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Dos detenciones al día tras la salida de López de prisión

Los venezolanos votan hoy en plebiscito contra la Asamblea Constituyente con la que el presidente Nicolás Maduro quiere perpetuarse en el poder

  • Al menos siete agentes de la Policía Nacional Bolivariana golpean a un hombre y después se lo llevan arrestado
    Al menos siete agentes de la Policía Nacional Bolivariana golpean a un hombre y después se lo llevan arrestado

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16 de julio de 2017. 04:54h

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Hoy, los venezolanos acuden a las urnas para responder a la llamada de la oposición con la intención de frenar al régimen chavista. A través de un referéndum los ciudadanos podrán decir «no» a la Asamblea Constituyente con la que el presiente Nicolás Maduro quiere perpetuarse en el poder. Y esta consulta se produce en un ambiente de represión y violencia sin límites que no ha hecho sino incrementar desde que el pasado sábado, el opositor Leopoldo López, fuera excarcelado y trasladado a su residencia familiar bajo la condición de arresto domiciliario.

Un ejemplo de esta represión brutal es el caso de Ramiro, de 20 años, un estudiante que cursa Medicina. Durante dos años está obligado a realizar prácticas en el Hospital Universitario. Hace unas semanas llegó a su casa en el barrio de Antimano, Caracas, con su primer sueldo: 40.000 bolívares (cuatro euros). Fue la gota que colmó el vaso. Se presentó ante su padre, empleado del Metro y de ideología chavista, y le tiró el fajo a la cara. «¿A ti te parece normal esto?», le increpó. Agarró una mascarilla del hospital para protegerse de las bombas lacrimógenas, su casco de moto y salió a marchar. Las consecuencias fueron fatales.

«El secreto es no separarse, si te quedas solo te comen. Eso es lo que me pasó a mí. Yo estaba cerca de la resistencia, esos estudiantes radicales que llevan escudos de madera y el rostro tapado. Fue un caos, hubo perdigones y quedé aislado. Vinieron varios efectivos de la Guardia Nacional Bolivariana y empezaron a pegarme duro. Me arrinconaron en un portal. Todos estábamos con las manos en alto, de rodillas. En posición de rendición, esa postura que llamamos ‘‘el angelito’’». «Llegó la guardia, empezaron con la culata de los rifles a golpear los cascos. Decían que ahora sí: vais a rezar. Me metieron en una furgoneta. Al lado tiraron gas. Casi nos ahogamos. Nos llevaron hasta un calabozo en los Teques. Me esposaron a un radiador; sólo traían una comida al día para ocho chamos (jóvenes). Sufríamos desnutrición, la comida era tan mala que tuve diarrea. Perdí ocho kilos. Orinábamos en botellas. A veces incluso teníamos que depositar nuestras heces en unas cajas de plástico y cartón dentro de la celda. El hedor era insoportable, estábamos amarillos, no veíamos la luz. Mis padres me buscaron durante días, no me encontraban. Fue un secuestro. Días después fui liberado, sin presentar cargos. Tuve suerte, otros compañeros están procesados bajo el delito de terrorismo, lo cual supone varios años de pena».

Aunque Leopoldo López, uno de los presos políticos más mediáticos, haya sido trasladado de una cárcel militar a su casa, eso no significa que el régimen haya modificado su metodología represora. Además, los presos políticos siguen abarrotando las cárceles. Y es que con la excarcelación de Leopoldo López, no han disminuido las detenciones, sino que han aumentado al menos en 13, ya que ese día había 431. Es decir, dos nuevos presos políticos al día. Es lo se llama «efecto puerta giratoria»: mientras liberan a unos, encarcelan a otros. Es importante señalar que ahora en su casa las condiciones de reclusión son mejores, pero López sigue siendo un preso político. Es un lavado de imagen porque en realidad, el régimen militar de Maduro no ha parado de realizar detenciones sistemáticas. Sigue utilizando a los presos y detenidos políticos como fichas de negociación, como rehenes.

Alonso Medina, director del Foro Penal –organización que mantiene el número de los presos y los asisten, asegura a LA RAZÓN que «la cifra se mantiene en 444 actualmente en prisión y 3.935 detenidos desde que comenzaron las protestas. Pero lo importante es que muchos son simplemente perseguidos por asistir a las manifestaciones. Otros por protagonizar disturbios, pero en general se trata de expresiones ciudadanas. Se han dado casos donde estos detenidos desaparecen. Por ejemplo, en la ciudad de Valencia apresaron a un dirigente político, Carlos Graffe, pero se tardó horas en saber dónde estaba encarcelado».

Muchos son procesados por tribunales militares o interceptados por los servicios de inteligencia, el Sebin. No hay un criterio establecido, depende de los órganos represores. Un tribunal militar sólo debería juzgar a miembros de las Fuerzas Armadas, aunque para los militares manifestarse es como una traición a la patria.

Cuando preguntamos a Medina sobre las torturas afirma: «El Foro Penal es muy respetuoso sobre este tipo de denuncias. Si atendemos el caso es porque la víctima ha declarado delante de un fiscal y muestra pruebas. Llegan a los tribunales muy golpeados. Es como la institucionalidad de la tortura, es cotidiano , hay un silencio cómplice. Todo los cuerpos de seguridad la utilizan».

Y pone como ejemplo: «El señor Leopoldo López fue liberado el sábado, pero el lunes en el trancazo casi detuvieron a 100 jóvenes –la mayoría fue puesta en libertad esta semana–. También ha habido durante estos días denuncias sobre delitos sexuales por parte de funcionarios, pero es un tema mucho más complejo. Algunas mujeres son revisadas por efectivos masculinos, lo cual está prohibido».

Respecto al plebiscito que hoy se celebra, donde la oposición preguntará a los venezolanos, entre otras preguntas, si quieren modificar la Constitución de 1999, concluye: «El Foro Penal tiene más de 3.300 activistas y 200 abogados. En caso de que haya detenciones arbitrarias, asistiremos a las víctimas. Estaremos en todos los puntos de votación como observadores para garantizar el proceso».

Las protestas contra el Gobierno de Nicolás Maduro que se registraron en Venezuela durante febrero de 2014 marcaron un antes y un después en la vida de Lisbeth Áñez que, desde entonces, se dedicó a hacer donaciones de comida, medicinas y ropa para presos políticos en diversos recintos penitenciarios del país.

Pero su destino sufrió un cambio de 180 grados el 12 de mayo, cuando su nombre pasó a engrosar las listas de los denominados «presos de conciencia», para encontrarse con sus conocidos de El Helicoide, ya no de visita, sino como reclusa.

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