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Un millón de gritos rompen el silencio

Lo de Barcelona fue un torbellino luminoso y festivo, visceral y anárquico, que desguazó las previsiones de los organizadores. Puso una mueca de infarto a quienes hasta cinco minutos antes despreciaban la posibilidad de que la marcha triunfara

  • Vista de la manifestación de Barcelona bajo el lema "¡Basta! Recuperemos la sensatez"
    Vista de la manifestación de Barcelona bajo el lema "¡Basta! Recuperemos la sensatez"

Tiempo de lectura 8 min.

09 de octubre de 2017. 04:09h

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La insolvencia del golpe de Estado en Cataluña, su xenofobia visceral, su viaje al fin de la ética, su mascarada perpetua, macerada y teledirigida por unas instituciones en bancarrota y una clase política inaudita en la Europa posterior a la II Guerra Mundial y a la que sólo le falta enarbolar la bandera pirata en mitad del circo, encontró ayer la mayor demostración popular en contra de la historia reciente de España. Un canto de buena salud, de orgullo colectivo, de ciudadanos hartos de que otros especulen con su país y les digan lo que les convierte en buen patriota y lo que hace de ellos un miserable fascista o peor. Fue una mañana que podría revertir el movimiento de las placas tectónicas. Urgente en esta Cataluña del «apartheid» políticamente correcto. Quién sabe si, después de la catarsis, la gente no arrancará a pasearse sin pedir permiso. Sin recibir perdones o salvoconductos de los dioses de la lengua y la raza. Sin esconder su imaginario sentimental. Su legítimo derecho a seguir siendo catalanes y españoles y miembros de un país de la Unión Europea. Cualquiera que los acompañara sabe que su comportamiento, limpio de ira, estaba en las antípodas del odio que anima a las jaurías que acosan a los miembros de Ciudadanos, de los canallas que persiguen a los hijos de los guardias civiles. Lo de Barcelona fue un torbellino luminoso y festivo, visceral y anárquico, que desguazó las previsiones de los organizadores, Sociedad Civil Catalana. Puso una mueca de infarto a quienes hasta cinco minutos antes de arrancar la marcha, despreciaban la posibilidad de que triunfara. Convencidos, en su poquedad mental. Creyeron que apenas acudirían cuatro viejos exaltados. Seis turistas japoneses sin mucho que hacer. Dos falangistas recién despertados de su siesta criogenizada.

«Yo soy español», cantaba la muchedumbre con el júbilo del niño que descubre que al fin puede gritar que el rey está desnudo. «Yo soy catalán», añadía ante la mirada ligeramente desorientada de los vecinos que, asomados a sus balcones, fotografiaban la mancha humana. «TV3, manipuladora», repetían delante de las cámaras del implacable dinamo de propaganda. «TV3, delito de odio», añadían otros, más incisivos. «Ésta es nuestra policía», coreaban delante de unos agentes de la Nacional que trataban de sobrellevar la emoción. Inevitable después de que durante días los persiguieran como a leprosos. «Oriol Junqueras, dónde está la Caixa», preguntaban ante la evidencia de que faltan horas para que el Ayuntamiento de Barcelona anuncie que traslada su sede a Madrid. Y el mejor de todos, el favorito, «Puigdemont, a prisión». Una consigna que deberían memorizar algunos. Por si acaso piensan que la gente, saciada de humillaciones, atiborrada de desprecios, tolerará que salgan indemnes los responsables de haber puesto al país de rodillas. No se trata de rechazar el diálogo futuro ni de negar la imperiosa necesidad de dar con interlocutores. Tan sólo de constatar que una ciudadanía adulta, no enganchada a las consignas homeopáticas, jamás perdonaría que se vayan de rositas los que, pistola en mano, asaltan el Congreso.

La manifestación generó pronto guerras de cifras. Entre 350.000 y 1.000.000 de personas, depende quien cuente, colapsaron el centro de Barcelona. Pongamos medio millón (aunque dado que la primera cifra es de la Guardia Urbana yo apostaría por arriba) para anular del recuerdo la estomagante repetición de exhibiciones de fuste bananero. Nada de agitar las banderolas ni de bailar al ritmo de unos animadores socioculturales ni de saludar a las cámaras. Nada de lloriquear porque la policía, qué mala es, les ha no-roto los dedos. A los herederos naturales del franquismo pop, o sea, a los nacionalistas amamantados en el 3%, y a la izquierda reaccionaria, traidora a todas las causas del progreso, les salió ayer un rival imprevisto. Ni en sus peores delirios imaginaron un Vietnam semejante, mientras la gente, que viajó desde toda Cataluña (la mayoría) y del resto de España, subrayaba eslóganes en favor del Estado de Derecho, la policía y la Guardia Civil, la judicatura y las instituciones democráticas. Cientos de miles de ciudadanos que hacían suya la bandera de todos y reivindicaban la Constitución. O sea, que sí, que fue un proceso constituyente en toda regla, y no las paparruchas posmodernas de los peronistas de la Complutense. Un ventarrón de pueblo para barrer la exultante retórica de quienes, al más puro estilo de los caudillos fascistas, vienen creyéndose dueños de la calle mientras orquestan concentraciones vitaminadas por el erario público.

