas de ellas a pie franco (sin injerto). En esas parcelas el tiempo corre distinto: la vendimia es manual y el ritmo lo impone la cepa.

Y aquí aparece una de las decisiones que mejor definen su filosofía: pagar más por las viñas viejas para que no se arranquen. Es una decisión empresarial, pero también una declaración de principios.

La cooperativa remunera de forma más alta las parcelas antiguas, aun cuando producen menos. En las más veteranas, el pago se realiza por extensión cultivada y no por kilos obtenidos. No se trata solo de preservar paisaje; se trata de proteger el patrimonio vegetal del territorio.

Porque esa decisión se traduce en la copa: vinos con mayor concentración, más tensión, más profundidad. Verdejos que se alejan del perfil inmediato y aromático para ofrecer textura, amplitud y una expresión más seria del terruño. No buscan agradar a la primera, sino quedarse.

Aquí el vino no es el gesto de un solo nombre en etiqueta, sino la suma de muchas manosArchivo Cuatro Rayas

Este planteamiento desmonta el tópico que asocia cooperativa con volumen impersonal. En Cuatro Rayas conviven producción amplia y microvinificaciones de vocación precisa, donde la parcela importa y la identidad se afila, especialmente en su gama más exclusiva, reunida en la categoría Premium de su página web (cuatrorayas.es/premium-cat).

Tradición que dialoga con el futuro

El relevo generacional no es una incógnita, sino una arquitectura interna. El comité «Envero» reúne a socios jóvenes que representan la continuidad natural del viñedo. «Solera» agrupa a los veteranos, que transforman experiencia en guía. No es solo transmisión de conocimiento; es memoria activa.

Bajo el concepto Green & Social, la bodega integra sostenibilidad ambiental y compromiso social. Reducción de impacto energético, eficiencia hídrica, cuidado del suelo y aplicación de tecnología de precisión forman parte de una estrategia que entiende que el paisaje no es decorado, sino herencia.

Pisuerga, donde la libertad toma forma

En ese contexto nacen los vinos Pisuerga, quizá la expresión más visible de esa libertad interior. No nacen como ruptura, sino como evolución natural.

Pisuerga Verdejo, limitado a 3.310 botellas, se cría durante doce meses sobre lías en huevo de hormigón y seis más en acero inoxidable. No es el verdejo ligero de terraza y consumo rápido; es más contenido, más estructurado, con una textura envolvente que pide tiempo en copa. Hay tensión, hay amplitud, hay vocación de guarda. Está pensado para quien busca complejidad, no inmediatez.

Pisuerga Tinto, con 2.651 botellas, une tempranillo y verdejo en un diálogo poco habitual en una región blanca. Criado en damajuana y barricas usadas de 500 litros, el resultado es un tinto de frescura viva y estructura firme, singular sin estridencias. Ambos se comercializan como Vino de la Tierra de Castilla y León, fuera del marco de la D.O. Rueda, una decisión que habla de autonomía creativa sin romper con el origen.

A ellos se suma 61 Dorado en Rama, reinterpretación contemporánea de los vinos dorados históricos elaborados con uva Palomino, variedad preservada en cepas centenarias que aún resisten al tiempo.

La herencia del mañana

A partir de primavera la bodega abrirá sus puertas para ofrecer catas de sus vinos más singularesArchivo Cuatro Rayas

Toda esta innovación carecería de sentido sin una visión de largo plazo. Para Cuatro Rayas, la sostenibilidad no es consigna, sino continuidad. Preservar viñedo viejo, garantizar relevo generacional y mantener actividad económica en el entorno forman parte de una misma ecuación.

Y esa filosofía se podrá experimentar de primera mano a partir de primavera, cuando la bodega abra sus puertas y ofrezca catar sus elaboraciones más singulares en un formato diseñado para comprender el vino desde la raíz. No se trata solo de una visita, sino de una inmersión en el trabajo colectivo que hay detrás de cada botella: desde la parcela hasta la crianza, desde la memoria hasta la innovación.

Cuatro Rayas es, en definitiva, el relato de una permanencia consciente. Un puente entre el ayer y el mañana donde el agua del Pisuerga y la savia de las cepas viejas avanzan en la misma dirección.

Para quien ama el vino y busca algo más que frescura inmediata, detrás de cada botella hay viñedo viejo, decisiones valientes y una identidad colectiva que se percibe en la textura, en la tensión y en la memoria que deja cada sorbo.

Porque navegar a contracorriente no siempre significa romper: a veces es simplemente decidir permanecer.