jueves, 29 junio 2017
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Cien objetos para cambiar la Historia

  • El Museo Británico quiere que la humanidad deje de contarse a través de sus batallas, por eso ha recopilado en un libro cien de sus piezas para explicar la relación del hombre con el poder, el dinero, la religión y el sexo

    «La historia del mundo en 100 objetos»
    Neil MacGregor
    Debate
    800 páginas, 43,90 euros

Como se sabe, son los vencedores los que escriben la historia, más aún cuando sólo saben escribir. Quienes están en el bando de los vencidos, aquellos cuyas sociedades son conquistadas o destruidas, a menudo únicamente disponen de sus objetos para contar su historia». Así de alto apunta el director del Museo Británico, Neil MacGregor, en el prólogo de «La historia del mundo en 100 objetos» (Debate),  un intento de epopeya científica, poética e idealista, coescrita junto alconservador Barrie Cook . En los cien capítulos de este volumen, cuyo origen fue una serie para la BBC, los conservadores del macromuseo inglés se valen de sus riquísimos fondos para dar voz a las culturas que fueron silenciadas en cada época: desde la invención de los utensilios que darían lugar a la agricultura en la Tanzania de hace casi dos millones de años a la lámpara solar que hace la vida un poco menos inhóspita a los habitantes de la Atlántida.

Poetas historiadores
«Toda historia es una creación poética», admite MacGregor durante la presentación del volumen a la Prensa española en Londres. Poética no quiere decir justa: «La Historia la ha escrito Europa, y el resto de los pueblos no aparecen hasta que interactúan con los europeos. Los objetos se ocupan de contarnos la otra parte», insiste MacGregor.  Con esta nueva perspectiva, podemos llegar a descubrimientos sorprendentes, como que África estuvo comerciando con territorios lejanos de ultramar a través del Océano Índico entre el 1000 y el 1500 o que la conquista española del Imperio Azteca ocultó ante los ojos de Occidente que éstos, a su vez, habían aplastado al pueblo huasteca.

Habrá quien crea que se trata de una ingeniosa idea para hacer de la necesidad virtud: el museo, consciente de que no posee obras pictóricas y escultóricas europeas posteriores al Renacimiento de la calidad del Louvre o El Prado, ha querido poner en valor sus objetos construyendo una historia alternativa del mundo, y, de paso, justificar que convivan en un mismo espacio lejos de su tierra esas valiosas piezas (desde el Egipto faraónico a la Grecia clásica sin olvidar las grandes dinastía orientales). MacGregor, por el contrario, justifica esta reconstrucción de la cronología de la Humanidad basándose  en dos ventajas comparativas: «No se trata de una Historia de batallas importantes o acontecimientos claves, ya que los objetos lo que cuentan es la que forma en que una sociedad piensa; y éstos, además, tienen un biografía. Durante cientos de años los objetos han viajado y todo eso se representa en ellos, que cuentan cómo ha cambiado el mundo». La Piedra Rosetta es un ejemplo de que la función de los objetos es muchas veces más importante que la pieza en sí. No sería el artículo que más colas genera en el museo, si no fuera porque conserva el mismo texto en griego clásico, egipcio antiguo y escritura jeroglífica, lo que permitió a los expertos descifrar algunos de los grandes misterios de la rica civilización de la orilla del Nilo. 

Las devoluciones
Para evitar polémicas, los organizadores incluyeron opiniones provenientes de los países de origen de los objetos para, por ejemplo, saber su opinión sobre la permanencia de éstos en las dependencias del museo, aunque lo cierto es que hay pocas realmente críticas. MacGregor tampoco quiere pisar aguas pantanosas en este asunto. Cuando se le pregunta si los mármoles del Partenón o las esfinges faraónicas no estarían mejor en Grecia o Egipto responde así: «¿Es útil permitir que en un mismo lugar se puedan comparar todas las culturas? Sí», se pregunta y se responde el responsable.

   Argumentos numéricos no le faltan, pues cada año atraviesan las puertas del edificio entre cinco y seis millones de visitantes que no pagan entrada, ya que en la orden fundacional del Parlamento, en plena época de la Ilustración, se decretó que fuera gratuito para británicos y foráneos. Tampoco se cansan de repetir sus responsables que, más allá de lo expuesto, una parte de los fondos se custodia en salas sólo abiertas para expertos de todo el mundo a las que acuden a investigar con regularidad. Otra posible divergencia con esta iniciativa es la selección de los objetos, pues las Islas Británicas están sobrerrepresentadas en ella frente a otras potencias históricas, como, por ejemplo, Francia, que apenas cuenta con uno: «Es obvio por qué aparecen más de estas tierras, porque la selección la hemos hecho nosotros, pero no todos los objetos que se sitúan en el mapa de las Islas Británicas son originarios de aquí, sólo fueron encontrados en esta parte del mundo», precisa.

La copa Warren
Como toda Historia se trenza cruzando el poder político, la religión y el dinero, pero aquí también tiene un lugar muy destacado el sexo, en todas sus variantes y conceptos: se incluye la estatuilla de los amantes de Ain Sakhri, que se considera la representación más antigua de una pareja practicando sexo, a la copa Warren, una pieza de vajilla de lujo romana que incluye escenas de amor homosexual en la Antigua Grecia a «En la aldea aburrida», de David Hockney, la única obra de un autor vivo que también representa una escena de cama. Y es que el hombre no vence sólo en el campo de batalla...

 

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