sábado, 24 junio 2017
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Internacional

Macron por Macron: «No tengo prisa, por encima de todo está mi deuda con Francia»

  • En «Revolución», el libro que escribió cuando todavía era candidato, el presidente francés expone su ideario político liberal y europeísta

Emmanuel Macron en la explanada del Louvre, en París, la noche de su victoria electoral en las presidenciales
Emmanuel Macron en la explanada del Louvre, en París, la noche de su victoria electoral en las presidenciales

«Creo profundamente en la democracia y en la vitalidad de la relación con el pueblo, pero quiero recuperar la riqueza de un intercambio directo con los franceses, escuchar su rabia, considerar sus esperanzas, apelar a su inteligencia. Ésa es la elección que he hecho. Mi ambición es dialogar directamente con mis conciudadanos e invitarlos a su vez a comprometerse». Esto escribió el entonces candidato a la presidencia de Francia Emmanuel Macron en «Revolución» –que ahora publica Malpaso–, un libro escrito en la primera mitad de 2016, mientras fundaba En Marcha!, la formación política con la que ayer obtuvo una nueva victoria en las elecciones parlamentarias.

Entre dos mujeres

La obra no es una autobiografía, aunque su primer capítulo, «Lo que soy», sea un sucinto recorrido por su trayectoria personal (apenas 18 páginas) en el que se declara miembro de una familia de clase media (hijo de médicos), procedente de la región de Picardía, ascendida gracias a sus estudios a partir de un origen muy humilde. En esa mínima autobiografía «he contado mi vida, por lo menos aquello de lo que hay que hablar cuando uno se compromete en política». Se refiere a la familia, estudios, aficiones (es un magnífico pianista), formación y, especialmente, a sus relaciones con dos mujeres, una mucho mayor que él, su abuela Manette, y el amor de su vida, Brigitte, también mayor que él y también profesora.

«Mi abuela me enseñó a estudiar. A partir de los cinco años, cuando terminaba la escuela, pasaba largas horas a su lado aprendiendo gramática, historia, geografía... Quizá fui su último alumno. Ahora que ya no está entre nosotros, no pasa un día en que no piense en ella o busque su mirada. No porque quiera encontrar una aprobación que no puede darme, sino porque, en el trabajo que debo realizar, me gustaría mostrarme digno de sus enseñanzas». La relación era tan llamativa que su madre, con una punta de celos, comentaba: «Parece que su única familia sea su abuela».

Cuenta la periodista de «Le Figaro» Anne Fulda, en su obra «Emmanuel Macron, un jeune homme si parfait» (Plon, París, 2017) a la venta en vísperas de las presidenciales, que cuando falleció su abuela en 2013, Macron, por entonces ministro de Economía de François Hollande –y para muchos su delfín– quedó postrado por el dolor y el presidente, con una sensibilidad de esparto, no tuvo mejor ocurrencia que darle este pésame: «Es triste perder a una abuela, yo también me entristecí cuando perdí a la mía». Macron sintió en el alma tal frialdad y le dijo a un amigo: «Se acabó Hollande». Tiempo después comentaría: «No le deseo a nadie la reacción que tuvo Hollande cuando supo de la muerte de mi abuela».

Un amor escondido, Brigitte

La otra mujer, 24 años mayor que él, es Brigitte Trogneux, su profesora de francés cuando estudiaba en un colegio de jesuitas de Amiens. Emmanuel contaba 16 años, Brigitte, casada y con tres hijos, 40. Intimaron gracias al teatro, pero el asunto comenzó a ser llamativo y los padres de Macron lo enviaron a estudiar a París y ella se esforzó por convencerle de que eso sería lo mejor. Ya en la capital, todo un descubrimiento para aquel adolescente provinciano, escribiría a su amada: «No te librarás fácilmente de mí; volveré y nos casaremos».

Hubieron de pasar 15 años para que se cumpliera la promesa, pero la relación se mantuvo mientras él se licenciaba en Filosofía y Políticas y se introducía en el mundo del Derecho y la Economía en la Escuela Nacional de la Administración (ENA), de donde pasó a desempeñar un elevado puesto en el Banco de Negocios Rothschild. En 2007 se casó con Brigitte, que se había divorciado y ya contaba con 54 años, mientras que él acababa de cumplir 31. «Fue la consagración oficial de un amor, al principio clandestino, y a menudo escondido e incomprendido para muchos antes de imponerse», escribe Macron.

