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Un genio volcánico

  • Cristina Bejarano
    Cristina Bejarano

Tiempo de lectura 4 min.

21 de agosto de 2017. 00:04h

Comentada
Lluís Fernández 20/8/2017

Tenía perfil de relieve de medallón romano. Negra y morena como la mujer cordobesa que pintó Julio Romero de Torres: «Con sus ojos de misterio y el alma llena de pena». Esa era la imagen que Nati Mistral fabricó para su proyección artística, plasmada con el claroscuro del fotógrafo Gyenes en los años 50. De rostro altivo, con la guitarra en ristre o con mantilla, pañoleta madrileña o robozo mexicano, Nati Mistral siempre fue fiel a esa imagen racial. Aunque aparentaba el estereotipo de lo español castizo y andaluz, nada en ella, madrileña de rompe y rasga, respondía a la imagen de la folclórica. Eran cosas de la moda costumbrista de entonces, de cuando el Indio Fernández hacía de Dolores del Río y María Félix los prototipos de la mujer exótica mexicana, de étnica belleza y carácter fogoso. De ellas Nati Mistral adoptó su aspecto exterior y su genio para ser ella misma, cantante y empresaria, actriz y genial recitadora, con una presencia imponente e inusual en una época en la que los modelos reinantes era las andaluzas de bata de cola Lola Flores y Juanita Reina. Ella respondía a la mujer española de Madrid, de voz tonante y carácter volcánico. Nati Mistral nunca fue una folclórica al uso. Trabajó en el cine de los 40, en papeles de cantaora sin más relevancia que el de Rocío en «Currito de la Cruz» (1949). Y su arte fue siempre algo muy personal, para un público cultivado y proyección popular: el teatro clásico, el chotis y el recital de poemas. Su voz profunda le permitía proyectarla con fuerza hasta lo más alto del gallinero, ya fuera con poemas de Lope de Vega o de Federico García Lorca, de quien fue una de sus máximas divulgadoras en los años 50 y 60. Se trató de las primeras cantantes en poner de moda el cuplé, junto con Lilian de Celis y Sara Montiel. Pero Nati Mistral siempre se decantó por una faceta más singular: canciones suramericanas dramáticas como «Tata Dios» y «Yo vi llorar a Dios» y recitales teatrales en los que resaltaba su imponente voz y dramática interpretación cuando entonaba el «Café de chinitas» o las «Sevillanas del siglo XVIII», musicadas por Lorca, y poemas como el «Romance de la Lirio» y «¡Soltera!» de Rafael de León. La dama de la escena española era un ser libre, jacarandoso y temible, que no se avergonzaba de haber sido amiga de Franco, a quien le gustaba que le contara chistes y le recitara poemas. No se avergonzaban los comunistas, por qué se iba a avergonzar ella. Eso no le impedía amar a Lorca e interpretarlo, como a Valle-Inclán y Jean Cocteau, y triunfar en el Teatro de Bellas Artes con «Fortunata y Jacinta» y «Medea». Nati Mistral fue una de las grandes actrices que interpretó desde clásicos como «La Celestina» a éxitos de Antonio Gala como «Anillos para una dama» e «Inés desabrochada». Destacó en la comedia musical desde que la contrató Luis Escobar para «Te espero en el Eslava», «La bella de Texas» y «La Perichola», y fue pionera al estrenar en España el musical «El hombre de La Mancha» encarnado a Dulcinea-Aldonza. Mistral, que hizo de su imagen el epítome de los español, ya vive en el recuerdo como «La morena de mi copla»: «La del bordado mantón. La de la alegre guitarra. La del clavel español».

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