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El día en que enmudeció el malecón

Los cubanos intentan volver a la normalidad tras fuertes inundaciones en el norte de la isla

  • Un hombre nada por una calle inundada de La Habana, Cuba, donde el huracán dejó varios muertos
    Un hombre nada por una calle inundada de La Habana, Cuba, donde el huracán dejó varios muertos
Manuel Calderón. 

Tiempo de lectura 4 min.

11 de septiembre de 2017. 11:00h

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La noche anterior al paso de «Irma» por La Habana aún se oía alguna orquesta en los hoteles del Parque Central y a los taxistas charlando como si nada, apoyados en sus viejos Chevrolet, Chrysler, Plymouth y otras carcasas de colores. El viento era cálido y los perros dormían indiferentes en los soportales del Museo de Bellas Artes, que fue el antiguo Centro Asturiano y puede que el edificio más solido y mejor conservado de la Habana Vieja, junto a su vecino el Teatro Nacional, donde sigue enseñando Alicia Alonso con sus largas uñas.

Los comerciantes precintaban con cinta aislante los cristales de sus escuálidos negocios. Un camarero me aseguró que La Habana Vieja es lo más sólido de la ciudad: después de todo su herrumbe de años ha aguantado el salitre, otros huracanes y la revolución. El dispositivo de prevención se anunció por la televisión con la jerga revolucionaria habitual. Aparecieron militares con sus uniformes verde oliva, mientras en la calle todo continuaba con la lentitud y resignación habituales. La gente hacía acopio de alimentos –no mucho–, escaseaba ya el agua embotellada y las tarjetas de internet y hasta los «pajaritos» volaron del parque central, esos chicos sin nada que se ofrecen por menos. Es el lugar del que tanto habló Reinaldo Arenas en «Antes de que llegue la noche», amaneció devastado: farolas seccionadas y los árboles viejos que se agitaron toda la noche como melenas oscuras, fueron sacados de cuajo de la tierra.
El malecón fue cerrado y evacuadas las calles más próximas y populosas, como Galiano y San Lázaro, un submundo de pobreza, escasez y donde la aparente alegría de vivir sólo sea otra manera de engañar a la vida.

Desde el centenario Hotel Telégrafo, en donde se ha escrito esta crónica, puede verse mirando al fondo del Paseo del Prado el agua saltar por el malecón. Sobre las seis de la tarde del sábado, cuando estaba prevista la llegada de «Irma» a la capital, desapareció la gente y llegó una lluvia feroz y silenciosa que ya no cae del cielo, sino que parece ser agitada desde el mar y recorrer las calles arrastrada por el viento como neblina. Pronto se apagaron todas las luces y el viento y la lluvia se adueñaron de La Habana. En el «hall» del hotel, el portero de noche y los vigilantes contaban estar acostumbrados a los huracanes desde niños, pero «Irma» ha sido de los más duros.

Tal y como fue llegando la calma, a primeras horas de la mañana, empezaron a salir algunas gentes a la calle, unos con unos pocos enseres –un ventilador y unas cuantas bolsas de plástico tan preciadas en la isla– y otros rebuscaban en los destrozos del parque por si se podía aprovechar algo, a pesar de la llamada a la precaución de las autoridades, por si son engullidos por una alcantarilla. Hay mucho escepticismo en esos jóvenes que vuelven a echarse a la calle con esa indumentaria cubana tan escasa –gorra, camiseta y chancla–, que da frío verlos sin que tengamos en cuenta que el aire del huracán es templado.

A la hora del desayuno siguen los mismos empleados de la noche anterior con sus guayabas ya arrugadas, porque no hay transporte alguno para llevarles a sus barrios, al Cerro, o al otro lado de la bahía. Es la resignacion cubana. En la television dan los partes meteorológicos el doctor José Rubiera, que no ha tenido tiempo de cambiarse su traje color chocolate en tres días por lo menos, y que con un sentido pedagógico de viejo maestro de escuela ha ido explicando el paso de «Irma» desde que entró por Guantánamo, en el Oriente, y literalmente rasuró toda la costa norte haciendo desaparecer los cayos bajo el mar y obligando al traslado de miles de turistas desde Varadero, y que ahora andan escondidos buscando señal para sus móviles o jugando a las cartas.

Rubiera, cuando anunció que «Irma» abandonaba Cuba, como la vieja canción, para llegar a las costas de Florida, dijo que el huracán «José», que venía siguiéndole los pasos, le abandonaba y se iba hacia Las Antillas. Al final del desastre brota de nuevo el humor cubano: entre Florida y Cuba da vueltas el huracán «Irma», mientras que desde cada orilla, unas personas mueven el pay-pay para alejarlo.

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