Mientras caminábamos, leíamos los periódicos. Daba pena, y risa (más risa que pena, la verdad), asomarse a algunos de los diarios independentistas. Incapaces de mencionar, aunque fuera para ridiculizarlo, lo que estaba pasando en la Vía Laietana. Cuando en unas calles planchadas de luz miles de personas reformulaban, acaso para siempre, la posibilidad de mostrarse orgullosos de un país que es, ni más ni menos, una comunidad de ciudadanos libres e iguales, y también una urdimbre de afectos y una malla de historia compartida, y por supuesto Europa. Cuando en aquel Panfleto desde el planeta de los simios, de 1995, el escritor Manuel Vázquez Montalbán señalaba que «en algo hay que creer, más allá de la existencia del colesterol», no podía imaginar que el anhelado sentido a la historia futura sería tan poco nerudiano como la ley y tan prosaico como la celebración de la soberanía nacional. Reivindicados, y esto conviene anotarlo, por buena parte de las clases populares, hijos y nietos de inmigrantes, a los que Montalbán y otros popes de la «gauche divine» abandonaron hace siglos a merced del ogro supremacista y sus políticas de centrifugado mental y discriminación lingüística. Apenas veinticuatro horas antes, y con el beneplácito de Podemos, muchos españoles habían clamado diálogo. En realidad quieren hablar porque es lo correcto, lo bonito, lo Gandhi. Lo que todos deseamos. Pero ya me dirán para qué está el Parlamento y, ay, qué debate cabe entre los que están a favor de la ley y los delincuentes. Ya nos cuentan, puestos a contar mentiras, dónde estaba la delegación oficial del PSC y del PSOE, más allá de que la manifestación estuviera llena de simpatizantes y votantes socialistas. Ya explicarán, en fin, qué se fue de la alcaldesa. Tan automática a la hora de denunciar hipotéticos abusos sexuales cometidos por los antidisturbios el 1-0 (¿en serio Ada? ¿Y en ese ardor guerrero incluyes el episodio de Marta Torrecillas?) como descuidada, o negligente, cuando se trata de abandonar la teorización de mercadillo y abanderar la reivindicación de ese 50% largo que, durante años, metabolizó su condición de víctimas. Pues sepa, señora, que las víctimas dejaron de aplaudir al verdugo. Cansadas de sufrir humillaciones, de coleccionar silencios, parecen recordarnos que lo progresista es pelear para que nadie prive a nadie de su ciudadanía. Y escribieron, en el suelo y con tinta indeleble, y en los muros y con rotuladores fluorescentes, que el territorio, geográfico pero también político, constituye un bien común que no puede parcelarse. Ni transformarse en bonsái. Ni malvenderse en la lonja. Ni ser sujeto de cambalaches, trucos de magia, desprecios y carambolas.

En su Facebook, el profesor Félix Ovejero, uno de los héroes democráticos en la Cataluña de la mordaza, escribía que «lo malo de este tiempo no es que ellos hayan insistido en que ser español es ser facha. Lo malo, lo peor, es que durante mucho tiempo muchos de nosotros nos lo llegamos a creer». Así fue y así se explica que una ideología retrógrada, una sinfonía de tópicos carcas, circulara durante años. Aunque quizá ayer comenzó su imprescindible deslegitimación. Ojalá. Por nuestro bien. Por el de las libertades. Porque los escolares del futuro no estudien que en España y en el siglo XXI seguía lozana la repugnante idea de segregar en función de tu cultura, real o inventada. Una aberración así pudo funcionar por causas que van de los complejos y traumas heredados de la dictadura y hasta alcanzar los ríos de millones gastados en propaganda, pero ya está bien. Ya vale. De la tristeza de hozar en las identidades de cada cual pasamos a la tranquila reivindicación de los derechos de todos. Un salto por el que colectivos como Libres e Iguales batalla desde su fundación y que ayer recibió la aprobación de cientos de miles. Que este rebrote de la decencia llegue para quedarse dependerá de la honestidad de nuestra clase política. Pero también del pulso sostenido y optimista de la gente. Queda raro defender la ley en las calles, pero no hay otra cuando los harapientos profetas, en posesión de oscuros privilegios y hechos diferenciales, aspiran a socarrar los cimientos del edificio democrático.

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