En ese liviano capítulo autobiográfico debe realzarse el espacio dedicado a su esposa y a sus hijos, parejas y a «nuestros» siete nietos, que, siempre en un tono menor, es mucho más expresivo y amplio que lo referido a sus padres y hermanos. Con razón su madre se quejaba: «Su nueva vida le ha atrapado por completo; ya apenas puedo ponerme en contacto con él».

Aunque él no lo indique en esas pocas páginas, Brigitte abandonó la enseñanza en 2015 para dedicarse de lleno al trabajo político de su marido; sin significarse, ha llevado sus agendas y ha sido su confidente y consejera en la extenuante carrera electoral. Según Anne Fulda, su mencionada biógrafa, «la brújula de Macron indica indesmayable la ruta de la perfección y eso mismo le ha impedido estrechar vínculos íntimos, exceptuando los que tuvo con su abuela y los que mantiene con su esposa. Esa situación fue arteramente aprovechada por alguno de sus rivales, en cuyas campañas se insinuó que Macron era homosexual. Él lo negó rotundamente e, incluso, salió fortalecido. Pero, además, nada indica a día de hoy que eso sea así, por más que su madre no le haga favores con declaraciones como ésta, también recogida por Anne Fulda: «La mismísima Laetitia Casta podría desnudarse delante de él y no pasaría nada. Entre Emmanuel y Brigitte hay un amor completamente fusional».

Mis deudas

Macron abandona los datos personales, aduciendo que con frecuencia ha tenido que «explicar mi trayectoria que algunos han percibido como la de un tipo ambicioso, un tipo que tiene prisa». El nuevo presidente francés lo ve de otra forma: la imperiosa necesidad moral de pagar cuanto ha recibido de sus padres, amigos, de su sociedad, pero «por encima de todo, y ante todo, mi deuda con nuestro país. El reconocimiento de esa deuda es lo que me empuja a la acción».

A partir de ese momento, el libro es esencialmente político, no tanto un programa de un partido, sino el desarrollo de las directrices ideológicas que inspiraban al candidato que constituyen parte esencial del credo del nuevo presidente francés. Primero, su orgullo por Francia, libre y unida en un formidable esfuerzo colectivo, que la ha encumbrado a escala mundial: «Desde el Renacimiento al Siglo de las Luces, pasando por la Revolución nortea-mericana, la Declaración Universal de los Derechos Humanos y el antitotalitarismo, Francia ha contribuido a iluminar al mundo para liberarlo del yugo de la ignorancia, de las religiones que esclavizan, de la violencia que niega al individuo...». Estas ideas sobre «la grandeur» en múltiples aspectos se reiteran a lo largo de los capítulos, lo mismo que la enumeración de los enemigos que deben superarse, y siempre en cabeza los islamistas «que quieren someterla y que sólo traen desdicha y esclavitud», seguidos por el Frente Nacional, absurdos nostálgicos «de lo que nuestro país nunca ha sido» y dispuestos a «traicionar lo que es», los cínicos, los derrotistas «muchos, pero no tanto como para detenernos».

Europa somos nosotros

Uno de los puntos fuertes de «Revolución» es el pensamiento europeísta de Macron, que estaba, sin duda, escribiendo estas páginas cuando los británicos optaron por el Brexit y cuando una de las banderas del Frente Nacional ante las presidenciales era, precisamente, otro Brexit. Macron arremete contra los pesimistas, los aislacionistas, los que culpabilizan a Europa de todas las desdichas y, al tiempo, recuerda que Europa somos los franceses «porque la geografía y la historia nos han colocado en el centro del continente y somos los que la hemos construido y escogido». Macron sostiene que lo que une a Francia con Europa es mucho más que lo que la separa de ella y, además, no existe otra salida que Europa para hacer frente a los desafíos que se dilucidan en los diversos escenarios internacionales. No se olvida, sin embargo, del clima de frustración existente, originado porque el grandioso proyecto se ha empantanado en los procedimientos, en los tratados y en la cortedad de miras. Por tanto, se necesita una refundación europea que recuerde la triple promesa de la que surgió: «paz, prosperidad y libertad» y que ha funcionado durante más de medio siglo. ¿Qué pasa para que el proyecto parezca agotado? A partir de este punto analiza los problemas y llega al Brexit, al que considera «el síntoma del agotamiento que vive Europa», por lo que concluye que no se trata tanto de una crisis británica como europea. A partir de ahí se aplica en dar las recetas para esa regeneración, que no son sino la enumeración de las buenas intenciones de un candidato a la presidencia, pero que, ya en el Elíseo, deberá remangarse para llevarlas a la práctica en medio del temporal que nos zarandea.

