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Shakespeare: Macbeth en mitad de una balacera

Los Colochos presentan a un remozado Bardo en «Mendoza», donde la tragedia ya no es escocesa, sino mexicana y cuenta la historia de un guerrillero de la revolución de principios del XX

  • La historia de «Mendoza» se traslada a una cantina en la que la decena de actores no salen nunca de escena
    La historia de «Mendoza» se traslada a una cantina en la que la decena de actores no salen nunca de escena

Tiempo de lectura 4 min.

03 de noviembre de 2017. 01:17h

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Julián Herrero 3/11/2017

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Cuando era estudiante del tercer año de carrera, Juan Carrillo se atrevió con Shakespeare. Valoró unas y otras funciones y finalmente optó por un «Macbeth» «muy clásico», ceñido al original y con una pomposidad digna del siglo XVII. Con todo «atado» y, como responsable orgulloso de la función invitó a los suyos al estreno. Entre ellos, su madre, la cual, al finalizar la obra, le dijo a su hijo: «No la entendí, pero está bonita». La pieza era aburrida y parte del respetable había abandonado la sala en el intermedio. Le surgieron entonces las dudas y las reflexiones al incipiente director: «Algún día voy a hacer una obra para que la pueda disfrutar mi madre», sacó como conclusión. Surgió de ahí un proceso de investigación en el que las preguntas se le sucedían: ¿cómo se debe trasladar un clásico a hoy? ¿Hasta qué punto se puede hacer propio al Bardo? ¿Cómo hay que dirigirse a un público que no frecuenta las tablas? ¿Qué cuenta de uno mismo un texto?... Decidió así hacer una reposición de ese «Macbeth» fracasado para la gente que no va al teatro y que «muy probablemente» ni conozca los clásicos de Shakespeare. La primera etapa de laboratorio se trasladó a las casas del público objetivo. Director y actores ocuparon salones, cocinas y jardines de los hogares de los espectadores para ensayar en ellos. En un acercamiento de las butacas a la acción, que todavía hoy se mantiene con el patio envolviendo la escena a apenas dos palmos y a cuatro frentes.

Espíritu intacto

El espíritu de la obra no se toca: la ambición, la sangre y el poder continúan en el centro de la trama, pero esta vez se lanza la mirada desde el México revolucionario. «Es un pretexto para seguir hablando de los mismos temas. Ya sean de ahorita, de hace diez o 20 años o del siglo del original», añade Erandeni Durán, actriz del montaje. Con la idea en la cabeza, Antonio Zúñiga fue el encargado de «poner la poesía y el sabor mexicano», en palabras de la intérprete, a «Mendoza», título que tomó la remozada versión del original del Shakespeare que presentan Los Colochos y que ocupa la Sala Negra del Canal hoy y mañana –tras despuntar en el «off» de Almagro de 2014–. «Es un proyecto hecho para la gente común; se ensayó con personas que no tienen una relación directa con el quehacer teatral y analizando sus opiniones. Mendoza nos permite acercarnos a un clásico a través de nuestros propios referentes. En ese sentido, cualquier persona puede observar, entender, conmoverse y disfrutar de este montaje», desarrolla Carrillo.

La tragedia escocesa se traslada a la Revolución mexicana de principios del XX para contar la historia de un valiente guerrillero al que se le aparece una bruja o curandera que le anuncia que llegará a ser gobernador y dueño de la provincia. «Él se lo cree y comienza a cometer actos atroces para obtener lo que le dijeron que iba a lograr hasta que se da cuenta de que está en medio de un lago de sangre», argumenta un Carrillo que se ha ceñido «escrupulosamente» a la estructura del autor inglés. «Creíamos que los clásicos tienen algo muy universal y, partiendo de ello –continúa–, lo hemos llevado a la particularidad de México, para que los espectadores pudiesen entrar en la obra con sus propios referentes y con personajes que les resultasen más familiares». Macbeth es Mendoza y los cuervos son ahora zopilotes. Las influencias mexicanas de Zúñiga apuntan directamente a Juan Rulfo y Elena Garro, dos autores locales que recrean el ambiente a campo de su patria. Y la escenografía es la de un lugar común, una cantina –que no abandonan en ningún momento la decena de intérpretes– que no corresponde a un tiempo ni a un lugar determinado para dotarle de ese carácter común. «La pieza se basa en la economía de recursos escenotécnicos para sustentarse en el trabajo actoral y las soluciones creativas –añade el director–, lo que permite que pueda ser presentado tanto en foros como en cualquier espacio alternativo».

Ansia de poder

Pero «la esencia se mantiene», aporta Durán. Se acercan a un Shakespeare del que han querido conservar lo que representó en su día, pero sintiéndolo como algo actual. «Esa lucha de poderes de la que él habla sigue sucediendo hoy y no tiene fronteras», completa el director. «Comparando el original con el que nosotros representamos, se ve que en muchas cosas no hemos evolucionado –habla Durán–; por eso los clásicos nos dicen tanto, porque, en esencia, seguimos siendo los mismos de hace varios siglos. El ansia de poder y la traición siguen presentes en cualquier país que señalemos. Todos somos ambiciosos de una u otra manera en diferentes ámbitos y por ello la obra es universal. Cualquiera podemos ser Mendoza o Macbeth. Siempre queremos algo, lo cual no es malo. El problema llega cuando tomamos decisiones que afectan al otro, cuando te “llevas entre las piernas”, como decimos nosotros, a quien sea con tal de llegar al objetivo», cierra.

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