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Adiós a todo aquello

Tiempo de lectura 4 min.

18 de septiembre de 2017. 21:50h

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Cierra la edición en papel del «Village Voice». Casi al mismo tiempo Jann Wenner, fundador de «Rolling Stone», anuncia que vende su participación en la mítica cabecera. El tránsito a lo digital del semanal creado en 1955 por Ed Fancher, Dan Wolf, Norman Mailer y John Wilcock, que veremos si no acaba grogui, y la enajenación de la revista nacida en San Francisco en 1967, marcan nuevos descalabros en la carrera del mejor periodismo, caminito de un sepulcro del que dudo que vuelva. Para entender lo que fue el Village basta con haber conocido la ciudad diez minutos antes de que las memas de «Sexo en Nueva York» cambiaran el territorio de Charlie Parker y el hotel Chelsea por la zapatería de un tal Blahnik. En mi barrio, en cualquier calle, había un estuche de plástico rojo donde podías encontrar tu ejemplar del Village y descubrir la penúltima sensación en barbacoas coreanas y el mejor garito para escuchar grupos noveles en el Lower East Side un miércoles de madrugada. Qué decir de la «Rolling Stone». Si el Village personificaba mejor que nada el espíritu abrasivo, callejero y burlón de una Nueva York judía, culta y mundana, la revista de Wenner fue el primer gran vehículo literario de la contracultura USA. Uno de los primeros en afirmar el poder que, durante un breve pero magnífico interregno, disfrutaron tanto el rock como la escritura de y sobre rock. Los críticos de Rolling Stone, entre mil Lester Bangs, Dave Marsh, Paul Nelson, Greil Marcus y Robert Christgau, que por cierto fue crítico musical del Village durante décadas, componen algo así como la aristocracia de un tiempo inolvidable en el que uno podía ganarse la vida reflexionando sobre el arte de Leonard Cohen y Doc Pomus. En la Rolling Stone también colaboraron Tom Wolfe, Hunter S. Thompson y otros pistoleros del periodismo lisérgico de los sesenta/setenta. «Tomamos toda clase de pastillas», cantaban Dr. Hook & the Medicine Show, el grupo del compositor y escritor Shel Sirvestein, «que nos dan todo tipo de emociones, pero la emoción que nunca hemos conocido/ Es la que nace de ver tu imagen/ En la portada de la Rolling Stone». No exageraban, y eso que las huestes del doctor Hook siempre iban de guasa. En el bazar social y político de aquellos años pocos lugares mejor situados, para otear las grandes tormentas culturales y políticas que la expolosiva redacción de aquella mítica revista. Luego llegaron los gerentes, que no sabrían escribir su propio nombre ni a punta de pistola, y empezaron a explicarnos cómo demonios multiplicar la rentabilidad de tu periódico, los beneficios de tu revista. El fenómeno digital, los grandes parásitos, con Google en primerísima fila, y unos lectores educados en el gratis total como revolucionaria panacea que iba a restituir la cultura para el pueblo y por el pueblo y blablablá, así como las desgraciadas ocurrencias de no pocos reporteros reinventados como audiovisuales magnates de pacotilla, liquidaron una época turbulenta y dorada. Su pérdida constata que el futuro no es siempre la radiante estación prometida.

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