A su juicio, «la Unión Europea es aún absolutamente pertinente. Con sus 27 miembros, será un círculo más amplio, pero sigue siendo un espacio político y económico, el del mercado único y las grandes regulaciones. El de la política de la convergencia, el de la política comercial frente a las grandes potencias, el de la tecnología digital y la energía, que podría imponer su propia regulación». «Revolución» culmina con un epílogo que constituye todo un canto a la esperanza: «Estoy seguro de que el siglo XXI es un siglo lleno de promesas y esa voluntad optimista es la que, desde siempre, me ha llevado a servir a mi país». Y finaliza: «Todo eso son sueños, me diréis. Sí, los franceses en el pasado soñaron casi lo mismo. Hicieron la Revolución».

Ignoro si otros presidentes franceses llevaron a las librerías el ideario político que les condujo al Elíseo, pero como lector –aunque a veces el discurso sea reiterativo y un tanto plomizo– me ha ilusionado que el presidente Macron tenga ante sí estas páginas como tema de meditación y acción: a Francia le irá bien y también a Europa.

La definición política del Presidente

«No quiero verme atrapado en divisiones de otros tiempos. Se ha querido caricaturizar mi voluntad de ir más allá de la oposición entre izquierda y derecha. La izquierda ha visto en mí a un traidor liberal; la derecha me ha representado como un submarino de la izquierda. (...) Si por liberalismo se entiende confianza en el hombre, acepto ser calificado de liberal (...) Pero si, por otra parte, ser de izquierdas es pensar que el dinero no otorga todos los derechos, que la acumulación de capital no es la mayor aspiración de la vida personal, que las libertades de los ciudadanos no deben ser sacrificadas ante un imperativo de seguridad absoluta e inalcanzable, que los más pobres y los más débiles deben ser protegidos sin discriminación, entonces consiento plenamente en que me consideren un hombre de izquierdas».

La manipulación del Frente Nacional

Ante el amenazador crecimiento del Frente Nacional de Marine Le Pen en las encuestas de las elecciones presidenciales, el candidato de En Marche escribía: «Si no reaccionamos, a partir del próximo mes de mayo, o dentro de cinco o diez años, el Frente Nacional llegará al poder. Nadie lo duda ya. No se puede apelar a la unidad nacional después de cada atentado o de cada elección perdida, pedirle sacrificios al país y pensar que la clase política podrá proseguir con sus pequeños asuntos como lo ha hecho siempre. Sería un error moral e histórico. Y nuestros ciudadanos lo saben. No se trata de atacar a los electores del Frente Nacional (...) Conozco a demasiados franceses que se han decantado por ese voto, no por convicción, sino por protestar contra el orden establecido que los ha olvidado o bien por despecho. Hay que volver a hablarles de sus vidas. Darles un sentido, una visión. Combatir a ese partido que manipula su rabia».

Francia y la UE

«Francia tiene una responsabilidad inmensa. Si queremos convencer a nuestros socios alemanes de que hay que avanzar, obligatoriamente debemos hacer reformas. Alemania está a la expectativa y bloquea numerosos proyectos europeos por su desconfianza hacia nosotros, que ya los hemos traicionado dos veces, en 2003 y en 2004 comprometiéndonos a hacer reformas de calado que sólo los alemanes llevaron a cabo, y en 2007 al frenar unilateralmente el programa de reducción del gasto público que llevábamos adelante conjuntamente. Después, volvimos a traicionarlos al ganar tiempo en el año 2013, cuando decidimos seguir sin adoptar las medidas suficientes. Por eso, el excedente presupuestario de Alemania está creciendo, algo que no es bueno para ella ni para Europa. No olvidemos nunca que hay sitio para un líder francés en Europa, pero eso implica dar ejemplo».

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