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Una bomba de relojería

Tiempo de lectura 4 min.

20 de febrero de 2011. 20:47h

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21/2/2011

El mundo árabe vivió ayer un nuevo domingo convulso. A la ola de cambio en los países islámicos se sumó Marruecos. La monarquía alauí actuó con las prevenciones utilizadas por otros regímenes autoritarios. Desplegó las fuerzas de seguridad con fines intimidatorios, limitó las comunicaciones a través de internet, suspendió las emisiones del canal de televisión Al Yazira, impidió el acceso por carretera a Rabat, manipuló a los partidos y los sindicatos del régimen para debilitar el seguimiento de la protesta y utilizó los medios públicos para su particular propaganda. En definitiva, todo lo que un sistema totalitario hace cuando se siente amenazado. Pese a todo, miles de personas salieron en Rabat, Casablanca, Fez, Tánger, Marraquech, Tetuán y otras ciudades para reclamar reformas políticas, la dimisión del Gobierno y la limitación de los poderes del rey. El valor de esta movilización no autorizada por el régimen, la mayor de la historia de Marruecos, es que demuestra que existe un foco importante de descontento social representado en el Movimiento del 20 de Febrero, auspiciado por los jóvenes marroquíes. Las manifestaciones en tantas ciudades, alguna de ellas próxima a la frontera española, son un síntoma de inestabilidad que situado en el actual contexto árabe obliga a España a estar muy atenta y preocupada. Que no haya ocurrido nada traumático hasta la fecha no quiere decir que no pueda suceder mañana y lo cierto es que esa contingencia está hoy más cerca que hace unas semanas. Los incidentes en Larache, Alhucemas, Tánger y Marraquech,  con serios enfrentamientos, deben ser tomados como un aviso.

La diplomacia española se ha mantenido a la sombra de la europea frente a las revueltas árabes, lo que no ha sido precisamente positivo. La lamentable desidia comunitaria, esa práctica desaparición del concierto de naciones en lo referido a este asunto, ha sido todavía más grave si se piensa las consecuencias que pueden acarrear estos sucesos para la Unión.

Por no hablar de cómo quedan los principios morales  de una Europa que asiste casi impasible a la violación de los derechos humanos a unos cientos de kilómetros, como en Libia. El caso libio es el paradigma de cómo una diplomacia débil es más un problema que una solución. Gadafi no sólo ha desatado una brutal represión que ha causado al menos 200 muertos, sino que ha amenazado  a la UE con dejar de cooperar en materia de inmigración si no mira para otro lado ante sus barbaridades. Puro y duro chantaje de un deplorable personaje, merecedor de una respuesta firme, que tiene que ser un respaldo a la causa de la libertad y la denuncia de los abusos.

Marruecos, Libia, Irán – donde ayer el régimen de los ayatolás cargó con dureza contra la oposición–, Bahréin, Yemen, Argelia e incluso Túnez –donde la gente ha vuelto a la calle contra el actual Gobierno– constituyen una incógnita cuyo desenlace resulta ahora mismo indescifrable. En todo caso, una incógnita peligrosa para Europa y para España. Tenemos entre manos una bomba de relojería que la diplomacia europea no ha sabido manejar. Quedarse al margen es la peor opción. Europa está obligada a alentar la causa de la libertad y la democracia con todo lo que ello supone.

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